sábado, 15 de abril de 2017



Igor, el rebelde

Papá…
–¿Que te sucede, Igor?
–No quiero ser un zombi.

El padre, un horripilante individuo con los ojos inyectados en sangre, lo mira sorprendido.
–¿Quién te metió esa idea?
–Carlitos…
–¿El hijo del plomero?
El niño bajó la vista y con el pie derecho hizo dibujos en el piso de tierra.
-¡Es el padre! ¡Ese maldito siempre llevando la contra!
-Pero papá, la tele dice que ser zombi no está de moda, ya fue. Ahora todos quieren ser humanos.
–¿Ah, sí? ¿Te parece?
Igor sonríe con la mitad del rostro descarnado.

El padre pega un portazo y se va en busca del hechicero. Golpea la puerta con firmeza. Al rato se escucha un ruido a goznes viejos y se entreabre. Por la rendija, un rostro cadavérico lo observa con desconfianza.
–¿Está su marido?
La mujer lo estudia un rato y, antes que responda, una voz quejumbrosa grita desde adentro.
–¿Quién es?
-El padre de Igor.                                   
–Hacelo pasar.
–¿Qué te trae por aquí, viejo?
–Igor…
–¿Qué pasa con él?
–No quiere ser un zombi.
–Me lo temía. Hay una verdadera revolución en la ciudad.
–¿Qué sugiere que haga?

El hechicero queda en silencio mientras saborea pedazos de cerebro de una cabeza recién cortada. Luego de tomarse un vaso de sangre fresca responde con una expresión melancólica.
–Los tiempos cambian, viejo. Resignación y valor.
El hechicero lo empuja y cierra la puerta con un golpe.

Afuera una larga fila de mocosos zombis hace bulla frente a un local que ofrece transformarlos en humanos en el lapso de veinticuatro horas. Igor es el primero en la fila. El hombre se queda pensativo.

«Todo tiempo pasado fue mejor»

A media cuadra de su casa una niña con media cabeza descarnada le ofrece una máscara de humano por cinco dólares, mientras tararea la canción de moda.



© 2017 Fernando Cianciola