lunes, 12 de marzo de 2018


CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO DE TERROR
(Y NO MORIR EN EL INTENTO)  


         

Miró el reloj de pared y marcaba las tres de la mañana. Hace horas que trata de escribir un cuento de terror y no logra darle un clima inquietante a su relato. Ha fumado un par de cigarrillos, se ha tomado una dosis generosa de whisky…, pero nada. Afuera llueve y algunos truenos lejanos hacen de la noche algo tenebroso. Apagó la luz para llamar a las «musas» del misterio y se sentó en un rincón del estudio.

«Algo tiene que suceder», se decía.

Retiró un par de libros de Lovecraft y de su ídolo, Edgar Allan Poe. También uno de Horacio Quiroga, por las dudas. Encendió una linterna de libros y comenzó a releer algunos cuentos. Empezó por el gato negro, siguió por el almohadón de plumas y terminó con algunos párrafos de los mitos de Cthulhu. Una leve briza helada golpeó suavemente sobre su rostro. Al levantar la vista pareció advertir «una presencia» frente a la biblioteca. Los relámpagos iluminaban de a ratos el lugar pero no vio nada. Asustarse, no se asustó. Es más, disfrutaba de los ambientes oscuros y fantasmagóricos. Allí tenía muchos libros de terror que había acumulado durante años. Una colección que a más de uno le habría puesto los pelos de punta. Por alguna razón que no pudo explicar se sumergió en los cuentos de Poe.  Supuso que el maestro del terror lo iba a inspirar, si releía el gato negro. Se detuvo en los siguientes párrafos:

Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.

Cuando dijo gato, una sombra cruzó veloz delante de él. Se sobresaltó. Siguió leyendo:

Plutón —se llamaba así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.

Algo rozó su pierna derecha y le pareció escuchar un ronroneo. El trueno lejano lo acurrucó más contra la pared. Parecía disfrutar ese instante.
«Estaban ocurriendo cosas»

Siguió leyendo:

Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.

De pronto lo vio sentado frente a él. Era el mismísimo Poe. Estaba pálido y sonreía desafiante. Sus ojos, de una negritud escalofriante, lo miraban expectantes. Por primera vez en su vida sintió que el terror lo invadía. Dejó de respirar por un instante y el sudor gritó sobre su piel. Poe había apoyado la cabeza sobre la mano izquierda, y con los dedos de la mano derecha repetía un tamborileo insoportable que hizo crujir la mesa. Quiso levantarse y huir, pero no pudo. Una fuerza descomunal lo clavó al suelo. Una voz en su cabeza le dijo:

Siga leyendo y aprenderá.

No tuvo alternativa.

Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mí ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.

—¡Hijo de puta! Se escuchó en el recinto.

Poe hizo un gesto ambiguo y lo siguió mirando sin inmutarse. Con un leve movimiento extrajo de sus ropas un cortaplumas.

Cuando el policía entró en el estudio, quedó petrificado. De uno de los tirantes del techo colgaba un cuerpo ahorcado. Al bajarlo comprobó aterrorizado que le habían extraído un ojo. Sobre la mesa había una cortapluma manchada con sangre y un escrito con letra antigua, que decía lo siguiente:

No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre...¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla?¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos qué es la Ley?
Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.
Poe

El policía no entendió nada. Afuera seguía nublado. El ruido de las puertas de la morguera al cerrarse, lo sobresaltaron. El vehículo se perdió entre la bruma. Los de investigación se llevaron una notebook aún encendida. Era lo único vivo que había quedado allí.
Cuando el policía regresó a su casa, fue directo a la biblioteca y retiró un libro que las llamas del hogar a leña devoraron con rapidez. En un susurro apenas audible, dijo:

—Por las dudas…


© 2018 Fernando Cianciola
Este cuento no podrá ser reproducido, total ni parcialmente, sin el permiso previo por escrito del autor. Todos los derechos reservados.



sábado, 15 de abril de 2017



Igor, el rebelde

Papá…
–¿Que te sucede, Igor?
–No quiero ser un zombi.

El padre, un horripilante individuo con los ojos inyectados en sangre, lo mira sorprendido.
–¿Quién te metió esa idea?
–Carlitos…
–¿El hijo del plomero?
El niño bajó la vista y con el pie derecho hizo dibujos en el piso de tierra.
-¡Es el padre! ¡Ese maldito siempre llevando la contra!
-Pero papá, la tele dice que ser zombi no está de moda, ya fue. Ahora todos quieren ser humanos.
–¿Ah, sí? ¿Te parece?
Igor sonríe con la mitad del rostro descarnado.

El padre pega un portazo y se va en busca del hechicero. Golpea la puerta con firmeza. Al rato se escucha un ruido a goznes viejos y se entreabre. Por la rendija, un rostro cadavérico lo observa con desconfianza.
–¿Está su marido?
La mujer lo estudia un rato y, antes que responda, una voz quejumbrosa grita desde adentro.
–¿Quién es?
-El padre de Igor.                                   
–Hacelo pasar.
–¿Qué te trae por aquí, viejo?
–Igor…
–¿Qué pasa con él?
–No quiere ser un zombi.
–Me lo temía. Hay una verdadera revolución en la ciudad.
–¿Qué sugiere que haga?

El hechicero queda en silencio mientras saborea pedazos de cerebro de una cabeza recién cortada. Luego de tomarse un vaso de sangre fresca responde con una expresión melancólica.
–Los tiempos cambian, viejo. Resignación y valor.
El hechicero lo empuja y cierra la puerta con un golpe.

Afuera una larga fila de mocosos zombis hace bulla frente a un local que ofrece transformarlos en humanos en el lapso de veinticuatro horas. Igor es el primero en la fila. El hombre se queda pensativo.

«Todo tiempo pasado fue mejor»

A media cuadra de su casa una niña con media cabeza descarnada le ofrece una máscara de humano por cinco dólares, mientras tararea la canción de moda.



© 2017 Fernando Cianciola








viernes, 13 de enero de 2017

YO, EL GATO




Llevo más de dos años viviendo con estos tipos. El viejo, don Raúl, es cariñoso; el hijo, Alfonso, un pelotudo que, además, me odia. Temo que en cualquier momento encuentre una excusa para envenenarme. Debo andar con cuidado.
Don Raúl es un jubilado que pasa las horas leyendo el diario y protestando contra el mundo. Si no lee, come. Si no come, duerme.
Pero lo disculpo. A veces se acuerda de mí y me tira algunas sobras. El viejo cocina y bastante bien.
        Don Raúl vive con el insoportable de su hijo, Alfonso. A ese sí lo tengo entre ojos. Además de ser pelotudo, es un verdadero hijo de puta. Goza haciendo maldades con los vecinos. Les rompe las bolsas de residuos y estaciona el auto frente a los garajes cercanos. Da y recibe seguido. Suele llegar con algunos moretones y se cree que yo no lo veo. Ojalá lo revienten algún día. 
El ruido de la llave en la cerradura me pone en alerta. Acaba de llegar.
          –¿Qué preparaste para comer?  –pregunta con desprecio.
     El viejo, que además de viejo es un poco sordo, no le responde. Está concentrado leyendo el suplemento deportivo.
    -¡Pregunté qué preparaste de comer, viejo inútil! –insiste Alfonso, amenazante.
Don Raúl se sobresalta. Apoya el diario sobre la mesa y lo mira con odio.
Esto se va a poner interesante, los dos no se llevan muy bien que digamos. Puede ocurrir cualquier cosa. Al hijo no se le conoce mujer alguna; al padre, bueno, quedó viudo en circunstancias sospechosas. Son dos tipos jodidos que viven bajo el mismo techo.
–No escuché lo que dijiste, pero por las dudas: ¡Que te recontra, malnacido! –responde el viejo desafiante.
Sorpresivamente el hijo le aplica al padre un golpe en el estómago y lo acusa de matar a la madre.
El viejo cae estrepitosamente entre la mesa y el sillón. Por las dudas me escabullo entre los muebles, no sea que la ligue. Soy un gato precavido.
-¡Estás loco, no sabés lo que decís! –protesta don Raúl con rencor.
El viejo se incorpora y parte rumbo a la cocina. Al rato regresa con la comida que deposita en la mesa sin decir nada. Alfonso ha prendido el televisor y comenta lo que ve murmurando una sarta de estupideces.
        Suelo mirar esta escena desde el sillón, cuando puedo usarlo. Es una escena repetida. El hijo no me banca y, en muchas oportunidades, amaga con una patada. Como venganza, le meo los zapatos.
Padre e hijo son iguales, hacen los mismos movimientos. Es patético verlos actuar. Yo creo que estos tipos están medio locos. Se odian pero allí están, uno junto al otro. Unos enfermitos del carajo.
-¡Comida de mierda! ¡No me gusta! –exclama con violencia, Alfonso.
Por las dudas pego un salto y me refugio debajo del aparador.
El viejo no responde. Retira los platos en silencio mientras que el muy desagradecido prende un cigarrillo, como si nada. En cualquier momento puede ocurrir una desgracia y no tengo ganas de presenciarlo. Ha llegado la hora de largarme.
Con sigilo salgo al patio, trepo el muro, y me pierdo en la noche.
        

jueves, 6 de octubre de 2016

MAL BICHO


San Juan de la Llanura, 1928






  

Se caracterizaba por un lenguaje soez; bordeando la indecencia. Los hombres del pueblo la despreciaban pero, a su vez, le temían. La hubieran destruido con absoluto placer.
–No merece estar viva. Es una hija de puta. Y esa es la verdad –murmuran muchos, sin atreverse a enfrentarla.
A la mujer le gusta vengarse de sus enemigos a través del sexo. Los maneja con su vagina y luego los ridiculiza. Ella quiere dinero, mucho dinero, y además, por supuesto, el poder. El odio le brota por los poros.
    Conoce sus secretos, sus bajezas y los extorsiona. A muchos de ellos los lleva a su cama y los transforma en perritos falderos, capaces de actos repugnantes.
En un trajín de sábanas mugrientas y manchas de esperma, supo engatusar al hombre más poderoso del pueblo: el viejo don Octavio Fuentes. Le proporcionó nombres y comportamientos indignos. Elaboró una infame lista de pecadores y los puso contra las cuerdas. Los sobres con dinero empezaron a llover y ella se transformó en la mujer más temida de aquel pueblo perdido en las soledades de la llanura.
Era bruta, casi analfabeta, pero su instinto, más que la razón, la llevaron a tejer una telaraña que la catapultó del fango a los brillos del cairel. Sentada en un sillón de terciopelo, modelo Luis XV, saborea una copa del mejor champagne francés que se puede conseguir en el pueblo.
«Ahora voy por todo», piensa, mientras acaricia su valioso anillo, que es una verdadera cachetada ostentosa.
Su nombre es Candelaria María Arrigoni, alias «mal bicho», de padre desconocido y madre prostituta. Hoy hembra del hombre fuerte del pueblo, don Octavio Fuentes, que maneja los hilos, cual titiritero de Satanás.
La dama en cuestión es muy bella. Una morocha sinuosa, con labios carnosos y mirada penetrante. Los hombres se vuelven locos por ella. Hasta el juez de paz, un hombre serio, perdió los estribos y cuando la mujer lo descartó, se pegó un tiro.

Con los primeros fríos del invierno llegó al pueblo, manejando un viejo Ford de color negro, Juan Antonio Bengolea. Hombre recio y bien plantado que enamoró a las mujeres del lugar. Juan se alojó en el único hotel y cerca de la medianoche apareció por el bar donde los parroquianos juegan sus magros ingresos tentando la fortuna que siempre los esquiva. El forastero logra llamar la atención por su capacidad increíble con las cartas, especialmente con el truco. Su talento llega a oídos de don Octavio que, por supuesto, tiene una debilidad por el juego.
–¿Así que el forastero es bueno, che?
–Buenísimo, patrón. No hay nadie que pueda con él.
–Habladurías, Anselmo. El mejor soy yo.
–Por supuesto, don Octavio. Debería darle un escarmiento.
El secretario adula a su jefe. Si hiciera lo contrario, su cabeza rodaría por las polvorientas calles de San Juan.

Cerca de la medianoche, el forastero domina la mesa de juego, envuelta en una nube de humo.
–¿Puedo acompañarlos?
Cuatro hombres se levantan como resortes y recitan al unísono:
–¡Por supuesto, Don Octavio!
Juan Antonio permanece sentado y lo mira desafiante.
–¿Puedo saber quién es usted?
–Claro, mi amigo. Soy el «dueño» del pueblo. Aquí se hace lo que yo digo.
–Mire usted.
La respuesta insolente del forastero enardece a don Octavio que se muerde por pegarle un rebencazo.
–¡Correte, vos! -Le ordena a uno de los parroquianos y se sienta decidido a destruir al impertinente.
–¡Cartas! –ordena.
Todos comienzan a acercarse para presenciar el juego y el posible desenlace.
La suerte pendula entre los jugadores hasta que se inclina a favor de don Octavio. Éste, soberbio en su actitud, lo mira con sorna y le dice:
–Flojo, el hombre. Lo creía un rival de fuste y es un pobre diablo con ínfulas de tahúr.
Juan le clava sus enormes e intensos ojos negros y con voz pausada,  responde:
–Quizás lo dejé ganar porque estábamos jugando por nada.
Don Octavio golpea  la mesa con violencia y le propone apostar.
–Yo apuesto mi vida y a cambio, si gano, una noche con su hembra. ¿Qué me dice? ¿Acepta? –lo desafía Juan.
Don Octavio retira de su cinturón un revólver calibre 38 y lo apoya sobre la mesa.
–Atrevido, el forastero –le contesta con suficiencia- ¿Qué epitafio le ponemos en la tumba?
De pronto un murmullo crece en el local. Por la puerta ingresa doña Candelaria, la «hembra» del patrón, que acaba de escuchar la apuesta.
–¿Así que el señor pretende la fruta prohibida?
Juan se incorpora para acercarse a la dama y besarle la mano.
–Va a ser un placer jugar mi vida por usted. ¿Acepta?

Mal bicho no ha tenido oportunidad de conocer un hombre como ese. Queda totalmente prendada y con una sonrisa peligrosa, responde:
–Siempre y cuando yo apriete el gatillo, será un verdadero placer.
Un silencio expectante recorre el salón.
El diálogo termina y el juego comienza.
Las luces del bar están apagadas. Sólo permanece encendida la que está sobre la mesa. El mazo de cartas se encuentra en el centro y ambos hombres se miran con fiereza. El mazo es la presa de dos bestias hambrientas.

Fuentes toma el mazo y comienza a mezclar. Sin quitarle la vista, lo deja en el centro de la mesa y con voz desafiante, le dice:
–Corte que comienza usted.
Bengolea lo observa; el silencio es total. Luego de un instante desliza la primera carta.
Juan mira y canta:
–Envido.
Fuentes lo mira con un dejo de superioridad y responde:
–Real envido.
El forastero sonríe y exclama:
–¡Quiero y cante!
Eufórico, el viejo, responde:
–¡Treinta y tres, carajo! Y arroja sus puntos ganando la primera mano con estilo.
Un murmullo altera el silencio de la sala.
–Son buenas –acota Juan, sin inmutarse y sorprende al decir:
–¡Truco!
–Quiero ver –insiste Fuentes.
Antes que Bengolea exhiba sus cartas, le escupe:
–¡Quiero retruco!
Juan duda pero, sin embargo se decide:
–Quiero.
Don Octavio ha ganado el primer juego. Todo el mundo aplaude.
Juan mira más allá de la mesa y se encuentra con los ojos indescifrables de la mujer. El forastero inclina su cabeza y la saluda. La dama ha comenzado a devorarlo y Juan lo sabe. Quiere que gane. El viejo, mientras tanto, ha encendido un cigarro y se toma un trago la caña doble. Su mano derecha acaricia la culata del 38 y en sus ojos se advierten los pensamientos oscuros que dominan al hombre.
Fuentes entrega el mazo, mira como lo mezcla y luego corta.
–Tendría que haber elegido otro juego, compañero. Quizás la canasta ¿No le parece?
La risotada general acompaña los dichos irónicos del viejo.
–¿O tal vez la rayuela?
Un aplauso que suena a burla no hace mella en la actitud tranquila de Bengolea.
Las cartas son repartidas y ambos jugadores las estudian concentrados.
–¡Flor y truco! –exclama en voz alta, Juan.
Don Octavio aprieta los dientes y responde:
–¡Muestre, mierda!
Juan con aires triunfales coloca lentamente sólo dos cartas en la mesa y le dice:
–No me ha dicho nada o cree que voy a caer en esas zonceras.
Fuentes murmura palabras ininteligibles mientras su rostro adquiere un color rojo furia. Su voz, ronca por el disgusto, susurra:
–Anda con suerte, pero no le va a durar mucho. No quiero y muestre de una vez.
El duelo sigue, pasa una ronda más, pero sin pena ni gloria. Sólo un punto cosechó don Octavio. Juan recoge el mazo y mezcla. Cuando comienza a repartir, el amo del pueblo comenta con sorna:
–Miren si será chambón, da de arriba. En el truco se da de abajo.
Nada inmuta al forastero.
El viejo muestra su primera carta.
Juan lo mira y dice:
–¡Real envido!
Don Octavio replica:
–¡No quiero! Y a continuación, agrega:
–¡Truco!
Juan, al instante, le contesta:
Quiero.
Don Octavio muestra las cartas y sonríe saboreando el triunfo.
Juan levanta la vista, clava su mirada en el rostro del viejo y grita:
–¡Quiero retruco!
Don Octavio pega un salto en su silla y no se queda atrás:
–¡Quiero vale cuatro y quiero ver.
Juan muestras las cartas y don Octavio, ciego de furia, arroja el vaso de caña que rueda hasta el fondo del salón. Todos los presentes están asustados, nunca vieron al viejo descontrolado como hasta ahora. Junto a la barra, doña Candelaria ha encendido un cigarrillo y aspira el humo con placer.
«Esta noche será inolvidable»

La mitad del pueblo está a las puertas del bar. Se ha corrido la bolilla que don Octavio está comprometido con la partida. En el fondo todos desean que pierda, sería la primera vez. Una mezcla rara de miedo y odio los tiene hechizados.
Una vez que el mazo es cortado y se reparten las cartas, Juan canta:
–Real envido.
Don Octavio, enardecido, responde:
    –¡Quiero veintiocho!
    Juan deposita las cartas sobre la mesa y, con seguridad, exclama:
    –Creo que treinta son más.
    –¿De dónde saliste, vos, mal nacido? ¿Alguien te mandó a destruirme?
    Dos tipos en el mostrador, secuaces de Fuentes, se han puesto serios y esperan órdenes.
    Doña Candelaria se acerca y con una sonrisa les ordena:
    –Ustedes dos, quietitos. Aquí mando yo; que el viejo se las aguante. Es un buen escarmiento y se lo merece.
    Los tipos se quedan quietos. Saben que la mujer tiene la sartén por el mango.
    Fuentes transpira y con un pañuelo seca su frente.
    –¿No se estará achicando el hombre?
    El viejo no contesta pero su mirada es asesina.
    –Es la última ¿Quiere seguir?
    El desafío de Juan es intolerable.
    –¡Cartas! –vocifera, don Octavio.
    Las mira y se juega:
    –¡Falta envido y truco!
    Juan no duda. Arroja las cartas sobre la mesa y exclama:
    –¡Quiero 33!
    Nadie se mueve. Parecen estatuas. Ese instante sólo es interrumpido por un vaso que cae rompiéndose en mil pedazos.
    Fuentes quiere manotear su revólver y la voz firme pero amenazante del forastero lo detiene.
    –Ni lo intente, viejo.
    El sonido de un revólver cuando es amartillado se escucha por debajo de la mesa.
    –Apuestas son apuestas. Un caballero se las aguanta.

    Juan se incorpora y con paso lento se dirige a la dama que lo mira con un brillo extraño en los ojos.
    –La espero en el hotel, habitación 19.
    Cuando sale del bar, todos se abren a su paso.

    Juan llega  a la habitación y se arroja sobre la cama. La tensión ha sido enorme y trata de recuperar el aliento.
    «Ha llegado tu hora mal bicho»
    Los golpes en la puerta anuncian la función.
    –¡Entre!
    La puerta se abre y la figura de la mujer se dibuja en toda su belleza.
    «Es linda la malvada»
    –Estoy aquí porque quiero. Me importan un comino las apuestas.
    –De eso no hay dudas –responde Juan con una expresión irónica.
    –Me gustás, cabrón. El viejo se lo merecía. Es un reverendo hijo de puta y tenía que morder el polvo alguna vez.
    Doña Candelaria se sienta en el borde de la cama y con la mano derecha acaricia el pecho de Juan.
    Los ojos del hombre se agrandan con la excitación. Ella se acerca y en un rapto pasional lo besa incendiando la escena. A continuación todo es desenfreno y lujuria. Ambos se vuelven locos y en un revoltijo de sábanas y quejidos de placer se consuma la apuesta.
    Semidormido y al borde de la extenuación, algo frío toca la piel de Juan a la altura de la sien izquierda. Abre sus ojos asustado y los bellos ojos de la mujer lo miran con frialdad.
    –Lo siento, amigo, eres un gran amante pero nunca olvido el rostro de mis hombres y menos el de un Juez. El doctor Bengolea me habló de ti.
    El disparo suena en la noche como un trueno del averno.

    La dama tarda en vestirse, lo hace con una parsimonia exasperante.   Antes de partir baja los párpados de Juan Bengolea y se retira tal como ha llegado, reptando.



© 2016 Fernando Cianciola


























viernes, 23 de septiembre de 2016




BORIS Y EL OTRO LADO 


Abrió los ojos y se encontró en una ciudad desconocida. Estaba sentado en un banco de plaza. Una plaza que era una mezcla de Palermo y el Central Park.

Es primavera y la gente pasa delante de él, sin notarlo. Algunos hablan en español y otros, en inglés.
«¿Estoy soñando o estoy muerto?»
Boris se mira las manos y éstas son reales. Las mueve como un estúpido y finalmente se detiene. Se incorpora y camina. Pasa por adelante de una disquería. Mira la vidriera y no lo puede creer. Tiene bateas con discos de vinilo. Decide entrar y la música que lo recibe es Help, de los Beatles. Un individuo detrás del mostrador lo mira curioso. Boris lo observa y se da cuenta que su aspecto recuerda los años 60: pelo largo, ropa de colores y un colgante con el símbolo de la paz. El tipo despacha a los clientes y se olvida de él. Un espejo al final del salón le devuelve su imagen. Boris queda paralizado. Tiene el aspecto de una persona joven: pelo largo, ropa de colores y pantalones Oxford. Su piel es tersa y su mirada está llena de vida.
«Si es un sueño, es fantástico»
Recorre las bateas y es asombroso: discos de Elvis Presley, Bob Dylan, Almendra, Joan Manuel Serrat y Miguel Abuelo. Sus manos acarician las carátulas y éstas lucen impecables. Unas chicas ríen cómplices en una cabina donde gira un long play.
«Esto es muy antiguo»
Sobre una de las paredes está colgado un televisor blanco y negro. Lo mira fascinado: pasan un discurso de John Kennedy y en la calle  una manifestación toca bombos y canta la marcha peronista.
«Son incorregibles»
Boris está totalmente anonadado. No entiende qué está pasando. Más adelante se topa con unos individuos vestidos de naranja que cantan Hare Krishna. Cerca de ellos, George Harrison firma autógrafos. Intenta acercarse pero no lo dejan.
«Esto es joda. No puede ser»
Sin pensarlo dos veces entra a un bar. Un lugar muy diferente. Realmente es un pub inglés típico. Parece Londres. Se acerca una señorita que le pregunta, en alemán, qué desea tomar. Boris la mira sin comprender, sin embargo, en un inglés perfecto, le pide una cerveza. La bebida, de color negro, es exquisita.
La cerveza, muy helada, le cae de maravillas. Por la ventana adivina el obelisco y un cielo diáfano. La voz de Julio Sosa cantando “cambalache”, lo intriga aún más. Cerca de su mesa está sentado Astor Piazzola leyendo el diario. El maestro le sonríe. Boris trata de entender lo que pasa. A medida que piensa, recuerda y desespera. Él tenía setenta años y tuvo un ataque al corazón. Debería estar muerto.
«¿Estoy muerto o no?»
Todo lo que está experimentando son recuerdos. Cosas que están en su cabeza. Se da cuenta que esos recuerdos se materializan a medida que piensa. Son sus recuerdos más queridos.
«¿Dónde carajo, estoy?»

-Hola, Boris.
Delante de él, una joven de rubios cabellos lo mira curiosa. Tiene una sonrisa fantástica. Dientes blancos y perfectos.
-¿Dónde estuviste? La barra te estuvo buscando durante mucho tiempo, pero nos dijeron que te habías ido.
La muchacha en cuestión es Jenny, su primera novia. Mientras espera la respuesta, mastica un chicle y hace globos irreverentes. El olor a frutilla lo trae a la realidad.
-No te lo puedo explicar. No me entenderías.
-No importa. La barra se junta dentro de una hora para ir al cine. Estamos como locos: dan la película del festival de Woodstock.¿Querés venir? Nos juntamos en la Perla del Once. Te espero.
Me guiñó un ojo y despareció como por arte de magia.

Salió del lugar que ahora tiene el aspecto de un bar porteño típico. Caminó unas cuadras y de pronto se encontró frente al Cementerio de la Recoleta.
Boris sintió una corriente de aire frío y miró sus manos. Estaban arrugadas y temblorosas. En la puerta del cementerio una figura conocida lo espera: es John Lennon y le hace señas en forma insistente. Boris sonríe complacido y ambos cruzan la puerta de entrada.
«Era hora, amigo, me estaba poniendo nervioso»

Una lluvia de colores brillantes cae desde el cielo. La murga del negro Rada, con sus tambores a pleno, está tocando en la Quinta Avenida. El sol en el cenit. Beethoven dirige la Filarmónica de Berlín y Hitler llora ante una flor.


© 2016 Fernando Cianciola




martes, 12 de julio de 2016

DESAFÍO






El mundo fue y será una porquería, ya lo sé…

Las palabras sin futuro de la lírica discepoleana hacen estragos en la débil estructura mental del profesor, que  no logra mantener el equilibrio en la cornisa.
Todas sus convicciones se han ido al carajo. Años pregonando verdades que son, en definitiva, mentiras. No aguanta más. Quiere terminar con su vida.
Desde esa altura, la ciudad se ve maravillosa. El sol, rojo en el horizonte, tonaliza las nubes con su color y el cielo se parece a una pintura impresionista. Un bello espectáculo para una triste decisión.
La terraza del edificio de ocho pisos está solitaria. Nadie para contemplar su salto al vacío. Cierra los ojos y, cuando está a punto de hacerlo, algo lo hace darse vuelta. Un niño lo está mirando.
–¿Y vos que hacés aquí? –lo interroga sorprendido.
–Lo mismo que vos. Voy a saltar.
–Estás loco, mocoso?
–¿Acaso lo estás vos, viejo?
–No es lo mismo.
–¿Por qué?
–Porque sos un niño y tenés toda la vida por delante.
–¿Y con eso, qué?
–Que vos tenés motivos para vivir. Tendrás oportunidades para cambiar el mundo, amar, tener hijos…
–¿Cómo vos?
El viejo decidió posponer el salto. Debía evitar que el niño cometiera una locura. Se sentó en la cornisa e invitó a su interlocutor a hacer lo mismo. Ambos permanecieron callados observando el atardecer.
–¿Hermoso, no? –dijo con emoción el profesor.
–Sí, viejo.
–¿Cómo te llamás? –preguntó el profesor.
–Miguel, pero todos me dicen Miguelito.
–¿Y vos, viejo?
–Ernesto. Ernesto Brunetti y soy profesor.

–¿Profesor de qué?
–Profesor de filosofía.
Brunetti ya se ha olvidado de su angustia y está intrigado por saber qué hace el mocoso en la terraza. No debe tener más de siete años.
–Miguelito ¿dónde están tus padres? ¿Cómo te dejaron llegar hasta aquí? –preguntó el profesor.
–No tengo padres. Soy huérfano.
–¿Pero debés vivir con alguien?
–Sí. Vivo en un refugio para niños abandonados.
–¿Y cómo llegaste hasta aquí?
El niño se encogió de hombros y respondió displicente:
–Me escapé. Este edificio siempre me gustó y quería llegar a la terraza.
–Pero esto es peligroso.
–Tal vez. Quiero saber qué va a hacer Dios si salto.
–No vas a saltar. Claro que no. Lo voy a impedir.
–¿Por qué, viejo? –pregunta el niño.
–Porque Dios me puso aquí para impedirlo -respondió con extraordinaria lucidez.
El niño esbozó una sonrisa, pegó media vuelta y desapareció escaleras abajo.
Brunetti se sentó en la cornisa y con lentitud encendió un cigarrillo tratando de explicarse lo sucedido. Luego de un rato miró el cielo y se sintió un imbécil.

 © 2016 Fernando Cianciola




UN VIAJE MUY PARTICULAR



Carlos Medina cruza las montañas del sur por la ruta 42. Su trabajo de viajante lo tiene siempre en el camino. Con calor, frío y  lluvias inclementes, siempre está en movimiento.
Su destino lo lleva de un lugar a otro repitiendo ciudades y personas. Hace más de una hora que maneja y no ha visto automóviles, personas o animales. Parece extraño, como si se los hubiera tragado la tierra. Sólo escucha el zumbido monótono de su auto, que lo adormece peligrosamente. Cuando se despierta, sobresaltado, debe enfrentar una curva. Al pegar el volantazo el automóvil recupera la dirección pero sorpresivamente aparece, junto al camino, una figura vestida de negro que le hace señas. La frenada hace chirriar los neumáticos. Medina, con los ojos muy abiertos y el pulso acelerado, se queda mirando al sujeto que se acerca. El desconocido golpea la ventanilla mientras lo observa expectante.
Medina aprieta el botón y el vidrio a su derecha desciende.
–Buenas tardes, señor. ¿Podría usted llevarme? –pregunta el sujeto con una voz cavernosa que asusta a Carlos.
–Por supuesto –responde sin estar muy seguro de la invitación.
–Gracias.
El extraño asciende al vehículo con cierta dificultad. Lleva consigo una pequeña mochila bastante deteriorada.
–¿Hasta dónde lo llevo, amigo?
El sujeto, sin mirarlo, le dice:
–Hacia el sur, hasta donde usted pueda.
Medina lo mira de costado para estudiarlo. El sujeto es extremadamente flaco, muy pálido y su mirada parece no enfocar en ningún lado.
El vehículo reinicia la marcha y ambos quedan en silencio. Por el parabrisas se advierte una tormenta y a los pocos minutos la lluvia se hace intensa. Carlos gira la palanca ubicada a la derecha del volante y el limpiaparabrisas comienza su trabajo.

Enciende las luces porque la tarde se ha vuelto noche y el camino, peligroso. Faltan dos horas para el próximo pueblo. Debe tener mucho cuidado.
Carlos no sabe qué preguntarle al individuo. Es tan extraño que lo intimida: su vestimenta es muy rara, parece de otra época.
La curiosidad termina por convencerlo y finalmente intenta conversar.
–Yo me llamo Carlos, ¿y usted?
El desconocido no contesta sólo hasta después de un rato.
–Ismael es mi nombre.
– ¿Y a qué se dedica, Ismael?
–A salvar almas pecadoras.
Medina queda desconcertado.
–Dios me trajo hacia usted.
«Uy, uy, uy, tengo un loco suelto dentro de mi auto», piensa desesperado.
Carlos empieza a transpirar copiosamente. Afuera llueve, el pueblo está lejos y este tipo lo asusta.
–Tengo que salvar su alma. Usted va directo al infierno. Sus pecados son muchos y detestables.
En la mente de Carlos comienzan a desfilar sucesos lamentables de su vida y el miedo se transforma en angustia. Sus manos, aferradas al volante, tiemblan como hojas al viento.
–¿No estará hablando en serio, Ismael? —pregunta Medina tratando de controlar su pánico.
–Por supuesto que sí. Estoy aquí junto a usted para salvarlo.
El tipo tiene los ojos muy abiertos y parece rezar. Medina no entiende lo que dice pero el miedo lo invade. Se siente atrapado dentro de su propio auto. La lluvia es intensa y falta un largo rato para llegar a un lugar civilizado.
El sujeto introduce una mano en la mochila y Carlos supone que sacará algún tipo de arma. Atento a sus movimientos espera lo peor.
–¿Qué le pasa, Carlos? Es sólo una Biblia.
Medina esboza una sonrisa que más parece una mueca. Se ha puesto pálido y respira con dificultad.
–¡Por Dios! ¿Qué quiere de mi, Ismael? –casi que lo dice gritando.
Ismael, con una expresión intimidante, clava sus ojos en los del viajante y le dice:
–Su alma, Carlos. Su alma…

Carlos, al borde del colapso, trata de responder, cuando Ismael rompe el silencio con una carcajada estruendosa, que por unos segundos desconcierta al desdichado.
–¡Hombre, que había sido miedoso! ¡Estaba bromeando! Me llamó Edgardo Juárez y soy actor. Disculpe, es que a veces me gusta jugar bromas pesadas y suelo asustar  a la gente. Mañana tengo un espectáculo de stand up en el pueblo de San Esteban, venga a verme. Le aseguro que se va a «divertir».

© 2016 Fernando Cianciola