sábado, 15 de abril de 2017



Igor, el rebelde

Papá…
–¿Que te sucede, Igor?
–No quiero ser un zombi.

El padre, un horripilante individuo con los ojos inyectados en sangre, lo mira sorprendido.
–¿Quién te metió esa idea?
–Carlitos…
–¿El hijo del plomero?
El niño bajó la vista y con el pie derecho hizo dibujos en el piso de tierra.
-¡Es el padre! ¡Ese maldito siempre llevando la contra!
-Pero papá, la tele dice que ser zombi no está de moda, ya fue. Ahora todos quieren ser humanos.
–¿Ah, sí? ¿Te parece?
Igor sonríe con la mitad del rostro descarnado.

El padre pega un portazo y se va en busca del hechicero. Golpea la puerta con firmeza. Al rato se escucha un ruido a goznes viejos y se entreabre. Por la rendija, un rostro cadavérico lo observa con desconfianza.
–¿Está su marido?
La mujer lo estudia un rato y, antes que responda, una voz quejumbrosa grita desde adentro.
–¿Quién es?
-El padre de Igor.                                   
–Hacelo pasar.
–¿Qué te trae por aquí, viejo?
–Igor…
–¿Qué pasa con él?
–No quiere ser un zombi.
–Me lo temía. Hay una verdadera revolución en la ciudad.
–¿Qué sugiere que haga?

El hechicero queda en silencio mientras saborea pedazos de cerebro de una cabeza recién cortada. Luego de tomarse un vaso de sangre fresca responde con una expresión melancólica.
–Los tiempos cambian, viejo. Resignación y valor.
El hechicero lo empuja y cierra la puerta con un golpe.

Afuera una larga fila de mocosos zombis hace bulla frente a un local que ofrece transformarlos en humanos en el lapso de veinticuatro horas. Igor es el primero en la fila. El hombre se queda pensativo.

«Todo tiempo pasado fue mejor»

A media cuadra de su casa una niña con media cabeza descarnada le ofrece una máscara de humano por cinco dólares, mientras tararea la canción de moda.



© 2017 Fernando Cianciola








viernes, 13 de enero de 2017

YO, EL GATO




Llevo más de dos años viviendo con estos tipos. El viejo, don Raúl, es cariñoso; el hijo, Alfonso, un pelotudo que, además, me odia. Temo que en cualquier momento encuentre una excusa para envenenarme. Debo andar con cuidado.
Don Raúl es un jubilado que pasa las horas leyendo el diario y protestando contra el mundo. Si no lee, come. Si no come, duerme.
Pero lo disculpo. A veces se acuerda de mí y me tira algunas sobras. El viejo cocina y bastante bien.
        Don Raúl vive con el insoportable de su hijo, Alfonso. A ese sí lo tengo entre ojos. Además de ser pelotudo, es un verdadero hijo de puta. Goza haciendo maldades con los vecinos. Les rompe las bolsas de residuos y estaciona el auto frente a los garajes cercanos. Da y recibe seguido. Suele llegar con algunos moretones y se cree que yo no lo veo. Ojalá lo revienten algún día. 
El ruido de la llave en la cerradura me pone en alerta. Acaba de llegar.
          –¿Qué preparaste para comer?  –pregunta con desprecio.
     El viejo, que además de viejo es un poco sordo, no le responde. Está concentrado leyendo el suplemento deportivo.
    -¡Pregunté qué preparaste de comer, viejo inútil! –insiste Alfonso, amenazante.
Don Raúl se sobresalta. Apoya el diario sobre la mesa y lo mira con odio.
Esto se va a poner interesante, los dos no se llevan muy bien que digamos. Puede ocurrir cualquier cosa. Al hijo no se le conoce mujer alguna; al padre, bueno, quedó viudo en circunstancias sospechosas. Son dos tipos jodidos que viven bajo el mismo techo.
–No escuché lo que dijiste, pero por las dudas: ¡Que te recontra, malnacido! –responde el viejo desafiante.
Sorpresivamente el hijo le aplica al padre un golpe en el estómago y lo acusa de matar a la madre.
El viejo cae estrepitosamente entre la mesa y el sillón. Por las dudas me escabullo entre los muebles, no sea que la ligue. Soy un gato precavido.
-¡Estás loco, no sabés lo que decís! –protesta don Raúl con rencor.
El viejo se incorpora y parte rumbo a la cocina. Al rato regresa con la comida que deposita en la mesa sin decir nada. Alfonso ha prendido el televisor y comenta lo que ve murmurando una sarta de estupideces.
        Suelo mirar esta escena desde el sillón, cuando puedo usarlo. Es una escena repetida. El hijo no me banca y, en muchas oportunidades, amaga con una patada. Como venganza, le meo los zapatos.
Padre e hijo son iguales, hacen los mismos movimientos. Es patético verlos actuar. Yo creo que estos tipos están medio locos. Se odian pero allí están, uno junto al otro. Unos enfermitos del carajo.
-¡Comida de mierda! ¡No me gusta! –exclama con violencia, Alfonso.
Por las dudas pego un salto y me refugio debajo del aparador.
El viejo no responde. Retira los platos en silencio mientras que el muy desagradecido prende un cigarrillo, como si nada. En cualquier momento puede ocurrir una desgracia y no tengo ganas de presenciarlo. Ha llegado la hora de largarme.
Con sigilo salgo al patio, trepo el muro, y me pierdo en la noche.
        

jueves, 6 de octubre de 2016

MAL BICHO


San Juan de la Llanura, 1928






  

Se caracterizaba por un lenguaje soez; bordeando la indecencia. Los hombres del pueblo la despreciaban pero, a su vez, le temían. La hubieran destruido con absoluto placer.
–No merece estar viva. Es una hija de puta. Y esa es la verdad –murmuran muchos, sin atreverse a enfrentarla.
A la mujer le gusta vengarse de sus enemigos a través del sexo. Los maneja con su vagina y luego los ridiculiza. Ella quiere dinero, mucho dinero, y además, por supuesto, el poder. El odio le brota por los poros.
    Conoce sus secretos, sus bajezas y los extorsiona. A muchos de ellos los lleva a su cama y los transforma en perritos falderos, capaces de actos repugnantes.
En un trajín de sábanas mugrientas y manchas de esperma, supo engatusar al hombre más poderoso del pueblo: el viejo don Octavio Fuentes. Le proporcionó nombres y comportamientos indignos. Elaboró una infame lista de pecadores y los puso contra las cuerdas. Los sobres con dinero empezaron a llover y ella se transformó en la mujer más temida de aquel pueblo perdido en las soledades de la llanura.
Era bruta, casi analfabeta, pero su instinto, más que la razón, la llevaron a tejer una telaraña que la catapultó del fango a los brillos del cairel. Sentada en un sillón de terciopelo, modelo Luis XV, saborea una copa del mejor champagne francés que se puede conseguir en el pueblo.
«Ahora voy por todo», piensa, mientras acaricia su valioso anillo, que es una verdadera cachetada ostentosa.
Su nombre es Candelaria María Arrigoni, alias «mal bicho», de padre desconocido y madre prostituta. Hoy hembra del hombre fuerte del pueblo, don Octavio Fuentes, que maneja los hilos, cual titiritero de Satanás.
La dama en cuestión es muy bella. Una morocha sinuosa, con labios carnosos y mirada penetrante. Los hombres se vuelven locos por ella. Hasta el juez de paz, un hombre serio, perdió los estribos y cuando la mujer lo descartó, se pegó un tiro.

Con los primeros fríos del invierno llegó al pueblo, manejando un viejo Ford de color negro, Juan Antonio Bengolea. Hombre recio y bien plantado que enamoró a las mujeres del lugar. Juan se alojó en el único hotel y cerca de la medianoche apareció por el bar donde los parroquianos juegan sus magros ingresos tentando la fortuna que siempre los esquiva. El forastero logra llamar la atención por su capacidad increíble con las cartas, especialmente con el truco. Su talento llega a oídos de don Octavio que, por supuesto, tiene una debilidad por el juego.
–¿Así que el forastero es bueno, che?
–Buenísimo, patrón. No hay nadie que pueda con él.
–Habladurías, Anselmo. El mejor soy yo.
–Por supuesto, don Octavio. Debería darle un escarmiento.
El secretario adula a su jefe. Si hiciera lo contrario, su cabeza rodaría por las polvorientas calles de San Juan.

Cerca de la medianoche, el forastero domina la mesa de juego, envuelta en una nube de humo.
–¿Puedo acompañarlos?
Cuatro hombres se levantan como resortes y recitan al unísono:
–¡Por supuesto, Don Octavio!
Juan Antonio permanece sentado y lo mira desafiante.
–¿Puedo saber quién es usted?
–Claro, mi amigo. Soy el «dueño» del pueblo. Aquí se hace lo que yo digo.
–Mire usted.
La respuesta insolente del forastero enardece a don Octavio que se muerde por pegarle un rebencazo.
–¡Correte, vos! -Le ordena a uno de los parroquianos y se sienta decidido a destruir al impertinente.
–¡Cartas! –ordena.
Todos comienzan a acercarse para presenciar el juego y el posible desenlace.
La suerte pendula entre los jugadores hasta que se inclina a favor de don Octavio. Éste, soberbio en su actitud, lo mira con sorna y le dice:
–Flojo, el hombre. Lo creía un rival de fuste y es un pobre diablo con ínfulas de tahúr.
Juan le clava sus enormes e intensos ojos negros y con voz pausada,  responde:
–Quizás lo dejé ganar porque estábamos jugando por nada.
Don Octavio golpea  la mesa con violencia y le propone apostar.
–Yo apuesto mi vida y a cambio, si gano, una noche con su hembra. ¿Qué me dice? ¿Acepta? –lo desafía Juan.
Don Octavio retira de su cinturón un revólver calibre 38 y lo apoya sobre la mesa.
–Atrevido, el forastero –le contesta con suficiencia- ¿Qué epitafio le ponemos en la tumba?
De pronto un murmullo crece en el local. Por la puerta ingresa doña Candelaria, la «hembra» del patrón, que acaba de escuchar la apuesta.
–¿Así que el señor pretende la fruta prohibida?
Juan se incorpora para acercarse a la dama y besarle la mano.
–Va a ser un placer jugar mi vida por usted. ¿Acepta?

Mal bicho no ha tenido oportunidad de conocer un hombre como ese. Queda totalmente prendada y con una sonrisa peligrosa, responde:
–Siempre y cuando yo apriete el gatillo, será un verdadero placer.
Un silencio expectante recorre el salón.
El diálogo termina y el juego comienza.
Las luces del bar están apagadas. Sólo permanece encendida la que está sobre la mesa. El mazo de cartas se encuentra en el centro y ambos hombres se miran con fiereza. El mazo es la presa de dos bestias hambrientas.

Fuentes toma el mazo y comienza a mezclar. Sin quitarle la vista, lo deja en el centro de la mesa y con voz desafiante, le dice:
–Corte que comienza usted.
Bengolea lo observa; el silencio es total. Luego de un instante desliza la primera carta.
Juan mira y canta:
–Envido.
Fuentes lo mira con un dejo de superioridad y responde:
–Real envido.
El forastero sonríe y exclama:
–¡Quiero y cante!
Eufórico, el viejo, responde:
–¡Treinta y tres, carajo! Y arroja sus puntos ganando la primera mano con estilo.
Un murmullo altera el silencio de la sala.
–Son buenas –acota Juan, sin inmutarse y sorprende al decir:
–¡Truco!
–Quiero ver –insiste Fuentes.
Antes que Bengolea exhiba sus cartas, le escupe:
–¡Quiero retruco!
Juan duda pero, sin embargo se decide:
–Quiero.
Don Octavio ha ganado el primer juego. Todo el mundo aplaude.
Juan mira más allá de la mesa y se encuentra con los ojos indescifrables de la mujer. El forastero inclina su cabeza y la saluda. La dama ha comenzado a devorarlo y Juan lo sabe. Quiere que gane. El viejo, mientras tanto, ha encendido un cigarro y se toma un trago la caña doble. Su mano derecha acaricia la culata del 38 y en sus ojos se advierten los pensamientos oscuros que dominan al hombre.
Fuentes entrega el mazo, mira como lo mezcla y luego corta.
–Tendría que haber elegido otro juego, compañero. Quizás la canasta ¿No le parece?
La risotada general acompaña los dichos irónicos del viejo.
–¿O tal vez la rayuela?
Un aplauso que suena a burla no hace mella en la actitud tranquila de Bengolea.
Las cartas son repartidas y ambos jugadores las estudian concentrados.
–¡Flor y truco! –exclama en voz alta, Juan.
Don Octavio aprieta los dientes y responde:
–¡Muestre, mierda!
Juan con aires triunfales coloca lentamente sólo dos cartas en la mesa y le dice:
–No me ha dicho nada o cree que voy a caer en esas zonceras.
Fuentes murmura palabras ininteligibles mientras su rostro adquiere un color rojo furia. Su voz, ronca por el disgusto, susurra:
–Anda con suerte, pero no le va a durar mucho. No quiero y muestre de una vez.
El duelo sigue, pasa una ronda más, pero sin pena ni gloria. Sólo un punto cosechó don Octavio. Juan recoge el mazo y mezcla. Cuando comienza a repartir, el amo del pueblo comenta con sorna:
–Miren si será chambón, da de arriba. En el truco se da de abajo.
Nada inmuta al forastero.
El viejo muestra su primera carta.
Juan lo mira y dice:
–¡Real envido!
Don Octavio replica:
–¡No quiero! Y a continuación, agrega:
–¡Truco!
Juan, al instante, le contesta:
Quiero.
Don Octavio muestra las cartas y sonríe saboreando el triunfo.
Juan levanta la vista, clava su mirada en el rostro del viejo y grita:
–¡Quiero retruco!
Don Octavio pega un salto en su silla y no se queda atrás:
–¡Quiero vale cuatro y quiero ver.
Juan muestras las cartas y don Octavio, ciego de furia, arroja el vaso de caña que rueda hasta el fondo del salón. Todos los presentes están asustados, nunca vieron al viejo descontrolado como hasta ahora. Junto a la barra, doña Candelaria ha encendido un cigarrillo y aspira el humo con placer.
«Esta noche será inolvidable»

La mitad del pueblo está a las puertas del bar. Se ha corrido la bolilla que don Octavio está comprometido con la partida. En el fondo todos desean que pierda, sería la primera vez. Una mezcla rara de miedo y odio los tiene hechizados.
Una vez que el mazo es cortado y se reparten las cartas, Juan canta:
–Real envido.
Don Octavio, enardecido, responde:
    –¡Quiero veintiocho!
    Juan deposita las cartas sobre la mesa y, con seguridad, exclama:
    –Creo que treinta son más.
    –¿De dónde saliste, vos, mal nacido? ¿Alguien te mandó a destruirme?
    Dos tipos en el mostrador, secuaces de Fuentes, se han puesto serios y esperan órdenes.
    Doña Candelaria se acerca y con una sonrisa les ordena:
    –Ustedes dos, quietitos. Aquí mando yo; que el viejo se las aguante. Es un buen escarmiento y se lo merece.
    Los tipos se quedan quietos. Saben que la mujer tiene la sartén por el mango.
    Fuentes transpira y con un pañuelo seca su frente.
    –¿No se estará achicando el hombre?
    El viejo no contesta pero su mirada es asesina.
    –Es la última ¿Quiere seguir?
    El desafío de Juan es intolerable.
    –¡Cartas! –vocifera, don Octavio.
    Las mira y se juega:
    –¡Falta envido y truco!
    Juan no duda. Arroja las cartas sobre la mesa y exclama:
    –¡Quiero 33!
    Nadie se mueve. Parecen estatuas. Ese instante sólo es interrumpido por un vaso que cae rompiéndose en mil pedazos.
    Fuentes quiere manotear su revólver y la voz firme pero amenazante del forastero lo detiene.
    –Ni lo intente, viejo.
    El sonido de un revólver cuando es amartillado se escucha por debajo de la mesa.
    –Apuestas son apuestas. Un caballero se las aguanta.

    Juan se incorpora y con paso lento se dirige a la dama que lo mira con un brillo extraño en los ojos.
    –La espero en el hotel, habitación 19.
    Cuando sale del bar, todos se abren a su paso.

    Juan llega  a la habitación y se arroja sobre la cama. La tensión ha sido enorme y trata de recuperar el aliento.
    «Ha llegado tu hora mal bicho»
    Los golpes en la puerta anuncian la función.
    –¡Entre!
    La puerta se abre y la figura de la mujer se dibuja en toda su belleza.
    «Es linda la malvada»
    –Estoy aquí porque quiero. Me importan un comino las apuestas.
    –De eso no hay dudas –responde Juan con una expresión irónica.
    –Me gustás, cabrón. El viejo se lo merecía. Es un reverendo hijo de puta y tenía que morder el polvo alguna vez.
    Doña Candelaria se sienta en el borde de la cama y con la mano derecha acaricia el pecho de Juan.
    Los ojos del hombre se agrandan con la excitación. Ella se acerca y en un rapto pasional lo besa incendiando la escena. A continuación todo es desenfreno y lujuria. Ambos se vuelven locos y en un revoltijo de sábanas y quejidos de placer se consuma la apuesta.
    Semidormido y al borde de la extenuación, algo frío toca la piel de Juan a la altura de la sien izquierda. Abre sus ojos asustado y los bellos ojos de la mujer lo miran con frialdad.
    –Lo siento, amigo, eres un gran amante pero nunca olvido el rostro de mis hombres y menos el de un Juez. El doctor Bengolea me habló de ti.
    El disparo suena en la noche como un trueno del averno.

    La dama tarda en vestirse, lo hace con una parsimonia exasperante.   Antes de partir baja los párpados de Juan Bengolea y se retira tal como ha llegado, reptando.



© 2016 Fernando Cianciola


























viernes, 23 de septiembre de 2016




BORIS Y EL OTRO LADO 


Abrió los ojos y se encontró en una ciudad desconocida. Estaba sentado en un banco de plaza. Una plaza que era una mezcla de Palermo y el Central Park.

Es primavera y la gente pasa delante de él, sin notarlo. Algunos hablan en español y otros, en inglés.
«¿Estoy soñando o estoy muerto?»
Boris se mira las manos y éstas son reales. Las mueve como un estúpido y finalmente se detiene. Se incorpora y camina. Pasa por adelante de una disquería. Mira la vidriera y no lo puede creer. Tiene bateas con discos de vinilo. Decide entrar y la música que lo recibe es Help, de los Beatles. Un individuo detrás del mostrador lo mira curioso. Boris lo observa y se da cuenta que su aspecto recuerda los años 60: pelo largo, ropa de colores y un colgante con el símbolo de la paz. El tipo despacha a los clientes y se olvida de él. Un espejo al final del salón le devuelve su imagen. Boris queda paralizado. Tiene el aspecto de una persona joven: pelo largo, ropa de colores y pantalones Oxford. Su piel es tersa y su mirada está llena de vida.
«Si es un sueño, es fantástico»
Recorre las bateas y es asombroso: discos de Elvis Presley, Bob Dylan, Almendra, Joan Manuel Serrat y Miguel Abuelo. Sus manos acarician las carátulas y éstas lucen impecables. Unas chicas ríen cómplices en una cabina donde gira un long play.
«Esto es muy antiguo»
Sobre una de las paredes está colgado un televisor blanco y negro. Lo mira fascinado: pasan un discurso de John Kennedy y en la calle  una manifestación toca bombos y canta la marcha peronista.
«Son incorregibles»
Boris está totalmente anonadado. No entiende qué está pasando. Más adelante se topa con unos individuos vestidos de naranja que cantan Hare Krishna. Cerca de ellos, George Harrison firma autógrafos. Intenta acercarse pero no lo dejan.
«Esto es joda. No puede ser»
Sin pensarlo dos veces entra a un bar. Un lugar muy diferente. Realmente es un pub inglés típico. Parece Londres. Se acerca una señorita que le pregunta, en alemán, qué desea tomar. Boris la mira sin comprender, sin embargo, en un inglés perfecto, le pide una cerveza. La bebida, de color negro, es exquisita.
La cerveza, muy helada, le cae de maravillas. Por la ventana adivina el obelisco y un cielo diáfano. La voz de Julio Sosa cantando “cambalache”, lo intriga aún más. Cerca de su mesa está sentado Astor Piazzola leyendo el diario. El maestro le sonríe. Boris trata de entender lo que pasa. A medida que piensa, recuerda y desespera. Él tenía setenta años y tuvo un ataque al corazón. Debería estar muerto.
«¿Estoy muerto o no?»
Todo lo que está experimentando son recuerdos. Cosas que están en su cabeza. Se da cuenta que esos recuerdos se materializan a medida que piensa. Son sus recuerdos más queridos.
«¿Dónde carajo, estoy?»

-Hola, Boris.
Delante de él, una joven de rubios cabellos lo mira curiosa. Tiene una sonrisa fantástica. Dientes blancos y perfectos.
-¿Dónde estuviste? La barra te estuvo buscando durante mucho tiempo, pero nos dijeron que te habías ido.
La muchacha en cuestión es Jenny, su primera novia. Mientras espera la respuesta, mastica un chicle y hace globos irreverentes. El olor a frutilla lo trae a la realidad.
-No te lo puedo explicar. No me entenderías.
-No importa. La barra se junta dentro de una hora para ir al cine. Estamos como locos: dan la película del festival de Woodstock.¿Querés venir? Nos juntamos en la Perla del Once. Te espero.
Me guiñó un ojo y despareció como por arte de magia.

Salió del lugar que ahora tiene el aspecto de un bar porteño típico. Caminó unas cuadras y de pronto se encontró frente al Cementerio de la Recoleta.
Boris sintió una corriente de aire frío y miró sus manos. Estaban arrugadas y temblorosas. En la puerta del cementerio una figura conocida lo espera: es John Lennon y le hace señas en forma insistente. Boris sonríe complacido y ambos cruzan la puerta de entrada.
«Era hora, amigo, me estaba poniendo nervioso»

Una lluvia de colores brillantes cae desde el cielo. La murga del negro Rada, con sus tambores a pleno, está tocando en la Quinta Avenida. El sol en el cenit. Beethoven dirige la Filarmónica de Berlín y Hitler llora ante una flor.


© 2016 Fernando Cianciola




martes, 12 de julio de 2016

DESAFÍO






El mundo fue y será una porquería, ya lo sé…

Las palabras sin futuro de la lírica discepoleana hacen estragos en la débil estructura mental del profesor, que  no logra mantener el equilibrio en la cornisa.
Todas sus convicciones se han ido al carajo. Años pregonando verdades que son, en definitiva, mentiras. No aguanta más. Quiere terminar con su vida.
Desde esa altura, la ciudad se ve maravillosa. El sol, rojo en el horizonte, tonaliza las nubes con su color y el cielo se parece a una pintura impresionista. Un bello espectáculo para una triste decisión.
La terraza del edificio de ocho pisos está solitaria. Nadie para contemplar su salto al vacío. Cierra los ojos y, cuando está a punto de hacerlo, algo lo hace darse vuelta. Un niño lo está mirando.
–¿Y vos que hacés aquí? –lo interroga sorprendido.
–Lo mismo que vos. Voy a saltar.
–Estás loco, mocoso?
–¿Acaso lo estás vos, viejo?
–No es lo mismo.
–¿Por qué?
–Porque sos un niño y tenés toda la vida por delante.
–¿Y con eso, qué?
–Que vos tenés motivos para vivir. Tendrás oportunidades para cambiar el mundo, amar, tener hijos…
–¿Cómo vos?
El viejo decidió posponer el salto. Debía evitar que el niño cometiera una locura. Se sentó en la cornisa e invitó a su interlocutor a hacer lo mismo. Ambos permanecieron callados observando el atardecer.
–¿Hermoso, no? –dijo con emoción el profesor.
–Sí, viejo.
–¿Cómo te llamás? –preguntó el profesor.
–Miguel, pero todos me dicen Miguelito.
–¿Y vos, viejo?
–Ernesto. Ernesto Brunetti y soy profesor.

–¿Profesor de qué?
–Profesor de filosofía.
Brunetti ya se ha olvidado de su angustia y está intrigado por saber qué hace el mocoso en la terraza. No debe tener más de siete años.
–Miguelito ¿dónde están tus padres? ¿Cómo te dejaron llegar hasta aquí? –preguntó el profesor.
–No tengo padres. Soy huérfano.
–¿Pero debés vivir con alguien?
–Sí. Vivo en un refugio para niños abandonados.
–¿Y cómo llegaste hasta aquí?
El niño se encogió de hombros y respondió displicente:
–Me escapé. Este edificio siempre me gustó y quería llegar a la terraza.
–Pero esto es peligroso.
–Tal vez. Quiero saber qué va a hacer Dios si salto.
–No vas a saltar. Claro que no. Lo voy a impedir.
–¿Por qué, viejo? –pregunta el niño.
–Porque Dios me puso aquí para impedirlo -respondió con extraordinaria lucidez.
El niño esbozó una sonrisa, pegó media vuelta y desapareció escaleras abajo.
Brunetti se sentó en la cornisa y con lentitud encendió un cigarrillo tratando de explicarse lo sucedido. Luego de un rato miró el cielo y se sintió un imbécil.

 © 2016 Fernando Cianciola




UN VIAJE MUY PARTICULAR



Carlos Medina cruza las montañas del sur por la ruta 42. Su trabajo de viajante lo tiene siempre en el camino. Con calor, frío y  lluvias inclementes, siempre está en movimiento.
Su destino lo lleva de un lugar a otro repitiendo ciudades y personas. Hace más de una hora que maneja y no ha visto automóviles, personas o animales. Parece extraño, como si se los hubiera tragado la tierra. Sólo escucha el zumbido monótono de su auto, que lo adormece peligrosamente. Cuando se despierta, sobresaltado, debe enfrentar una curva. Al pegar el volantazo el automóvil recupera la dirección pero sorpresivamente aparece, junto al camino, una figura vestida de negro que le hace señas. La frenada hace chirriar los neumáticos. Medina, con los ojos muy abiertos y el pulso acelerado, se queda mirando al sujeto que se acerca. El desconocido golpea la ventanilla mientras lo observa expectante.
Medina aprieta el botón y el vidrio a su derecha desciende.
–Buenas tardes, señor. ¿Podría usted llevarme? –pregunta el sujeto con una voz cavernosa que asusta a Carlos.
–Por supuesto –responde sin estar muy seguro de la invitación.
–Gracias.
El extraño asciende al vehículo con cierta dificultad. Lleva consigo una pequeña mochila bastante deteriorada.
–¿Hasta dónde lo llevo, amigo?
El sujeto, sin mirarlo, le dice:
–Hacia el sur, hasta donde usted pueda.
Medina lo mira de costado para estudiarlo. El sujeto es extremadamente flaco, muy pálido y su mirada parece no enfocar en ningún lado.
El vehículo reinicia la marcha y ambos quedan en silencio. Por el parabrisas se advierte una tormenta y a los pocos minutos la lluvia se hace intensa. Carlos gira la palanca ubicada a la derecha del volante y el limpiaparabrisas comienza su trabajo.

Enciende las luces porque la tarde se ha vuelto noche y el camino, peligroso. Faltan dos horas para el próximo pueblo. Debe tener mucho cuidado.
Carlos no sabe qué preguntarle al individuo. Es tan extraño que lo intimida: su vestimenta es muy rara, parece de otra época.
La curiosidad termina por convencerlo y finalmente intenta conversar.
–Yo me llamo Carlos, ¿y usted?
El desconocido no contesta sólo hasta después de un rato.
–Ismael es mi nombre.
– ¿Y a qué se dedica, Ismael?
–A salvar almas pecadoras.
Medina queda desconcertado.
–Dios me trajo hacia usted.
«Uy, uy, uy, tengo un loco suelto dentro de mi auto», piensa desesperado.
Carlos empieza a transpirar copiosamente. Afuera llueve, el pueblo está lejos y este tipo lo asusta.
–Tengo que salvar su alma. Usted va directo al infierno. Sus pecados son muchos y detestables.
En la mente de Carlos comienzan a desfilar sucesos lamentables de su vida y el miedo se transforma en angustia. Sus manos, aferradas al volante, tiemblan como hojas al viento.
–¿No estará hablando en serio, Ismael? —pregunta Medina tratando de controlar su pánico.
–Por supuesto que sí. Estoy aquí junto a usted para salvarlo.
El tipo tiene los ojos muy abiertos y parece rezar. Medina no entiende lo que dice pero el miedo lo invade. Se siente atrapado dentro de su propio auto. La lluvia es intensa y falta un largo rato para llegar a un lugar civilizado.
El sujeto introduce una mano en la mochila y Carlos supone que sacará algún tipo de arma. Atento a sus movimientos espera lo peor.
–¿Qué le pasa, Carlos? Es sólo una Biblia.
Medina esboza una sonrisa que más parece una mueca. Se ha puesto pálido y respira con dificultad.
–¡Por Dios! ¿Qué quiere de mi, Ismael? –casi que lo dice gritando.
Ismael, con una expresión intimidante, clava sus ojos en los del viajante y le dice:
–Su alma, Carlos. Su alma…

Carlos, al borde del colapso, trata de responder, cuando Ismael rompe el silencio con una carcajada estruendosa, que por unos segundos desconcierta al desdichado.
–¡Hombre, que había sido miedoso! ¡Estaba bromeando! Me llamó Edgardo Juárez y soy actor. Disculpe, es que a veces me gusta jugar bromas pesadas y suelo asustar  a la gente. Mañana tengo un espectáculo de stand up en el pueblo de San Esteban, venga a verme. Le aseguro que se va a «divertir».

© 2016 Fernando Cianciola





miércoles, 27 de abril de 2016

Una pasión en la tempestad



UNA PASIÓN EN LA TEMPESTAD
Las andanzas del capitán español Francisco Buenaventura


FERNANDO CIANCIOLA


No hay hombre más desdichado que el que nunca probó la adversidad

Demetrio


Capítulo 1

El 16 de septiembre de 1886, el puerto de Buenos Aires apenas se distingue sumergido en una bruma espesa. Las primeras luces, tímidas, van dándole forma y color a la primavera que viene. Gaviotas ruidosas se disputan los mástiles ante la atenta mirada de Francisco Buenaventura, capitán de la goleta Dominique, a punto de zarpar hacia los mares del sur.
Francisco recorre con placer la cubierta. Sus hombres se mueven de proa a popa ultimando los detalles. El viaje será largo. Muchos días en mar abierto, cabalgando las olas del Atlántico sur como quien debe domar un corcel una y otra vez. Así será y el capitán Buenaventura lo sabe, vaya si lo sabe.
–¡Gregorio! –exclama Buenaventura.
El piloto, Gregorio Fuentes, se acerca presuroso para recibir indicaciones de su capitán.
–¿Estamos listos? –pregunta Francisco con determinación.
–Como siempre, con ánimos de zarpar.
Los tripulantes inician las maniobras de desamarre y la goleta se aleja lentamente a través del Riachuelo, rumbeando hacia el Río de la Plata.  Contrasta el blanco de su casco con el marrón de las aguas turbulentas que lo  acompañan.
El navío deja puerto y los hombres se despiden en silencio. Saben que enfrentarán al más temible de los océanos: el Atlántico sur. Corrientes cruzadas, tormentas sorpresivas y el naufragio como una obsesión.

Francisco está a punto de cumplir 45 años y es todo un veterano del mar. Nació en Almería, España, con el mediterráneo ante sus ojos y unas ansias locas por navegarlo.
Siempre tuvo alma de marinero. Sus padres solían llevarlo al puerto, ubicado en la bahía y al pie de la grandiosa Alcazaba, para mirar la salida y entrada de barcos de todas las nacionalidades. El niño, subyugado por los velámenes y las banderas multicolores, tironeaba de la pollera de su madre para quedarse un poquito más. Cada vez que lo hacía, lo regañaban. No entendían ese rapto pasional del mocoso por los barcos.
Un domingo del año 1846, pidió con desesperación que lo llevaran cerca de un navío que, amarrado delante de sus ojos, parecía invitarlo. Era una goleta de dos palos, una preciosa goleta, toda pintada de blanco que ostentaba un mascarón de proa que lo dejó sin palabras. Mientras el viento despeinaba sus negros cabellos no quedó ningún aspecto para examinar. De proa a popa memorizó cada detalle: el trinquete, el palo mayor y la mesana. Con su corta edad –cinco años– supo lo que sería cuando fuera mayor.
Francisco, con el paso de los años, se transformó en un marino avezado. Aprendió el oficio navegando el Mediterráneo, puertos africanos, islas griegas, la costa dálmata y el inolvidable puerto de Marsella en el golfo de León. Allí se enamoró de Dominique Gaudet, una hermosa artista de varieté que lo dejó todo por él.
En el verano de 1861, alquilaron una bonita casa de altos, muy cerca del puerto de Almería.
Desde la alcoba matrimonial Dominique miraba extasiada la partida y el regreso del barco, con el cual Francisco realizó numerosos viajes por la costa de España: un gallardo pailebote de tres palos.
La francesita, rubia y de cuerpo exuberante, suspiraba por el marino español que la conquistó con sus penetrantes ojos azules y ese aire misterioso de  hombre de muchos puertos y gran experiencia.
Al final de cada viaje solía esperarlo con su bebida preferida: un amontillado viejo, con notas de avellana, sabor seco intenso y un color ambarino oscuro. Los días de aquel verano fueron maravillosos. Sus jóvenes veinticinco años supieron de las mieles de la pasión; los paseos por la rambla y los cálidos vientos africanos dorando su juventud.
       
En 1871, con treinta años de edad, un amor consolidado y los deseos de tentar fortuna, la pareja embarcó rumbo a un nuevo país ubicado en Sudamérica: Argentina.
El largo y tedioso cruce del Atlántico reveló muchas facetas de aquellos aventureros profundamente enamorados el uno del otro. Dominique amaba la poesía y Francisco el flamenco. Ella solía recitarle en francés y el muchacho ardía de pasión. Fueron largas noches de amor desenfrenado.
El vapor Aurora, de la Compañía Trasatlántica Española, fue su hogar durante los muchos días que duró el viaje. El Atlántico  sorprendió a Francisco por su grandiosidad. Nunca había navegado en mar abierto. Como experto marino, recorrió el barco por todos sus rincones, disfrutando como un sibarita.
Las pláticas con el capitán, un madrileño de nombre José Alberto Paz Aragón, eran sus preferidas. Él, fue el primero que le habló del temible Atlántico sur, el mar de las tormentas y los vientos imprevistos que ponían a prueba al más experimentado.

En la primavera llegaron al puerto de Buenos Aires. Las primeras noticias fueron alarmantes. La ciudad había sufrido una desbastadora epidemia de fiebre amarilla. Murieron alrededor de 14.000 personas.
El capitán, viendo en los ojos de los viajeros una sombra de preocupación, les dijo en confianza:
–No tengan temor, lo peor ya pasó. El invierno contrarrestó la epidemia y todo parece estar bien. Que tengan una feliz estadía.
–Gracias, capitán, ha sido un placer viajar con usted.
Las manos se estrecharon con firmeza, como corresponde a dos hombres de mar seguros de sí mismos.
A los lejos, el joven español pudo apreciar los contornos de la ciudad. El río le causó una mala impresión. Su color terroso no armonizaba con un cielo diáfano y profundamente azul.
«Nuevo mundo, nuevos desafíos» pensó.
El lanchón de desembarco se separó del buque para emprender una marcha lenta hacia el puerto. A lo lejos pudieron apreciar la imagen imponente de la iglesia y convento de Santa Catalina de Siena. Dominique, en un gesto inusual, se santiguó. Francisco, sorprendido, pasó su brazo sobre el hombro y la apretó con fuerza. No hubo palabras, sólo el ruido del agua contra el casco del lanchón.
Francisco tiene una carta de presentación para el propietario de una pequeña empresa naviera local, llamada “Compañía Costera Argentina”, que realiza viajes a Uruguay y al sur de Brasil, propiedad de un tal Juan Agustín Urdagaray, nativo de Sevilla y entrañable amigo de unos primos del capitán Buenaventura.
El puerto, bullicioso, hierve de gentes de diversas nacionalidades que deambulan de aquí para allá con sus bultos. Francisco y Dominique consiguen un carruaje que los lleva a un pequeño hotel en la calle Suipacha, el Cantabria.
–¡Buenos días paisanos!
Un simpático hombrecillo de brillante calva y ademanes corteses los invita a pasar.  La decoración del hotel es muy española y en la recepción, una gran pintura muestra las bellezas del centro de Madrid.
–¿Se quedarán por algún tiempo?
–La verdad es que venimos a instalarnos. Soy marino y supongo que conseguiré trabajo aquí.
El rostro de Francisco muestra una expresión esperanzadora. Está convencido que aquí el destino le tiene preparadas sorpresas muy agradables.
–Mi nombre es Jacinto y soy el propietario. Las habitaciones son sencillas pero le aseguro que se sentirá como en casa.
–Hay algo que me preocupa don Jacinto…
–¿Qué será, capitán Buenaventura?
–Lo de la epidemia… ¿Debe preocuparnos?
El rostro de don Jacinto se ensombreció. Todos le hacían la misma pregunta.
–Mire, capitán… la epidemia de fiebre amarilla fue terrible. Murió mucha gente. Miles de muertos. Yo cerré el hotel y me refugié en el Uruguay, tengo parientes que me cobijaron. Fueron meses de angustia y desolación. Los lugares más afectados fueron los conventillos. Muchos argentinos y conciudadanos nuestros murieron como perros. La miseria y la mugre hicieron un trabajo mortífero.
Dominique escuchaba el relato con temor. Su niñez, transcurrida entre la pobreza y las inmundicias en los suburbios de Argelia, le habían enseñado a respetar las epidemias.
Los primeros días fueron muy entretenidos. Caminaron muchas cuadras por Buenos Aires descubriendo a cada paso alguna sorpresa. Hombres de levita y bastón, soldados, damas con largos vestidos y miradas altaneras, hombres comunes con ropas comunes, pordioseros y grupos de extranjeros, quizás como ellos, inmigrantes buscando fortuna.
La ciudad se parece a Madrid o tal vez, por algunos rasgos, a París. Muchos españoles e italianos se cruzan en su camino. Buenos Aires empieza a gustarles. Los días pasan rápido y el capitán Buenaventura trajina con placer esas calles que comienzan a ser  familiares. Ha llegado la hora de visitar a su contacto: Juan Agustín Urdagaray.
Una mañana muy cálida y animada del mes de Octubre,  emprende la marcha rumbo a las oficinas de la Compañía Naviera. Está situada en la calle Defensa al 1708. Sube las escaleras con energía y pronto está frente a un hombre de gran estatura, bonachón él, que le extiende la mano con afecto. La carta de presentación hizo el resto. La oficina de Urdagaray es discreta y muy ordenada. Sus paredes lucen pinturas de diversos barcos. Algunos con grandes velámenes y otros con chimeneas portentosas, fiel reflejo de los tiempos del vapor y la modernidad.
–¿Barcos maravillosos, no? –Menciona Urdagaray con admiración.
–Así es. ¿Todos suyos?
Una gran carcajada estalla en el recinto.
–¡Ojalá!  ¡Mi flota es menos ambiciosa!
Los hombres llegan a un acuerdo en forma inmediata. La naviera necesita en forma urgente marinos experimentados para los viajes de cabotaje. Sus destinos están en las costas uruguayas y en algunos puertos del sur de Brasil. Transporta pasajeros y cargas de diversos tipos. Un negocio menor pero muy rentable, según las apreciaciones de Francisco.
Baja las escaleras con una sensación de placer. Su vida en estas tierras comienza con el pié derecho. En la calle empedrada lo recibe una briza cálida y piensa que le vendría bien un café con unas gotas de coñac. Acomoda su gabán azul marino y emprende la marcha. Tiene su primer contrato: un viaje a Montevideo para transportar pasajeros y carga. Su barco, que aún no conoce, es un pailebote con un nombre muy femenino: Andrea. Allí, el capitán Buenaventura tendrá un encuentro inesperado que dará un giro extraordinario a su destino.
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Continuará la próxima semana.


Capítulo 2

–Venga conmigo, le presentaré a la tripulación.
–Como usted diga, don Juan.
Los hombres caminan por el muelle y a su paso la mugre se hace ver. El Riachuelo no es propiamente un lugar acogedor: está rodeado de curtiembres cuyos desperdicios van al río. Se arrojan al agua sangre y venenos que provocan un olor nauseabundo.
–¡Gregorio! –grita con fuerza, Urdagaray— Que vengan todos.
En un santiamén los siete hombres se hacen presentes. El que se adelanta es Gregorio, piloto del pailebote, un asturiano de estatura regular que saluda con respeto. Más atrás están los otros: Gaspar, chileno; Manuel, portugués; Pepino, italiano y cocinero; además, tres argentinos: Florencio, Baltasar y Amador. Hombres rudos y acostumbrados al trabajo de mar.
Hechas las presentaciones, Francisco sube a cubierta para inspeccionar el barco. Desde la proa observa los dos palos sin cruzar, aparejados con velas cangrejas. Adivina unos treinta y cuatro metros de eslora y unos ocho de manga.
«No está mal», piensa.
–Espero que haya sido de su agrado, capitán. El barco es muy seguro; y la tripulación, trabajadora. Lo aseguro.
Francisco confía en las palabras de Gregorio. Desde el primer momento le causó buena impresión.
–Mañana hará su primer viaje. Hay que transportar carga y unos pasajeros al puerto de Montevideo. El tiempo parece bueno y la navegación por el río es tranquila. Será toda una experiencia para usted.
–Seguro, don Juan –responde al instante Francisco.
Los hombres se retiran del puerto en un carruaje rumbo al centro de la ciudad. Urdagaray desciende en la calle Defensa y Buenaventura continúa rumbo al hotel. Todo despierta la curiosidad del capitán: carros, tranvías a caballo, jinetes. Una mezcla humana singular de señores muy bien vestidos con sombreros y bastones, junto a purretes andrajosos, saltando de un lado a otro.
Los preparativos de su primer viaje le han despertado el apetito. Sueña con una buena paella. Don Jacinto, el dueño del hotel, sabrá recomendarle un buen lugar.
–¡Francisco!
–¡Dominique!
La pareja se encuentra en la recepción del hotel. Se saludan con un beso delicado que causa la aprobación de don Jacinto. Tienen la frescura de sus jóvenes años y la ilusión a flor de piel.
       
A la mañana siguiente, muy temprano, el capitán llega al embarcadero y sale a recibirlo el piloto.
–¡Buenos días, capitán!
–¡Buenos días, Gregorio!
Los hombres han simpatizado desde el principio. Son paisanos y de buen carácter. Tienen una predilección por la vida marinera que se advierte fácilmente.
–Capitán, la carga está en bodega y sólo falta embarcar a nuestros pasajeros. Son dos: una dama y un caballero que están esperando allí al lado de las berlinas. Ellos son la señorita Susan Harrison y el señor Camilo Gaitán.
Gregorio, con un ademán respetuoso, los señala y Buenaventura se acerca.
–Señorita Harrison… soy el capitán Buenaventura y le doy la bienvenida al Andrea.
Con gesto ceremonioso besa su mano y le dedica una amplia sonrisa. La dama, de profundos ojos azules y una cabellera roja como el fuego, asiente con un movimiento de cabeza y baja la mirada. Su largo vestido blanco culmina en un cuello cerrado que destaca su rostro bellísimo. Lleva puesta una capa corta, ya que la mañana está algo fría.  El caballero, muy serio él, lo saluda con un apretón de manos.
Hechas las presentaciones, se procede al embarque.
El pailebote se desliza suavemente hacia el centro del Riachuelo. Los pasajeros se apoyan en la borda y observan en silencio cómo el barco se aleja de la ciudad. Las cúpulas de las iglesias se destacan contra un cielo limpio de nubes y de un azul intenso.
Son los primeros días de diciembre de 1871 y el calor del verano se insinúa. Por su anchura, el río parece mar.
Gregorio, el piloto, guía con pericia la nave. Con pequeños golpes de timón sortea el tráfico intenso del río y los bancos de arena. Buenaventura da órdenes a los marineros para desplegar las velas.
El capitán no ha pasado desapercibido para la señorita Harrison. En varias oportunidades clavó su mirada en él. No es para menos, el español es un hombre atractivo. Es alto, de rasgos muy masculinos, pelo y barba negros y unos ojos verdes que perturban. Tiene la piel cobriza y un tono de voz grave que llama la atención a quién lo escucha. Viste una gorra de capitán con vivos dorados, un gabán azul y pantalones blancos impecables. Más que un capitán de pailebote, parece el comandante de una flota.
–¡Capitán!
El que habla es el caballero Gaitán.
–¿Tiene usted un catalejo? Deseo apreciar la ciudad desde aquí.
–A sus órdenes.
Acto seguido, Buenaventura le acerca el instrumento que el hombre agradece con un gesto.
–Señorita Harrison…
–¿Sí, capitán?
–¿Usted es inglesa, verdad?
La muchacha sonríe con gracia.
–¿Se nota, no?
–Perdone mi atrevimiento. Hay tantos europeos en esta ciudad…
–Verdad, Buenos Aires es muy cosmopolita. Mi familia vino a este país en 1861 y se dedica a la cría de ovejas en la Provincia, pero la ciudad los atrae tanto que venimos seguido para tomar contacto con el mundo.
Buenaventura está fascinado con la muchacha. No puede dejar de mirarla.
–¡Capitán!
El señor Gaitán interrumpe el hechizo.
–Diga usted.
–¿Cuándo calcula que llegaremos al puerto de Montevideo?
–Si el viento no cambia de dirección, cerca del mediodía.
–Usted, capitán Buenaventura, es español… ¿No? –pregunta Susan, retomando la conversación.
–Sí, señorita. Soy original de Almería. Hace poco arribé a Buenos Aires y este es mi primer viaje.
–Felicitaciones.
–Gracias.
El capitán invita a los pasajeros al pequeño comedor bajo cubierta. Allí los convida con un delicioso jerez y una bandeja con trozos de queso y unos panecillos apetitosos. 
El buen tiempo acompaña la travesía y la briza del oeste empuja el pailebote que parece volar sobre las amarronadas aguas del Río de la Plata.
–¿Señor Gaitán… qué lo lleva a Montevideo? –indaga amablemente Francisco.
–Negocios, capitán, negocios.
Camilo Gaitán evade una respuesta directa. Parece que es hombre de pocas palabras.
–Me dijeron que usted se dedica a las importaciones.
               La que habla es la señorita Harrison, dispuesta a conocer los detalles.           
–Es verdad, tengo negocios de importación con los ingleses, los hago en Montevideo.
Gaitán es un calvo con gruesas patillas y manos muy cuidadas.  Hombre de escritorio, según parece.
–¡Capitán!
El que interrumpe ahora es Gregorio.
–¡Vengan todos, les tengo una sorpresa!
Con premura suben la escalerilla y ya en cubierta observan un espectáculo maravilloso: delfines.
–Delfines aquí, Gregorio… ¿Cómo puede ser?
–Sí, son delfines de río, de la especie franciscana. Se los ve seguido.
Susan no sale de su asombro, jamás había visto delfines. Brincan sobre el agua acompañando al pailebote. La dama se aferra a un cabo del palo mayor y trata de mirarlos más de cerca.
–¡Cuidado, no vaya usted a caerse!
La mano firme de Buenaventura toma el antebrazo izquierdo cuando el barco da un bandazo. Ella siente la presencia masculina a su lado y se estremece.
–Gracias, capitán, ha sido usted muy gentil…
El corazón de Francisco galopa y Susan, sonrojada, trata de apartarse.
Los tripulantes del Andrea se miran cómplices. El capitán parece embelesado por la inglesa.
El viaje continúa sin mayores sobresaltos. El sol en el cenit baña el río con una luminosidad increíble. El día no puede ser mejor. A los lejos se divisan los contornos, aún difusos, de la ciudad de Montevideo.
–Señorita Harrison ¿Viaja usted por primera vez a Uruguay?
–No, tengo a mis tíos en esa ciudad. Ellos son las personas que más quiero en el mundo, aparte de mis padres.
–Pero… hay alguien más, ¿No es cierto?
El atrevimiento del capitán raya la insolencia.
La risa de Susan es espontánea, vivaz. Buenaventura ha ido lejos. Se ha jugado por una respuesta que, espera, no sea lo que piensa…
–¡Capitán! ¿Es esto un interrogatorio?
–¡Perdone usted por ser un impertinente! Sólo que…
–¡Capitán, capitán! Entramos al puerto de Montevideo.
La voz de Gregorio interrumpe el diálogo. Las arboladuras de numerosos barcos amarrados en el puerto conforman un paisaje maravilloso que pone un telón de fondo a la conversación por demás comprometida.
El pailebote se acerca lentamente al amarradero. Gaspar y Florencio se encargan de los cabos de proa; Baltasar y Amador trajinan con los de popa. La tarea será de cuidado: es necesario que la embarcación quede perfectamente adosada al muelle. Pepino, el cocinero, les grita en italiano, lo que causa carcajadas muy sonoras en sus compañeros. Es el gracioso de la tripulación.
El capitán Buenaventura está muy nervioso. El impacto que ha causado en su corazón la damita inglesa es muy fuerte. Por un lado, siente culpa porque se da cuenta que de alguna manera ha engañado a su amada Dominique. Durante el viaje sólo ha tenido ojos para Susan Harrison, la pelirroja. Intuye que la está esperando un hombre, su prometido, quizás. Por otro lado sabe que no le ha sido indiferente. La mujer ha vibrado ante su presencia. 
La intuición de Francisco se confirma. En el muelle divisa una pareja de ancianos y un caballero elegantemente vestido que agitan sus manos en señal de bienvenida.
–Capitán…
Buenaventura se sobresalta. A poca distancia, Susan Harrison lo mira con una expresión indefinible. Su rostro bellísimo lo perturba de tal forma que no atina a pronunciar palabra.
–Capitán… llegó la hora de la despedida.
Francisco se da cuenta que está locamente enamorado de la dama inglesa y que es un delirio que eso le suceda.       
–Ha sido un placer conocerla y espero verla nuevamente… algún día.
El capitán se inclina para besar su mano y ella tiembla como una hoja. La mujer sonríe, cómplice, con la eterna sabiduría femenina a flor de piel.
–No lo dude un instante capitán, las casualidades no existen…
Buenaventura se queda mirándola como un estúpido, mientras que la señorita Harrison desciende con gracia la escalerilla y se dirige presurosa al encuentro de los suyos.



Capítulo 3

El viaje de regreso lo tiene a Buenaventura en la popa del pailebote. La angustia por la partida de la joven altera su estado de ánimo. Está ensimismado y ajeno a la navegación.
–¡Capitán!
Como siempre, la voz de Gregorio lo devuelve a la realidad.
–El viento sopla del este con fuerza…
–¡Sí, Gregorio, vela mayor a todo trapo! –ordena Francisco.
El Andrea corta las aguas del Río de la Plata con un fuerte impulso. Francisco, al timón, trata de alejar la imagen de Susan, pero ésta ha quedado grabada a fuego en su memoria.

Los próximos años fueron de trabajo intenso. Buenaventura realiza numerosos viajes al Uruguay y al sur de Brasil, especialmente a Río Grande Do Sul. Carga y anónimos pasajeros acompañan sus travesías. Los ingresos aumentan y esto permite al capitán adquirir una casona antigua, muy bonita, con un amplio jardín cubierto de rosas y malvones. La vida le sonríe. Su decisión de viajar a América no ha sido equivocada. Dominique es una buena esposa y, con la paciencia que la caracteriza, tolera las ausencias que los viajes de Francisco ocasionan. Al regreso sus encuentros son muy románticos, llenos de una pasión alimentada por la espera.
El mar y Dominique son la razones de vida para el intrépido español que las goza al por mayor.

Una mañana de mayo de 1878, Buenaventura está frente a Urdagaray esperando instrucciones para sus nuevos viajes. El hombre fuma displicente en medio de una montaña de papeles.
–Mi querido capitán, lo felicito por su desempeño. El trabajo ha sido perfecto. Es el mejor oficial de mi flota.
–Muchas gracias, don Juan. Los barcos son mi vida y el placer de navegar con ellos, infinito. Sólo hago lo que debo hacer.
–Hace más, hace más, querido capitán. Pero lo he citado por otro asunto. Hay un gran mercado para los viajes hacia la Patagonia. Hay que transportar gente y carga a distintos puertos del sur. Especialmente al lugar más austral del mundo: Tierra del Fuego y la ciudad de Ushuaia, en plena construcción
–Hay que enfrentar el Atlántico sur… –reflexiona con preocupación Buenaventura.
–Así es, capitán. Todo un desafío para usted.
En ese momento Francisco recuerda las palabras del capitán Aragón, comandante del vapor Aurora, sobre las características de sus aguas. Sin embargo responde:
–El mar es mi hogar, don Juan, no hay desafío que no acepte –responde con seguridad.
–Bien, capitán, usted será el primero de mi compañía en abrir esta ruta. Aquí están las cartas de navegación y de paso le presentaré al capitán Gonzalo Corvalán. Él ha hecho estos viajes cuando trabajaba para una compañía de la competencia. Puede hacerle todas las preguntas necesarias. Es un hombre de confianza.
–¿Algo más, don Juan?
–Sí, Buenaventura, casi me olvidaba. Mañana por la noche haremos un ágape en el hotel Alcázar. Es el encuentro anual de las compañías navieras de Buenos Aires. Usted y su esposa están invitados. Es de rigurosa etiqueta. Mi secretaria le dará indicaciones para conseguir la ropa adecuada y la dirección del hotel. Buenos días, capitán.
–Buenos días, don Juan, le agradezco la invitación. Estaremos allí.
Un cálido apretón de manos culmina el encuentro. Buenaventura baja las escaleras con entusiasmo. Las expectativas son excelentes. No ve la hora de encontrarse con Dominique para comunicarle la novedad. Sale del edificio, camina unas cuadras y sube a un tranvía que lo dejará frente a su casa. El tranvía a caballo se mueve con lentitud, la gente a su alrededor parlotea sin cesar. El capitán se sienta al fondo y se abstrae con sus pensamientos. Un rostro de mujer se dibuja en su mente y esboza una breve sonrisa. Es inútil, la muchacha inglesa lo obsesiona.  Ha tratado de olvidarla pero su corazón no lo acepta. La culpa lo invade, Dominique no se merece esto: es la mujer más maravillosa que ha conocido y su devota esposa. Lo dejó todo por él. Eso no lo hace cualquier mujer. Sólo ella, la bella francesita de Marsella.

–¡Dominique, mi amor! –exclama Francisco al abrir la puerta.
–Querido, llegas justo para el almuerzo. Madame Eugene preparó lo que tanto te gusta: paella.
Dominique es una mujer muy hermosa, de piel blanca y cabello castaño abundante. Tiene unos bucles preciosos. Se mueve con una gracia notable y sus manos son como pájaros que acompañan su graciosa forma de hablar castellano con acento francés.
Su mejor compañía, madame Eugene, es una señora francesa, inmigrante como ellos, que cuida de Dominique y realiza los quehaceres del hogar. Es muy simpática y de alguna forma contiene a la dama cuando añora el mundo europeo.
Ellos han cosechado algunas amistades españolas y francesas que llenan sus días de alegres encuentros, porque los Buenaventura no han procreado y sólo se tienen a sí mismos.
–Querida… traigo una noticia que te va a encantar.
Dominique se puso muy inquieta.
–¡Dímelo, dímelo!
–Mañana por la noche tendremos un ágape de gala. Don Juan Urdagaray nos ha invitado al encuentro anual de las compañías navieras de Buenos Aires que se realizará en el Hotel Alcázar.
–¡Maravilloso, querido! Pero… no tenemos ropa adecuada.
–No te preocupes, esta tarde salimos de compras. La ocasión vale un sacrificio. Debemos intimar con ellos.

El carruaje, muy elegante, arriba al hotel totalmente iluminado para la ocasión. Un sirviente se acerca, abre la puerta de la berlina y extiende su mano para que Dominique descienda. La señora Buenaventura está espléndida. Un largo vestido de color verde obscuro destaca su silueta. Los que pasan se dan vuelta para admirarla. Por detrás, un marido orgulloso extiende su brazo para subir las escalinatas rumbo al salón principal.  Francisco, de riguroso frac, hace murmurar a las damas presentes. El capitán es un hombre alto, de caminar seguro y el negro de su barba enmarca un rostro viril que impone respeto a los demás.
La recepción está repleta de hombres y mujeres elegantes que no dejan de hablar y reír. Parece gente simpática. Buenaventura se siente cómodo. El lugar tiene un piso de mármol impresionante que brilla como un espejo. Alguien eleva su voz e invita al salón principal. Allí están dispuestas numerosas mesas redondas preparadas para la ocasión. El lugar es muy amplio. Su piso, cubierto por una alfombra de color ámbar, contrasta con la madera lustrada y obscura del mobiliario. La luz de los candelabros proporciona un ambiente intimista y romántico. En un rincón la orquesta interpreta los tradicionales valses de Strauss.
–¡Capitán Buenaventura!
La voz de Urdagaray se hace escuchar.
–Es un honor que usted participe de nuestro encuentro.
–El honor es mío, don Juan.
–Le presento a mi esposa Dominique.
Don Juan la observa con admiración y presto se inclina para besar su mano.
–Un placer, señora. Es más hermosa de lo que imaginé. Felicitaciones, Francisco.
–Gracias.
–Adelante, por favor, vuestra mesa es aquella junto al ventanal. Tendrán una agradable compañía. Ya lo verán.
 La pareja se dirige a la mesa y un sirviente los acomoda. Saludan formalmente a una pareja mayor que los recibe con simpatía. El hombre es un marino retirado de nombre Eduardo Lentieri y está acompañado de su esposa, doña Mercedes Acuña, aragonesa de origen, pero muy porteña.
Al rato, dos parejas se acercan y saludan formalmente. Son dos matrimonios: el señor y la señora Gallardo, los más jóvenes, y el matrimonio Esquivel, algo mayor. Hechas las presentaciones todos conversan animadamente. Buenaventura está muy feliz. Todo encaja en su nueva vida. Una mujer hermosa, un trabajo prometedor y un mundo de posibilidades en esa ciudad que lo asombra a cada instante. La cena empieza a servirse y los platos con exquisiteces provocan el asombro de los comensales.
La cena transcurre entre conversaciones triviales y copas de champaña al por mayor. Dominique se muestra radiante, plena, como nunca antes Buenaventura la había visto.
A la medianoche Urdagaray, que preside la fiesta, invita a los presentes al baile. Numerosas parejas, entre ellas el matrimonio Buenaventura, aceptan con entusiasmo y los valses suenan majestuosos.
–¡Capitán!
Francisco se da vuelta y junto a él un exultante Urdagaray requiere su presencia.
–Le quiero presentar a uno de mis mejores clientes. Acompáñeme por favor.
Dominique asiente y Francisco sigue a su jefe hasta un grupo de caballeros muy elegantes. Todos lo saludan con deferencia.
–Capitán Buenaventura, le presento a Walter Morgan. Un hombre de negocios muy importantes con estancias en la Provincia de Buenos Aires y actividades comerciales en Montevideo.
–Encantado en conocerlo, señor Morgan.
Francisco reprime un deseo imperioso.  El rostro de Susan Harrison cruza por su mente y el corazón se acelera.
–Así que usted es el capitán del cual habla tanto y tan bien mi amigo Urdagaray.
–Cumplo con mi deber. Eso es todo.
Tengo entendido que usted viajará al sur en la próxima primavera.
 –Así es, tendré el honor de inaugurar la ruta a la Patagonia.
 –Lo felicito.
 –Gracias. Le quiero hacer una pregunta, señor Morgan, si no le incomoda.
–Hágala, por favor.
–¿Usted conoce a la familia Harrison?
–Por supuesto, capitán. Somos grandes amigos. Ellos tienen un establecimiento ganadero de proporciones en la provincia. ¿Los conoce, capitán?
–No a ellos, pero sí a su hija, Susan. Tuve el agrado de transportarla a Montevideo, hace unos años.
–¡Ah, Susan, Susan Harrison de Taylor! La señorita Harrison se casó con Paul Taylor, un importante hombre de negocios, y creo que se encuentra en la provincia de Río Negro administrando con su esposo un establecimiento de campo. Un gran amigo Paul.
La noticia cae como un balde de agua fría en el ánimo del capitán Buenaventura. Sus fantasías han estallado como un cristal delicado. La conversación continúa pero él ya no escucha. El capitán regresa a la mesa, ensimismado y taciturno.
–Francisco, ¿Qué ha sucedido?
–Nada, querida, nada. Sólo que estoy muy cansado. Deberíamos partir.
       
 El carruaje cruza la ciudad cubierta por una espesa niebla. Las luces de las farolas apenas visibles, les dan un aspecto fantasmal a los pocos transeúntes que circulan en la madrugada porteña.
Dominique dormita apoyada en el hombro de su esposo. Francisco está lleno de culpas. El recuerdo de Susan lo inquieta, ha pasado el tiempo y no desaparece.
«Esto se tiene que acabar, sólo es una fantasía. Mi realidad es Dominique y así debe ser».
Con un movimiento de cabeza intenta alejar sus pensamientos, mientras que el carruaje se pierde por las calles de Buenos Aires.      

La vida del capitán Buenaventura sigue su curso con innumerables viajes a Brasil y las primeras incursiones al sur: Mar del Plata y Bahía Blanca fueron sus primeros destinos. Corre 1884.
Al regresar de su último viaje, Dominique lo recibe como siempre, pero el capitán nota que algo no anda bien.
–¿Querida, sucede algo?
–Nada, Francisco… sólo he tenido un desmayo. El médico opina que debo descansar. Nada más. No hay que preocuparse.
Buenaventura permanece en silencio. La respuesta suena a evasiva. Conoce tanto a su esposa que sus palabras, más que tranquilizarlo, lo han dejado muy preocupado.
A la mañana siguiente y con la excusa de una reunión de negocios, Buenaventura visita al doctor Avellaneda. Quiere una respuesta objetiva porque  supone que su esposa no le ha dicho la verdad.
–Doctor Avellaneda: ¿Qué sucede con Dominique?
El médico lo invita a sentarse. Las malas noticias deben expresarse con cuidado.
–Estimado capitán Buenaventura, su esposa tiene el corazón muy débil… es de cuidado.
Francisco permanece en silencio. La noticia, inesperada, golpea directo en su alma.
–¿Su vida peligra, doctor?
–No lo sé con seguridad, capitán, pero la señora tiene un corazón muy frágil, habrá que estar muy atentos.
Buenaventura se pone pálido, la noticia es inesperada.

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Continuará la próxima semana.


Capítulo 4

La mañana es tormentosa; el oleaje del río, poco amigable; y los barcos navegan con dificultad. Truenos y relámpagos acompañan los preparativos de la travesía del pailebote.
–¡Gregorio! –la voz de Buenaventura suena grave.
–¿Sí, capitán?
–Tendremos un viaje peligroso, así que explique a los hombres que se concentren en cada maniobra. Esquivar los bancos de arena será primordial. No me falles, Gregorio.
–Todo saldrá bien, capitán, no se preocupe.
–¡Gaspar, Manuel, Amador! –ordena con reciedumbre el piloto.
–¡Orienten las velas y desplieguen el foque con cuidado, no quiero encallar!
El alma de Francisco se agita en un mar de dudas y presagios. Él no quería viajar, pero Dominique insistió. La compañía había tenido algunos percances económicos y era imprescindible concretar nuevos viajes a fin de recuperarse. Se lo había pedido personalmente Juan Urdagaray.
Francisco al timón. Esta vez desplazó a Gregorio y se hizo cargo del barco. La mañana está difícil, hay una sudestada impresionante que inclina el pailebote a babor.
Llevan dos horas de navegación y las olas chocan violentamente contra el casco, provocando inestabilidad. Los hombres aferrados a los cabos caminan la cubierta con temor. En la bodega, algunos cajones se han soltado golpeando violentamente  contra las cuadernas laterales. Una vía de agua aparece a estribor. Baltasar lo advierte y emerge por la escotilla a los gritos.
–¡Gregorio, Gregorio! Vía de agua a estribor.
–¡Maldición! –exclama con furia el piloto.
–¡Florencio, Pepino! Manos a la obra, hay que taponarlas.
Los marineros bajan presurosos. Deben reparar la avería con rapidez: dada las condiciones climáticas, una vía de agua de esas características hundiría el pailebote en menos de una hora.
Francisco al timón hace esfuerzos increíbles para gobernar el barco. La tormenta arrecia, la luz es escasa y las olas barren la cubierta con fiereza. El bauprés se hunde una y otra vez cortando las olas. El español recuerda una tormenta semejante, ocurrida en el Mar Adriático, frente a las costas italianas. Estuvieron a punto del naufragio.
–¡No podrás conmigo, maldita tormenta! –grita enloquecido Francisco.
El capitán, totalmente mojado, se aferra con desesperación al timón. El barco resiste. Es duro, como Buenaventura.
Afortunadamente la avería fue reparada y Gregorio le comunica la noticia con optimismo. No todo es una desgracia en el accidentado viaje.
–¡Montevideo a la vista, capitán!
El que grita es Florencio, aferrado a un cabo en la proa del Andrea.
«Gracias a Dios», piensa aliviado Francisco.
Pepino comienza a cantar una canzonetta y todos lo imitan. La tormenta amaina y los hombres festejan la suerte corrida. Buenaventura recorre el barco siguiendo la crujía para verificar si hay daños en la arboladura. Comprueba con preocupación que el mástil del trinquete tiene una grieta. Eso significa reparaciones y algunos días en Montevideo.
Buenaventura decide alojarse en un hotel cercano al puerto y recorrer la ciudad. Parece bonita: muchas plazas, calles empedradas y los árboles de un verde intenso. Su primera tarea antes de alojarse fue enviar un cable telegráfico a las oficinas de la compañía para informar sobre el contratiempo y las demoras del regreso. La respuesta llegó con prontitud junto a un informe sobre la salud de su esposa: sin novedades.
Luego de un frugal almuerzo, decide caminar. El puerto, como todo puerto, mezcla gente de distintas razas. Muchos negros generan algarabía, tocan tambores con un ritmo endiablado al son de una música que lo atrae: el candombe.  Decide entrar en una fonda, «la trigueña», y pedir una copa de licor.
El ambiente es modesto, tiene una decoración marinera que lo conforta. Se sienta en un rincón cerca de la ventana. Desde allí se divisa la Bahía de Montevideo. Negros nubarrones permanecen en el horizonte, pero el sol reina en la tarde uruguaya.
–¡Mesero!
Un simpático hombrecillo se acerca.
–Diga usted, señor.
–Una botella de ron, por favor.
–Enseguida, señor.
El ron es un buen amigo en momentos aciagos como este. Un barco averiado, una esposa delicada y distante, y la presencia de un fantasma llamado Susan.
El ron quema su garganta y aquieta las penas. La cabellera pelirroja de la inglesita revolotea ante sus ojos. Una verdadera tortura.  Es imposible olvidarla. Al salir de la fonda le llama la atención la fortaleza del Cerro de Montevideo y un imponente faro de mampostería que le recuerda que su vida necesita una luz que guíe sus pasos.
Luego de dos largos y aburridos días, el pailebote está en condiciones de navegar y Buenaventura apura la partida. Decide viajar de noche. El tiempo es perfecto y la luna baña las tranquilas aguas del río.
Francisco está con Gregorio junto a la camareta de popa. El piloto al timón, permanece en silencio. Su patrón no la está pasando bien. Sabe que su esposa padece de un corazón débil y él no puede estar junto a ella.
«Sufrimiento de marinero», piensa el piloto, mientras guía con pericia el barco, trapos al viento a más veinte nudos. El cielo, completamente estrellado y la noche, con una temperatura muy agradable, acarician el alma de los hombres del Andrea en su viaje rumbo a Buenos Aires.
El amanecer los toma en la entrada del Riachuelo. Buenaventura está inquieto. Tiene malos presagios. Sólo piensa en Dominique. El muelle hierve de obreros ruidosos que inician la tarea del día. Un carruaje negro con caballos blancos lo está esperando. Es Juan Urdagaray en persona. El hombre se acerca solícito y extiende su mano.
–Buenos Días, capitán. He venido a buscarlo en persona, su esposa no está bien y quiero llevarlo cuanto antes.
Francisco aprieta la mano de su patrón sin emitir palabra alguna. La noticia lo ha dejado mudo. Los hombres ascienden al carruaje y el cochero azuza las bestias que parten raudamente. Los ruidos urbanos lo perturban, su pensamiento está concentrado en Dominique. A pesar de sus fantasías, ama a esa mujer, es su razón de existir. Al llegar a su casa, lo recibe madame Eugene. Nota lágrimas en sus ojos y un leve temblor en sus labios.
–¿Cómo está Dominique? —Pregunta desesperado Francisco.
–Muy mal, capitán, muy mal…
El que responde es el doctor Avellaneda.
–¡Dominique! ¡Querida!
Buenaventura toma delicadamente sus manos y la besa en la frente. La mujer, acostada, apenas sonríe. Su palidez asusta.
–¡Te pondrás bien, amor! –dice el capitán sabiendo que sus palabras no torcerán el destino.
El doctor Avellaneda toca su hombro y le indica que lo siga hasta la sala. Allí, junto al ventanal que da al jardín de rosas y malvones, le confiesa, casi con un aire paternal, la tremenda verdad: a Dominique sólo le quedan algunas horas de vida. Su corazón no resiste más.
–¡No puede ser!
Francisco hunde el rostro entre sus manos y se desploma en un sillón. Lo que ayer parecía un porvenir venturoso torna en un camino sin salida. Dominique va a morir y su vida no tiene sentido.
Al atardecer y con un sol apenas oculto por las nubes, Dominique expira entre los brazos de Francisco. Eugene, el doctor Avellaneda y Juan Urdagaray, son mudos testigos de la desgracia.
A la mañana siguiente, el cortejo fúnebre sale rumbo al Cementerio de la Recoleta. Urdagaray, en un gesto que lo ennoblece, decidió que los restos de Dominique sean alojados en el panteón familiar. La carroza  fue acompañada por un grupo reducido, pero muy caro a los sentimientos del capitán Buenaventura. Allí están sus amigos argentinos y toda la tripulación del Andrea. El responso final cierra un día de enorme tristeza para Francisco. Su amada Dominique se ha marchado.

Una semana después, Buenaventura está como perdido. Sus días transcurren en un encierro total. La casa permanece a oscuras y madame Eugene poco puede hacer por ese hombre destrozado. Ya no es el mismo: el descuido personal es notable y las botellas de ron empiezan a multiplicarse. Busca ahogar el dolor con la bebida. El dormitorio es un verdadero santuario. Una pintura con el hermoso rostro de su amada tiene una vela encendida y es objeto de culto de nuestro desgraciado capitán. Todo en esa habitación le recuerda a Dominique.
Francisco, tirado en la cama, repasa los años de vida junto a ella, desde la lejana Almería, con sus cálidos veranos, la briza africana y esa maravillosa luna reflejada en el Mediterráneo, hasta los paseos por Palermo, aquí, en Buenos Aires. Cada recuerdo es una daga que se clava en lo profundo de su corazón. Esboza una sonrisa cuando la recuerda aprendiendo a bailar tango, esa danza exótica de los porteños. El capitán  no come, no duerme. Sólo consume ron y fuma en silencio. Más que un capitán al mando de un pailebote es un despojo a punto de morir.

Una mañana cualquiera, seis meses después, golpean a la puerta de la casona de Buenaventura. Eugene acude presurosa y allí está, parado frente a ella, Juan Urdagaray en persona. El hombre, decidido, viene en busca del capitán.
–Buenos días, señora. ¿Podré ver al capitán?
Eugene lo mira con tristeza y con un gesto lo invita a pasar.
–El capitán no quiere recibir a nadie, pero si usted insiste…
–Claro que insisto. Es una locura, hace más de seis meses que el hombre está encerrado y destruyendo su vida. Debemos hacer algo para recuperarlo.
–Ojalá, ojalá… -repite Eugene con desaliento.
Urdagaray golpea la puerta del dormitorio con insistencia.
–¡Capitán Buenaventura! Debe volver a la compañía, lo necesito.
Sólo le responde el silencio. Nuevos golpes en la puerta, pero nada.  Buenaventura dormita entre los vahos del alcohol.
Urdagaray insiste. Su enojo va en ascenso.
–¡Maldita sea, hombre! Tengo el Andrea en reparaciones y otro barco listo para zarpar. Necesito un capitán, ¡Tengo una goleta por estrenar!
De pronto los ojos entrecerrados de Francisco se abren. La palabra goleta suena como una música celestial en sus oídos. Se ve en el puerto de Almería fascinado ante la blanca imagen de aquella goleta de la niñez. Su barco preferido.
–¿Ha dicho goleta…. don Juan?
Urdagaray sonríe. Ha dado en el clavo. Sabe que una goleta es el punto débil del capitán.
–¡Sí, capitán! ¡La mejor goleta del mundo y será suya, si decide salir de esta cueva!
Don Juan y Eugene permanecen expectantes.
Al rato, la puerta se abre y una sombra llamada Buenaventura se recorta en el dintel. Está avejentado y con algunas líneas de plata en su pelo. No es el hombre que llegó por primera vez a sus oficinas buscando trabajo.
Don Juan no duda y se funde en un abrazo fraternal con ese hombre que ha llegado a respetar y querer.
–¡Animo, capitán, la goleta lo está esperando lista para zarpar!
Buenaventura sonríe y Eugene agradece a Dios el milagro. Ese es el hombre que ella conoce.

Dos días después, en horas de la mañana, el carruaje con Urdagaray y Buenaventura llega al puerto. Los hombres descienden y se encaminan hacia una maravillosa goleta blanca que se mueve suavemente amarrada al muelle.
Francisco, con sus ropas marineras y una sonrisa luminosa, saluda a sus hombres que, alineados, esperan sus órdenes. El capitán los ignora por un momento, hipnotizado con el barco. Se acerca lentamente y sus ojos recorren la embarcación de proa a popa. Foques, trinquete, palo mayor y mesana. Todo en orden y con lienzos impecables. La cubierta con su madera lustrada parece invitarlo.
–¡Te llamarás Dominique! -Grita con emoción.
Todos aplauden. El capitán Buenaventura, el que ellos conocen, ha regresado.

Capítulo 5


Corre Septiembre de 1886 y la primavera se insinúa sobre Buenos Aires. Tímidamente los árboles comienzan a florecer. La mañana es fresca y los rayos del sol entibian a los transeúntes que circulan por las calles aledañas a la flamante Plaza de Mayo, antigua Plaza de la Victoria.
Urdagaray y el capitán Buenaventura esperan ser atendidos en el elegante Café Tortoni, en plena calle Rivadavia.
–Capitán, me alegro de verlo recuperado. Tengo planes para usted.
–Gracias, don Juan. No sé qué hubiera hecho sin usted. Perdí el rumbo y aquí estoy con deseos de navegar.
–¡Excelente, Buenaventura! He decidido encarar los viajes hacia Tierra del Fuego. Si bien el vapor es el futuro, sé que usted es un romántico y la vela es su inspiración. Las goletas con viento favorable vuelan sobre el mar y eso implica ganar mucho tiempo, cuando los compromisos urgen. La ciudad de Ushuaia  está en plena construcción y se necesitan elementos vitales para esa tarea. Es un largo viaje pero en sus manos la misión está asegurada.
–Gracias por su confianza, don Juan. Haré méritos por lograrla satisfactoriamente.
–Nos vemos mañana en mis oficinas y ultimamos los detalles. ¡Buenos días, capitán!
–¡Buenos días, don Juan!

El 16 de Septiembre de 1886, la goleta Dominique deja atrás la desembocadura del Río de la Plata y gira a estribor con las velas hinchadas por el viento, rumbo al Atlántico sur. Navega cerca de la costa. El color de las aguas ha cambiado y el verde azulado del océano le advierte que navega en mar abierto. Buenaventura aspira profundamente el aire y sus pulmones se hinchan de gozo. Está navegando y eso le da significado a su vida.
En horas de la tarde el viento se reduce y la nave avanza lentamente. Las aguas quietas del océano se han vuelto amigables, pero no hay que confiarse: su carácter díscolo lo vuelve temible. Un grupo de gaviotas se posa en la verga del palo mayor. La goleta navega frente al Cabo Corrientes rumbo a Carmen de Patagones y Viedma. Buenaventura se dirige al castillo de proa y desde allí su pensamiento se pierde entre las olas. Enciende la pipa, su compañera de navegación, y el fuerte aroma del tabaco holandés despierta sus sentidos. Los hombres permanecen bajo cubierta. Sólo él y Gregorio contemplan las luces rojizas del atardecer.  Dominique está presente en cada instante. Su recuerdo lo entristece pero su vida, como su goleta, pone proa hacia el futuro.
Al cabo de una semana de navegación remontan el Río Negro rumbo al puerto de Viedma. La Dominique, con tres metros de calado, ingresa sin dificultades por la boca del río. Siete millas más adelante atracan en el muelle. Realizan la descarga de algunos elementos que son recibidos por representantes de la compañía. Buenaventura aprovecha para enviar un mensaje telegráfico explicando que la goleta navega sin problemas. Al amanecer  del siguiente día, zarpan para continuar su viaje.
El movimiento de nubes preocupa al capitán. Su olfato marinero percibe la cercanía de una tormenta. El viento cambia constantemente de dirección y obliga  a los tripulantes a maniobrar constantemente con las botavaras y los cabos.
La Dominique navega a 18 nudos con todos los trapos al viento. Las velas escandalosas al tope del palo mayor y el palo de mesana le dan una velocidad notable. Buenaventura es un hombre feliz. Ama las goletas y ésta responde a las mil maravillas.
La embarcación navega en ceñida con fuertes vientos de barlovento. La mano experta de Gregorio evita que la escora sea peligrosa.
–¡Capitán, la fuerza del viento va en aumento y el mar está muy agitado, debemos disminuir la velocidad!
–¡Tranquilo, Gregorio, la goleta aguantará!
La situación empeora con el paso de las horas. Una tempestad amenaza con furia. Están navegando a la altura de Punta Bermeja, Golfo de San Matías, y una voz interior le aconseja a Francisco evitar el combate.
–¡Gregorio, a estribor, entraremos en el Golfo en busca de una cala!
El piloto respira aliviado. Los hombres se mueven rápido para recoger las escandalosas y rizar convenientemente el trinquete, la vela mayor y la mesana. A medida que se alejan del mar abierto, las aguas se tranquilizan y la animosidad de los marineros aumenta. Se gastan bromas unos a otros con esa camaradería que brinda el trabajo en el mar.
El golfo tiene unos 118 kilómetros de ancho y con aguas profundas que permiten una navegación perfecta. Buenaventura con el catalejo en mano, observa la costa en busca de una cala para guarecerse. Las últimas luces del día le permiten divisar una bahía cerca de Punta Norte, en la Península de Valdés.
Pepino se acerca con jarros de café caliente que Gregorio y Francisco agradecen. El frío comienza a apretar.
La costa es un verdadero espectáculo de elefantes y lobos marinos que entran y salen del agua. Bandadas de gaviotas y cormoranes acompañan la lenta marcha de la goleta. La tempestad se ha marchado hacia el sur y paulatinamente las nubes de abren para mostrar un cielo estrellado y una luna blanca como la nieve.
La Dominique detiene la marcha a cierta distancia de la costa. Baltasar y Amador determinan finalmente que la profundidad es suficiente para arrojar el ancla. Han sondeado con pericia, bajo la atenta mirada del capitán. Baltasar apea el ancla sobre el capón y cerca de la superficie del agua.  Todo está listo para tirarla al fondo.
–¡Arrójenla! –ordena Buenaventura con reciedumbre.
La goleta queda fondeada en la pequeña cala. Las lámparas de aceite iluminan la cubierta, los hombres aseguran las velas en las botavaras y Gregorio traba el timón. Pepino los llama a cenar y un tropel famélico desaparece de cubierta. Sólo queda un hombre: Francisco. La costa patagónica es un verdadero páramo. La soledad invade su alma. Los recuerdos en tropel lo deprimen. Por su cabeza desfilan escenarios placenteros y el rostro de Dominique. Eso duele, duele mucho, su partida es algo difícil de olvidar. Con resignación hurga en su gabán en busca de tabaco para encender la pipa. Aspira con ansiedad  en busca del placer de fumar. La noche, apacible, lo envuelve todo. Una canción marinera emerge por la escotilla para arrullar los pensamientos de Buenaventura. La acompaña el sonido triste de un bandoneón.

El amanecer se insinúa en el horizonte y la batahola de la fauna circundante despierta a los marineros.  Buenaventura ya se encuentra en cubierta. Saluda a todos con buen ánimo. El «tano» en la cocina prepara café y pan, que todos esperan con ansias. Necesitan energías para iniciar la faena.
Baltasar y Amador, los marineros criollos, se encargan de levar anclas con la serviola. El crujido cuando el arrastre de la cadena les avisa que el viaje está por reanudarse.
Florencio se hace cargo de los foques y el trinquete. Gaspar y Manuel de la vela mayor y la de mesana. El viento favorable infla los lienzos que empujan con fuerza el barco rumbo al Atlántico. El día está nublado y el pronóstico se vuelve indescifrable.
–Habrá que navegar con cuidado… creo que tendremos mal tiempo en cualquier momento.
–Así es, capitán, bordearemos la Península de Valdés y si la cosa se pone fiera, alguna cala del Golfo Nuevo nos protegerá –dijo Gregorio con sabiduría.
–Esperemos que no, hemos perdido tiempo –exclama preocupado Buenaventura.
–¡Icen las escandalosas, muchachos, a todo trapo!
La goleta escora con el impulso, pero la mano experta de Gregorio la estabiliza. La Dominique cabecea y el bauprés se hunde cortando una ola que cubre de espuma el castillo de proa.
Francisco observa el accionar de sus hombres. Todos ellos son leales y muy valientes. Han dejado como él tierra firme para arriesgarse en un trabajo peligroso.
Gregorio, el asturiano, es un hombre con familia. Tiene dos hijos que trabajan la tierra. Su esposa se queja por las ausencias pero respeta la pasión marinera del hombre. Tiene más de sesenta años y una invalorable experiencia en  el mar. Aprendió a navegar en el Cantábrico.
Gaspar, el chileno, no supera los veinte años y es el más novato de todos. Sin embargo tiene un carácter alegre y sus ocurrencias divierten a sus compañeros. Una novia en cada puerto, respetando la tradición.
Manuel, el portugués, es un bebedor empedernido que más de una vez terminó preso por las peleas en los bares del puerto. Todo un personaje, pero muy trabajador. Un soltero a muerte.
Pepino, cocinero y un «tano» de ley, es el alma del grupo. Canta todo el día y su comida es de las mejores. Es viudo y debe de tener como cincuenta años. Florencio, Baltasar y Amador son primos. No deben de superar los veinticinco años. Su laboriosidad es notable. La jornada transcurre sin contratiempos. La goleta navega a más de 19 nudos y con las velas totalmente desplegadas. La temperatura, a pesar de la primavera, es baja: apenas cuatro grados y en descenso.
Buenaventura se retira a su camarote. Si bien la goleta es estrecha, tiene sus comodidades. Una pequeña biblioteca, una litera empotrada a estribor, un escritorio abatible y una silla. Cuelga el gabán y la gorra  con displicencia. Toma de un estante una copa y su botella de ron preferida. Sobre el escritorio, una fotografía enmarcada con el rostro de su bella esposa tiene un marco de plata bellísimo. A la izquierda, en una caja de madera labrada, el anillo de Dominique y pétalos de rosa disecados. Su camarote alberga muchos recuerdos que acompañan los días de Francisco. Hacia el centro del escritorio, la bitácora y una biblia con tapas de cuero.
La noche abraza la goleta que navega en un mar calmo. El cielo, limpio de nubes, exhibe un sinfín de estrellas y la luna, como un vigía, acompaña el derrotero de la nave. Todo parece estar perfecto.
–Capitán.
La voz de Gregorio lo saca de sus cavilaciones.
–La noche está tranquila, descanse, cualquier cosa que suceda lo llamo.
–Se lo agradezco. Buenas noches.
–Buenas noches, don Francisco.

El olor a café despierta a Buenaventura. Parece que  todo está listo para el desayuno.
–¡Pepino, bien negro, por favor!
¡Presto, mio capitano!
Parla en español «tano», estás en la Argentina.
Io non sono habituato mio capitano, perdono.
Francisco ríe con ganas cuando de pronto la goleta escora con violencia. El café caliente cae sin piedad sobre sus piernas.
–¡Maldición! –grita enojado.
–¡Capitano!
El gringo corre solícito para auxiliar a su patrón. Este murmura insultos varios, mientras trata de aliviar la quemadura con un trapo mojado.
–Me parece que se terminó el buen tiempo –exclama pensativo mientras abriga su cuerpo.
–¡Gregorio! ¿Qué diablos pasa?
El piloto le indica con la mano hacia proa.  El horizonte le devuelve una imagen terrible: enormes nubes se desplazan hacia la goleta. Los relámpagos anuncian una tempestad y el día se ha vuelto noche. En contados minutos las nubes están sobre la nave y la lluvia se descarga con fiereza. Los hombres se mueven veloces para arriar las velas.
–¡Ricen, carajo! –grita, desesperado, Francisco.
La escora es pronunciada. A los gritos, Buenaventura ordena cada paso intentando mantener el equilibrio de la embarcación. El viento arrecia y el primer foque se desprende y desaparece en la oscuridad. Las olas, enormes, barren la cubierta.
Francisco y Gregorio están junto al timón pensando cómo salir del aprieto.
–¡Gregorio, creo que estamos cerca del Golfo de San Jorge!
El rugido del Atlántico enardecido apenas permite que Gregorio escuche sus palabras.
–¡Capitán, sugiero ponerse al pairo! –grita con desesperación el piloto.
–¡Hagámoslo, Gregorio!
Con gran habilidad el piloto pone la goleta contra el viento y el capitán ordena a los hombres colocar una vela mayor pequeña cazada a una banda y un foque pequeño cazado por la otra banda. Gregorio inmoviliza el timón para contrarrestar que el barco gire a sotavento y se arrojan cabos gruesos al mar para disminuir la deriva. La Dominique queda parada y con posibilidades de sobrevivir. Sin embargo el viento endemoniado que azota con inusitada violencia desprende los cabos que aseguran la botavara del palo de mesana, haciéndolo girar de tal forma que da de lleno en el rostro de Manuel. El desgraciado cae al agua pero logra aferrarse a unos de los cabos de arrastre.
–¡Hombre al agua por estribor!  –grita desesperado Gaspar. Los hombres de cubierta se acercan rápidamente para auxiliarlo. El peligro no ha desaparecido, porque la botavara se mueve libremente barriendo la cubierta y destrozando lo que encuentra a su paso. Florencio y Amador, arrastrándose para evitar un golpe fatal, llegan a la borda, aferran el cabo y sacan al portugués, totalmente ensangrentado y con una profunda herida en el cráneo. Un nuevo y fuerte embate por babor escora peligrosamente la goleta y el empuje de la botavara agrieta el palo de mesana y con un gran estrépito lo derrumba.  Francisco se da cuenta que el palo de mesana caído a estribor los hundirá.
–¡Gaspar, Pepino! ¡Traigan las hachas, pronto!
La escena es dramática, el barco escorado al límite; Gregorio atado al timón para sostenerse; Florencio y Amador arrastrando a Manuel hacia la camareta de popa y Buenaventura como un demente, golpeando el palo de Mesana. Gaspar lo sigue, intentando cortarlo. El palo resiste y una nueva ola se acerca vertiginosamente.
–¡Dios! –grita desesperado Francisco y Gaspar se santigua.


Capítulo 6


Con un esfuerzo supremo, Francisco aplica un golpe violento y el palo desaparece por estribor, al momento que la ola barre la cubierta. La nave se estabiliza sorteando con éxito el instante de zozobra.
Los hombres se abrazan maldiciendo en conjunto y el capitán ordena proa hacia el Golfo de San Jorge.
La tempestad ha perdido su virulencia pero un nuevo peligro los acosa: la niebla. Un manto espeso lo cubre todo y es imposible ver algunos metros más adelante.
–¡Lentamente, Gregorio, lentamente!-ordena el capitán.
La cubierta de la goleta es un estropicio. Hay cabos sueltos, los botes de salvamento están fuera de lugar y la botavara del palo caído destruyó parte de la borda a estribor.
Avanzan un tanto a ciegas, usando la brújula para orientarse. Con los foques desplegados y la vela cangreja del palo mayor medio rizada, buscan impulsar la nave y escapar del mar abierto; la velocidad aumenta a cada paso y el peligro de la tormenta declina. Sin embargo, la búsqueda de una cala significa un nuevo contratiempo: los arrecifes.
Buenaventura baja presuroso a los camarotes para interiorizase del estado de Manuel. Florencio y Pepino lo atienden como pueden. Lo han vendado pero el portugués continúa inconsciente.
–¿Parece grave la herida? –pregunta con preocupación Francisco.
–Creo que sí, capitán… -le contesta Florencio.
Buenaventura coloca su mano en la frente del portugués y advierte que vuela de fiebre.
–Cúbranlo con dos mantas y apliquen compresas frías. Hay que bajar la calentura.
Los hombres están exhaustos. Llevan horas luchando con el mar. Están totalmente mojados y tiritando de frío.
–¡Pepino, prepara mucho café! –hay que mantenerlos despiertos.
–¡Cuidado! ¡Arrecife a estribor!
Amador, con un grito, advierte el peligro. El golpe de timón evita una catástrofe. La goleta navega al borde del precipicio. Un error y el mar se los traga.
Buenaventura consulta las cartas de navegación y el punto más cercano para guarecerse es Cabo Blanco. El mar sigue muy agitado, pero la niebla por fortuna se disipa. Francisco apunta con el catalejo y la costa santacruceña se perfila en el horizonte.
–¡Tierra, maldita sea, tierra!
Buenaventura ordena rizar velas para un acercamiento lento. Tiene que ubicar una cala y cuidarse de los arrecifes ocultos bajo el agua. Amador a estribor y Baltasar a babor no pierden detalle a medida que avanzan. Son la voz de alarma ante el peligro.
Se nota la tensión a bordo: después de largas horas de lucha endemoniada con la tempestad, deben sortear el último obstáculo para encontrarse a salvo. Nadie sospechó un viaje tan accidentado. La Dominique aguantó estoicamente la bravura del Atlántico y la mano experta del capitán los ha guiado con acierto.
Los hombres están hambrientos, sólo han tomado café para mantenerse despiertos. Urge anclar la goleta y buscar refugio en tierra.
-¡Capitán!  ¡Arrecife a estribor! –grita Amador.
El aviso del marinero llega tarde. Un golpe de viento desvía la nave y el encontronazo con la punta saliente de un arrecife hiere la goleta por estribor.
Florencio y Pepino, que están junto a Manuel, se miran asustados. El ruido proviene de la proa y el agua penetrando los termina por aterrorizar.
Los hombres, sin pensarlo, toman lo que encuentran a mano y buscan desesperados la vía de agua. Mientras tanto, Buenaventura escruta el horizonte casi desesperado, tratando de localizar una caleta. Finalmente y a su izquierda visualiza una entrada salvadora.
«¡Una, Dios, sólo te pido una oportunidad!»
–¡Gregorio, tenemos una entrada a babor! –grita con entusiasmo el capitán. La boca de la cala se abre ante sus ojos como los brazos de una madre que espera cobijar a su hijo.
La situación debajo de cubierta es complicada. La roca del arrecife produjo una grieta importante y la presión del agua aumenta su tamaño. Florencio clava un par de tablas con desesperación, mientras Pepino apoya unos cajones de gran peso para ejercer presión.
Sobre cubierta, Buenaventura y Gregorio guían cuidadosamente la goleta rumbo a la cala que está cada vez más cerca. El crepúsculo hace más dramática la escena. La costa es pedregosa y desolada. Parece un lugar muerto, salvo por los movimientos de algunos lobos marinos que buscan reunirse con la manada.
Amador y Baltasar siguen sondeando la caleta para conocer su profundidad.
–¡Diez metros capitán!  –gritan al unísono.
–Podemos acercarnos más, Gregorio – sugiere el capitán.
La tormenta se ha alejado hacia el sur y el viento calmó su furia. El agua, mansa, apenas golpea el casco de la Dominique.
–¡Ocho metros! –grita Amador.
–¡Suficiente, aquí nos quedamos! ¡Arrojen el ancla, muchachos!
El crujido de la cadena deslizándose señala el final de la travesía. A cierta distancia los acantilados asustan. Habrá que bajar los botes y explorar la costa en busca de alguna playa.
Todos necesitan cambiar de ropa. Están empapados y tiritando.  Buenaventura desciende por la escalerilla para conocer la situación bajo cubierta. El agua está por todas partes pero no significa peligro. Pepino le cuenta el trabajo realizado para contenerla y Francisco se relaja. La vía de agua fue neutralizada y no se avizora otra complicación.
–¿Cómo está el herido? –pregunta, ansioso, Buenaventura.
Male, mío capitano…
Manuel respira con dificultad y la fiebre no ha bajado. El hombre resiste pero no se sabe hasta cuándo.
«Todo está mal», piensa con amargura Francisco, mientras busca ropa seca en su camarote. Se sienta en la cama y por primera vez se da cuenta del agotamiento. Retira las botas, los calcetines y el resto. Queda completamente desnudo y frota con fuerza para darse calor. Los hombres se turnan para cambiarse. Pepino prepara un guiso para que los tripulantes recuperen energía. El aroma de la comida levanta el ánimo. Saben que están vivos y eso los vuelve optimistas.
–¡Gregorio, lleva dos hombres y explora la costa! –ordena el capitán con vehemencia.
La Dominique está muy herida. No podrá seguir navegando. Perdieron un palo y el casco está resentido. Deberán repararla y para eso necesitan material de un astillero. Buenaventura sabe que el lugar indicado es Puerto Deseado, pero está lejos de allí.
Gregorio junto con Baltasar y Amador bajan uno de los botes. Llevan antorchas para iluminarse. El golpe de los remos es el único sonido que los acompaña. Están a unos doscientos metros de la costa. Van equipados con arpones para defenderse de los lobos marinos porque suelen ser agresivos cuando invaden su territorio. Los paredones son impresionantes. Se acercan con lentitud esquivando rocas y de pronto una playa espaciosa aparece frente a sus ojos. Gregorio observa que existe la posibilidad de escalar y buscar cuevas. Es imprescindible un lugar seco y protegido. La noche será fría y la nave, por ahora, no es lugar adecuado para ellos ni para el herido. Algunos centímetros de agua hacen que la estancia en la goleta no sea conveniente.
Los tres hombres descienden con cautela, pero no hay lobos por allí. Afortunadamente, el cielo se despeja y una imponente luna  baña con su luz los alrededores de la caleta.
Con sogas y clavos inician el ascenso. Gregorio marcha a la cabeza. Es un hombre fuerte y corajudo. Sabe que la única forma de sobrevivir es peleando las adversidades. Se afirma en las grietas y clava con fuerza. Metros arriba descubre una enorme caverna y se da cuenta que el esfuerzo no fue en vano. Es lo que necesitan.
–¡Muchachos, estamos de suerte!
Los marineros festejan el descubrimiento que les dará una oportunidad de reponerse. Exploran la cueva en detalle y comprueban que está en perfectas condiciones para ser habitada.
Gregorio se sienta en la boca de la caverna y observa extasiado el panorama. La luna se refleja en las quietas aguas de la caleta y allí contra el horizonte. La goleta  con sus lámparas de aceite prendidas parece el único signo de vida que los une a la civilización.
Exhaustos, los hombres encienden los cigarros y en el silencio más absoluto, se pierden en sus pensamientos. La jornada ha sido larga y cada uno de ellos sabe que están vivos porque Dios les tiró un cabo.
Luego de un descanso, retornan para informar la buena nueva al capitán. Buenaventura organiza el desembarco: deberán llevar provisiones, ropa y armas. Todo lo necesario para sobrevivir.
Francisco recorre la nave para asegurarse que todo esté en orden. Las velas están aseguradas y el ancla en el lecho marino resistirá el oleaje. La goleta es su orgullo y el recuerdo vivo de su esposa. Siente profundamente tener que abandonarla, pero la supervivencia de la tripulación es su prioridad.
Uno a uno, los tripulantes se ubican en los botes. Con una improvisada camilla descienden a Manuel y la orden para avanzar no tarda en escucharse. Todos se dan vuelta y le echan una mirada a la goleta. Están compungidos.
–¡Volveremos, no tengan ninguna duda! ¡La Dominique no ha muerto! –grita con furia Francisco.
–¡Volveremos! –gritan todos.

El ascenso fue difícil para Florencio y Amador, portando al herido. Sin embargo, consiguen llegar a la cueva e instalarse. Una hoguera con carbón y madera del barco pronto calienta los cuerpos y las almas de aquel grupo de valientes. En un rincón las provisiones y el agua; en otro los rifles y los arpones. Finalmente, alrededor del fuego preparan sus lechos para dormir. Pepino distribuye tazones y el ron circula entre los marineros para relajarse. En un instante la mayoría se duerme. Están molidos por el cansancio.
Gregorio y Francisco se ubican cerca de la entrada de la cueva. Los hombres han desarrollado una amistad fraterna y saben que son el sostén del grupo.
–¿Extrañas a los tuyos, Gregorio?
-Siempre, capitán. Los llevo en la memoria a cada instante, especialmente a Magdalena, mi esposa. La pobre aguanta estoicamente mis ausencias.
–¿No has pensado que es hora de abandonar esta vida y trabajar la tierra como tus hijos?
–¿Abandonar el mar, capitán? ¿Está usted loco? Esta es mi vida, no concibo otra. La lucha endemoniada con el océano me revive. Aunque, como ahora, él nos ha dado una paliza.
Ambos ríen con ganas. La noche será larga y el diálogo los anima. Han aprendido a respetarse. Son verdaderos lobos de mar.
–Don Francisco… perdone la impertinencia, usted es viudo pero tiene toda una vida por delante ¿No hay alguna mujer en su camino?
Buenaventura clava su mirada en el horizonte y por su mente se cruza el rostro maravilloso de Susan. La emoción lo paraliza y queda en silencio.  Aquella mujer fue inolvidable, mas una fantasía que no pudo ser. El destino lo dispuso así.
Casi sin darse cuenta, sus ojos se cierran y en la cueva reina la paz y el silencio.

Temprano, el ruido infernal de las gaviotas y los cormoranes, como un coro de niños chillones, despierta a todo el mundo.
–Capitán… –murmura una voz casi inaudible.
Francisco, asombrado, comprende que es la voz del portugués.
–¡Manuel ha regresado! –el grito de Amador termina por despabilar a todos.
Con una sonrisa apenas disimulada, el grandote festeja el despertar. Buenaventura se acerca y con un gesto paternal lo reconforta.
–Creí que te había perdido, hombre. Hemos estado preocupados contigo.
–Gracias, capitán, pero soy hombre duro y difícil de vencer.     ¿Qué pasó con la goleta?
–Está herida pero no muerta. Quedó anclada a poca distancia de este lugar.
–¿Dónde estamos, capitán?
–En tierra firme. Esta cueva donde te encuentras ha sido nuestro refugio. Aquí hemos pasado la noche. Pronto saldremos a buscar ayuda. Estamos lejos de Puerto Deseado, pero en esta zona debe de haber establecimientos laneros donde nos auxilien. Eso espero.
Gregorio junto con Florencio y Baltasar recorren los alrededores del acantilado para explorarlo. El panorama es desolador. El día está nublado y un viento enemigo apenas permite caminar.
–Estamos en la Patagonia, señores –sentenció Gregorio.
–¡Don Gregorio! –exclama con júbilo Baltasar -creo que son huellas de animales y parecen recientes.
–¿De caballos, tal vez?
–¡Sí, estoy seguro, don Gregorio!
Efectivamente, el marinero tiene razón: las huellas, que son varias, están a unos trescientos metros de la costa. Eso quiere decir que debe de haber civilización cerca. Una buena noticia para el capitán y el resto de los hombres.
Reunidos alrededor del fuego que les proporciona calor, el capitán analiza los pasos a seguir. El mapa de la costa no es muy preciso tierra adentro.
Observando detenidamente el mapa y de acuerdo a las distancias marinas, el puerto debe de estar a unos 80 kilómetros de distancia.
Buenaventura, acariciando su barba, expresa en voz alta:
–Señores, debe de haber unos 80 kilómetros hasta llegar a Puerto Deseado, lo que significaría atención médica para Manuel y material para refaccionar la goleta. Pero la caminata va a ser lenta y muy cruel a causa del frío nocturno y el viento que es implacable.
El diagnóstico deja en silencio a los hombres. El capitán tiene razón, pero por otro lado, permanecer allí esperando que alguien se acerque puede ser mortal.
–Debemos tomar una decisión: o esperamos que alguien pase por aquí o nos largamos hacia Puerto Deseado.
Las palabras de Francisco son un compromiso y en el medio está la vida del portugués. Llevarlo será un sacrificio; y dejarlo,  un peligro.
–Propongo someterlo a una votación: o se queda una guardia con Manuel, o emprendemos la marcha inmediatamente.
Todos, sin vacilación, levantan sus manos aprobando la moción de partir. Hasta Manuel, débil y en un rincón, la aprueba sin dudar.
–Hecho. Debemos armar mochilas con la ropa y la comida. Manuel irá en la camilla y nos turnaremos para cargarlo.
Los hombres ponen manos a la obra y en una hora están listos para partir. Es el mediodía, el sol tibio y la quietud del viento son un buen augurio para la caminata. Todos saben que se juegan la vida, pero han tomado una decisión y la cumplirán hasta las últimas consecuencias.
Buenaventura decide armar dos grupos. Uno, con Gregorio y Florencio, se desviarán hacia el oeste, algunos kilómetros tierra adentro, para luego avanzar hacia el sur, en busca del Río Deseado. Lo harán así para intentar el encuentro con peones de los establecimientos laneros.  Francisco,  con  los otros, bordeará la costa con igual destino.
Luego de la despedida ambos grupos se separan. La ventaja de la meseta patagónica es que cualquier movimiento es advertido a mucha distancia, sin grandes dificultades.
Ambos grupos van armados. Llevan rifles y revólveres. La meseta es solitaria pero en esas tierras abundan los forajidos que roban y matan sin piedad.
Buenaventura encabeza la marcha bordeando los acantilados. Lo siguen Pepino, que canturrea, y la camilla que portan Baltasar y Amador. El día, que amaneció despejado, tiende a nublarse y el viento sopla cada vez más fuerte. Viene del sur y golpea en sus caras.
Luego de algunas horas caminando, Francisco ordena detener la marcha. Ha encontrado una hondonada perfecta para un descanso con refugio. Hacen un círculo con el portugués en el centro para protegerlo. Apelan a sus cantimploras, galletas y carne seca. Deben alimentarse para recuperar energías. El atardecer está cerca y Buenaventura decide hacer noche allí.
Pepino prepara un fuego con las pocas maderas que trajo consigo. La ronda de café caliente reconforta al grupo. Cerca de la medianoche el ron adormece a los marineros. La noche está fría y hay que aguantar.
–¡Don Gregorio! –grita exaltado Florencio.
–¿Qué sucede, hombre?
–¡Aquí hay huellas frescas, quizás de un día!
–¡Eso significa que hay gente en los alrededores!
–No se entusiasme tanto, el viento está cada vez más fuerte y para mañana pueden desaparecer.
–¡Mirá que sos agorero, Florencio!
–No se enoje, don Gregorio, pero suele suceder…
–Está bien, hombre, vamos a refugiarnos entre esos arbustos y cubrirnos con mantas: la noche será larga y muy fría. Quizás mañana ocurra un milagro.

–Don Gregorio…
Florencio en voz baja trata de despertar a su compañero. Las primeras luces de la mañana asoman tímidamente en el horizonte.
–¿Qué diablos te sucede, Florencio?
–Tenemos compañía…

Capítulo 7


A unos cien metros del lugar donde se protegieron de la intemperie los dos hombres de la goleta, aparece un grupo de jinetes observando el terreno. Tienen aspecto de peones de estancia, pero están fuertemente armados. Algunos poseen rasgos indígenas y otros son rubios, muy rubios, parecen extranjeros.
–¡Quedate quieto, carajo! –ordena Gregorio en voz baja.
La partida no los ha visto y explora el lugar con cautela. Los rubios hablan entre ellos en inglés. Parecen muy civilizados.
Gregorio y Florencio, entre los arbustos, tienen sus rifles amartillados y están listos para defenderse. Nunca se sabe.
Uno de los indígenas, el rastreador, quizás, se acerca al lugar donde están los marineros. Parece olfatearlos. De pronto, pega un grito en idioma desconocido y el grupo, alertado, se dirige al lugar con las armas listas. Siguiendo las indicaciones del indígena rodean el sitio. Gregorio se da cuenta que no queda otra que rendirse y ver qué pasa. Los dos hombres se hierguen con los brazos en alto.
Uno, que parece el jefe, los mira curioso. Lleva un rifle y no deja de apuntarlos.
–¡Pateen lejos las armas! –les ordena con fiereza.
Gregorio y Florencio cumplen al instante. Saben que un movimiento sospechoso les puede costar la vida.
–¿Quiénes son y qué hacen por aquí?
–Somos tripulantes de la goleta Dominique en viaje comercial rumbo a Ushuaia. Una tempestad averió la nave y tenemos un herido. Somos ocho hombres y nos hemos dividido en dos grupos para buscar ayuda. Mi nombre es Gregorio Funes, el piloto de la nave: y él, Florencio González, marinero de primera.
El jinete escucha en silencio, mientras los rodea con su caballo. La desconfianza se nota a la legua. No deja de exhibir su rifle, apoyado en el muslo derecho.
–Necesitamos ayuda, por favor.
–Me presento: soy  William Foster, capataz de la estancia «La Sureña» y patrullamos el lugar en busca de forajidos. No es común hallar gente de mar por aquí.
El tono de voz del hombre tranquiliza a Gregorio, parece dispuesto a colaborar.
–Señor Foster, nuestros compañeros deben estar a un día de marcha. Caminan bordeando la costa. Van rumbo a Puerto Deseado. Sin embargo el herido no creo que aguante el esfuerzo. Debemos rescatarlos en forma urgente.
–Está bien, vamos a socorrerlos. La estancia está a cinco kilómetros.  Mandaré  buscar un carruaje para transportarlos y dar aviso de la novedad.
–¡Catriel! –pega el grito Foster.
–Ve en busca de ayuda y hazlo rápido.
El aborigen asiente y con premura sale al galope rumbo al oeste para cumplir la orden.
Cerca del mediodía, llega el carruaje y se inicia la marcha en busca de Buenaventura y sus hombres. El viento sopla con furia y una llovizna pertinaz se descarga sobre la caravana.
Gregorio y su compañero descansan en el carruaje cubierto por un toldo. Dormitan arropados con mantas. Tienen los pies hinchados por la caminata y esperan encontrarse pronto con el resto. Hubo suerte con la patrulla.

Lejos de allí, Buenaventura con sus hombres se han cobijado en una cueva cerca de los acantilados. El portugués empeora y la herida infectada no tiene buen aspecto.
Mio capitano, Manuel sta male…posso morire.
–Lo sé Pepino, lo sé. Espero que Gregorio haya logrado encontrar ayuda.
Los marinos están preocupados, las maderas para el fuego se están terminando y el frío de la noche es terrible a pesar de la primavera. Sólo les queda una botella de ron y luego Dios dirá.
Francisco, en un rincón de la cueva, cubierto con una manta frota sus manos para darse calor. El ulular del viento les recuerda que están en un páramo y que las posibilidades de sobrevivir son escasas. Están jugados y sólo un golpe de suerte puede salvarlos.
Buenaventura enciende un cigarro y cierra los ojos para recordar. En ese momento sólo tiene sus recuerdos.
Se ve navegando el mediterráneo en verano  contando los días para el regreso a los brazos de Dominique. La visión lo hace respirar con profundidad y emocionarse. Luego sobreviene la tristeza por la muerte de su amada. Tantas cosas han pasado y hoy, perdido en una cueva de la costa patagónica, espera una respuesta que cambie su suerte.
Apenas amanece el griterío de pájaros y lobos los despierta. Es imposible seguir durmiendo. El ruido es infernal.
–¡Bicherío del demonio! ¡Siempre a la misma hora!
Baltasar sacude la cabeza y refriega sus ojos lagañosos.        Amador y Pepino roncan plácidamente y el capitán mira su viejo reloj de bolsillo. Son las cinco.
Organizan un desayuno magro. Sólo tienen galletas y chocolate. La cantimplora circula entre los hombres que  sorben un poco. El agua es escasa.
El primero en salir es Buenaventura. Con el catalejo observa el horizonte en busca de alguna señal. El viento ha disminuido y el sol se muestra tímidamente, como pidiendo permiso.
–¿Se ve algo, mi capitán? –pregunta ansioso Amador.
–De momento, nada.
Al cabo de una hora, el grupo está listo para seguir. El portugués, bien arropado, dormita.
Buenaventura a la cabeza, tiene que dar el ejemplo. Con pasos enérgicos inicia la marcha. Es un grupo de hombres desesperados que sabe que tienen una oportunidad entre mil, para esquivar la muerte.
Cerca del mediodía, agotados por la marcha sobre terreno pedregoso, se dejan caer.
–¡Haremos un alto, muchachos, veinte minutos y seguimos!
La voz del capitán apenas los convence. Son hombres de mar y el caminar no es su fuerte.
Buenaventura aprovecha el momento de descanso y se encarama en lo alto de una roca e insiste con el catalejo. Barre el horizonte en un ángulo de noventa grados. Lo hace de izquierda a derecha y viceversa.
Algo lo sobresalta, parece advertir un movimiento, pero tan distante que no alcanza a distinguir de qué se trata.
«Tal vez algún animal», la idea pasa por su pensamiento y lo altera.
–¿Tal vez sí, o tal vez no? –se pregunta inquieto.
–¡Mierda, son jinetes! –grita desaforado.
–¡Jinetes, muchachos, jinetes! ¡Parece que vienen en esta dirección! –Buenaventura salta como un loco.
Los hombres gritan de júbilo y se abalanzan hacia la roca prominente.  Una vez sobre ella, agitan las mantas para llamar la atención.
–¡Eh, aquí! –repiten una y otra vez, para ser divisados.
–¡Cuidado, no sabemos si son amigos o enemigos! –advierte con prudencia Francisco.
–Pepino y Gaspar, sigan agitando las mantas. Baltasar y Amador, preparen los rifles y tomen posiciones detrás de aquellas rocas rodeadas de arbustos. No sea que nos llevemos una sorpresa desagradable.
Buenaventura observa en detalle la marcha de los jinetes. Aún no sabe si entre ellos vienen Gregorio y Florencio. Es una incógnita a develar. Sin embargo abriga la esperanza que así sea y logren salvar sus vidas.
Foster y Catriel marchan a la cabeza y han advertido al grupo de hombres en la lejanía.
–¡Me parece que son ellos! –grita el inglés con su potente voz.
Gregorio pega un salto por la emoción, sus plegarias han tenido respuesta. Buenaventura y los hombres de la goleta están vivos.
Foster se acerca al galope e invita a Gregorio a montar en su caballo, para adelantarse e identificarlos. El piloto accede gustoso y junto con Catriel, parten en dirección a la costa.
Buenaventura advierte por la polvareda que levantan que dos jinetes se acercan. Nuevamente busca identificarlos con el catalejo. Una sonrisa ilumina su rostro. Detrás de uno de ellos viene Gregorio.
–¡Muchachos! ¡Es Gregorio y con ayuda!
La alegría, inmensa, hace que todos festejen como locos. No es para menos. Acaban de salvar el pellejo. Hasta el portugués, desde la camilla esboza una sonrisa.
Los jinetes están cerca y todos saludan con los brazos levantados. Gregorio les responde y el inglés sofrena el tordillo, para avanzar al paso.
El encuentro es emocionante, los hombres se abrazan festejando. Gregorio comprueba que los marinos están bien, incluido Manuel.
–¡Capitán! Le presento al señor Williams Foster, capataz de la estancia «La Sureña».
Los hombres se estudian pero al instante las manos firmes, sellan la presentación.
–Capitán… traemos un carruaje para transportarlos. En la estancia podrán reponerse de la desgracia. Serán bienvenidos para su dueño, el señor Paul Taylor.
Buenaventura queda paralizado, la mención de ese nombre lo altera sobremanera. El recuerdo de Susan invade su mente. El destino lo pone frente a una situación increíble. Han pasado tantos años, que el posible encuentro cara a cara con ella se ha transformado en una realidad inquietante.
–Señor Foster… ¿Usted habla del señor Taylor y la señora Harrison, no?
El inglés lo mira sorprendido.
–Sí ¿Los conoce?
Francisco tarda en contestar. La noticia lo entusiasma, pero a la vez el encuentro puede tener consecuencias inimaginables.
–La señora Harrison viajó a Montevideo en mi nave, hace muchos años… Sí, la conozco. Al señor Taylor no tengo el gusto.

La caravana se pone en marcha de inmediato. Los tripulantes de la Dominique, ubicados en el carruaje charlan animosos, mientras devoran los alimentos frescos que los peones trajeron. Buenaventura, imagina los pasos a seguir para reparar la goleta. Tienen una misión que cumplir y todavía falta un largo viaje por mar.
Mientras el grupo marcha rumbo a la estancia, Francisco se dedica a observar a sus anfitriones. Delante del carruaje marcha Foster, un inglés de fuerte contextura y espeso bigote. Tiene el pelo negro y los ojos claros, cabalga con estilo, parece un militar. Lo sigue de cerca al que llaman Catriel, un viejo indio tehuelche que oficia de rastreador. Es la primera vez que tiene delante de sus ojos a un indígena. La piel obscura, los ojos achinados y una expresión adusta. Nunca sonríe. Detrás, marchan dos aborígenes más jóvenes, y tres jinetes fuertemente armados con el pelo rubio como el trigo, que bromean en inglés.
Foster retrasa su marcha y se ubica a la par del carruaje. Buenaventura comprende que desea preguntarle algo.
–Capitán ¿Está muy averiada la goleta?
–La verdad que sí. Perdimos el palo de mesana y el choque con un arrecife nos produjo una grieta de consideración que apenas pudimos reparar. En esas condiciones era suicida seguir navegando.
–Comprendo. Les llevará un tiempo repararla. Habrá que llegarse a Puerto Deseado en busca de material y carpinteros expertos.
–Así es –responde Francisco–. Fue de mala suerte no haber podido llegar al puerto.
La conversación se corta porque en el horizonte se dibuja la estancia. Parece un establecimiento de grandes proporciones. La caravana apura su marcha para llegar con las primeras sombras del atardecer. El frío aprieta nuevamente y los hombres de Buenaventura sueñan con comida caliente y una cama donde dormir. Manuel será atendido como corresponde y la aventura tendrá un final feliz.
Cruzan la tranquera y se dirigen al casco de la estancia. Lo hacen por una calle bien cuidada y flanqueada por árboles añosos. Buenaventura está muy nervioso. Nunca hubiera imaginado este momento  y en estas condiciones. Esa mujer, que nunca olvidó, en contados minutos estará ante él.
Al pié de una enorme escalinata de piedra, un hombre mayor, calvo y de gran estatura, acompañado por una dama de cabellera rojiza que usa pantalones y botas, aguardan expectantes.
Foster saluda tocando el ala de su sombrero. Desciende con agilidad de su caballo y se acerca al señor Taylor.
–Patrón, aquí están los tripulantes de la goleta Dominique. Traen un herido. Han dejado el barco a resguardo, en una cala al sur de Cabo Blanco porque está averiado, según las palabras de su capitán…, Francisco Buenaventura.
Susan Harrison se sorprende, pero permanece en silencio. Una leve sonrisa aparece en su rostro.
Buenaventura ha descendido y como puede arregla su ropa para presentarse ante el dueño de casa. Desde lejos ha reconocido la figura de Susan. Su corazón palpita y está a punto de estallar. Es una sensación que no domina pero lo pone locamente feliz.
–¡Capitán Buenaventura, bienvenido a La Sureña!
Las palabras de Taylor se notan sinceras y acogedoras. El apretón de manos es el de una persona dominante.
–Le presento a mi esposa, la señora Susan Taylor.
–Encantado de conocerla. Es usted muy bella.
–Gracias, capitán. Creo que exagera.
Él ha tomado su mano para besarla y nota un temblor apenas disimulado. Quince años los separan desde la despedida en el puerto de Montevideo. Se miran en silencio y en sus miradas desnudan el secreto oculto por tantos años.
Él se aparta antes de que Taylor sospeche algo y con unas palabras sentidas le agradece la hospitalidad.
–¡De ninguna manera, hombre! Sois bienvenidos y Foster ubicará a su tripulación en las barracas del personal para que se aseen. Pronto estará lista la cena y podrán dormir como Dios manda. El marinero herido será auxiliado en la enfermería.
Buenaventura percibe que alguien lo está mirando intensamente. Se da vuelta y los ojos enigmáticos de Catriel se clavan en los suyos. El indígena permanece inmóvil como una estatua.
«Bicho raro este Catriel», piensa, mientras acompaña al matrimonio Taylor al interior de la sala principal.
Buenaventura se siente incómodo, hace días que no se baña y su ropa está hecha un desastre. Huele como una foca y siente vergüenza por ello.  Mientras caminan, observa la silueta de Susan. Está hermosísima y atrayente. Sigue los movimientos de sus caderas embelesado. Esa mujer lo atrae de tal forma que olvida que tiene un dueño, el poderoso Paul Taylor.
–¡Miss Helen!  –la voz del patrón se hace sentir.
–Acompañe al capitán Buenaventura al cuarto de huéspedes y hágale preparar un baño bien caliente; consígale ropas adecuadas para que se encuentre presentable.
–Sí, señor. Como usted ordene –responde, sumisa, el ama de llaves.
–Sígame, capitán.
Avanzan por un pasillo de madera lustrada sobre cuyas paredes hay trofeos de caza. Un ventanal a la izquierda permite ver un jardín de invierno con flores multicolores y más adelante una puerta entreabierta muestra un gran comedor totalmente iluminado.
Buenaventura comprende que Paul Taylor es un hombre de fortuna. Todo en su propiedad lo demuestra. Lo que más le ha extrañado desde que llegó fue ver a mucha gente armada. Cosa extraña para un establecimiento dedicado a la cría de ovejas.
–Esta es su habitación, capitán. En un momento tendré preparado su baño y la ropa.
–Gracias, señora. Ha sido usted muy amable.
La mujer responde con una reverencia y se retira.
Al cerrar la puerta, Francisco se siente de regreso a un mundo civilizado. Todo está limpio y huele bien.  Sobre la cómoda un gran espejo le devuelve su imagen. Lo que ve es horrible. Está despeinado y su barba desprolija; parece un verdadero salvaje.
«Qué impresión desagradable se habrá llevado Susan», piensa, incómodo, el capitán.
Al rato unos golpes en la puerta lo sacan de sus cavilaciones y cuando abre la puerta, Helen le indica que su baño está listo. La sola idea de una tina con agua caliente y el jabón espumoso recorriendo su cuerpo lo hace sentir que va camino al paraíso.
Dos horas más tarde, Francisco parece otra persona: su aspecto ha cambiado en forma notable. La ropa lo muestra elegante y con un aspecto mundano, que a él mismo lo sorprende.
Nuevamente golpean a la puerta; supone que el ama de llaves debe de traer noticias de la cena. Lo intuye y no se equivoca.
Con pasos seguros se dirige al comedor, donde lo están esperando Taylor, Susan y Foster.
–¿Una copa?
–¡Por supuesto!
Cuando las copas de Francisco y Susan chocan, los ojos de ambos parecen encendidos por un fuego abrazador. Situación que advierte Foster, pero disimula.
–Señor Taylor…, la cena está lista.
–¡Perfecto Helen! ¡Todos a la mesa, por favor!
En la cabecera se ubica Paul Taylor; a su derecha Susan; a su izquierda Francisco y finalmente Foster.
La mesa está magníficamente presentada. La vajilla inglesa luce como si estuvieran en una mansión de Buenos Aires. Increíble para un lugar perdido en la estepa patagónica. Helen, acompañada por dos sirvientes, mujeres ellas, con rasgos indígenas pronunciados, que se mueven con elegancia y discreción, sirve la cena.
–Capitán, capitán…, para nosotros es una sorpresa recibir visitas. Estamos alejados del mundo y casi nadie viene por aquí. Vivimos rodeados de ovejas y algunos vecinos poco amigables.
Tanto Susan como Foster se incomodan con los dichos de Taylor. Parece que el asunto es delicado.
–¿Sucede algo grave, señor Taylor? –pregunta Francisco con curiosidad.
–Intereses económicos, mi querido capitán. Unos malditos escoceses, los hermanos Ferguson, pretenden mis tierras y mis ovejas. Nos hemos enfrentado en numerosas oportunidades y no cejan en sus esfuerzos por arrebatármelas.
–¿Por eso las armas, no? –agrega curioso Buenaventura.
–Así es. Nos han hostigado durante meses. Suelen disparar contras mis hombres y han robado muchas ovejas. Afortunadamente Foster, mi capataz, que ha sido militar del ejército inglés les hizo pagar caro su osadía.
Foster sonríe con orgullo, mientras Susan escucha en silencio. Francisco observa al matrimonio y nota una clara frialdad en el trato. La diferencia de edad es notable: calcula que Taylor debe de tener unos sesenta años.
La cena transcurre con un monólogo del señor de la casa, que sólo habla de sus propiedades y la riqueza que le proporcionan.
Buenaventura sigue el discurso con poco interés. La presencia de Susan frente a él es lo más interesante que le ha ocurrido en los últimos tiempos. No comprende cómo semejante mujer puede vivir en este páramo. La imagina en los salones de Buenos Aires luciendo su figura maravillosa y el sólo hecho de hacerlo, perturba sus pensamientos.
Cerca de la medianoche, el anfitrión invita a Buenaventura a tomar un coñac, en una sala aledaña al comedor. Allí los tres hombres apoltronados y fumando unos deliciosos puros continúan con su charla.
–Estimado capitán…, Foster me ha dicho que usted conocía a mi esposa, sin embargo ninguno de los dos lo ha mencionado.
Buenaventura advierte en los dichos de Taylor, cierta malicia. Los ingleses algo molestos, esperan una respuesta.


Capítulo 8


Francisco se toma su tiempo. La forma de preguntar de Taylor no le gusta y la mirada inquisidora de Foster le resulta sencillamente repugnante.
–Es verdad, la conocía. Tuvimos un trato cordial mientras mi barco navegaba rumbo a Montevideo ¿Algún inconveniente?
–Ninguno, capitán…sólo que soy un hombre muy celoso y mi esposa, la tentación para cualquier hombre. Es muy joven y bella.
–En eso coincidimos: es una bella mujer y, supongo, una excelente esposa.
El retruque de Buenaventura desubica al inglés que ríe cómplice de los dichos del capitán.
–Si no es molestia, señores, desearía saber de mis hombres. Soy responsable de sus vidas.
–No se preocupe, están todos bien y el herido ha sido atendido como corresponde. Tenemos un enfermero experto –responde Foster con soltura y compromiso.
–¿Puedo verlos? –solicita Francisco.
–¡Ya mismo, capitán! ¡Sígame!
–Buenas noches, señor Taylor, espero que mañana podamos arreglar un viaje a Puerto Deseado para iniciar las reparaciones de mi goleta.
–Será un placer, capitán.
Se estrechan las manos con firmeza, pero Buenaventura advierte una mirada extraña y peligrosa en el esposo de Susan. Ese hombre no le gusta.

Las barracas donde están alojados sus hombres son excelentes. La visita del capitán los alegra. Han comido en abundancia y el baño proporcionado, junto con ropa limpia, los ha transformado en otros. Francisco respira tranquilo.
–¿Dónde se encuentra Manuel? –interroga preocupado Buenaventura.
–En la enfermería, capitán, está acompañado por su piloto, el señor Gregorio Funes.
Los hombres se dirigen al lugar y encuentran al portugués con un semblante saludable y charlando con Gregorio. Foster le presenta al enfermero, Albert Carrington, un hombrecillo de mirada bondadosa que lo saluda con una reverencia.
–¿Cómo se encuentra mi tripulante? –pregunta, expectante, Francisco.
–Bien, capitán. He cocido su herida en la cabeza y no se advierte infección alguna. Incluso la fiebre ha descendido por completo. Es un hombre muy fuerte. Otro no hubiera contado el cuento. Debe reposar algunos días y alimentarse para estar como nuevo.
Francisco y Gregorio hacen un aparte y el piloto pregunta ansioso sobre la situación.
–No me gusta nada. Taylor es peligroso; Foster, capaz de cualquier cosa; y Susan, creo, una prisionera. Debemos andar con cuidado.
El capataz se hace el distraído, pero intenta escuchar. Su jefe debe saberlo todo.
El cansancio puede más y Buenaventura no piensa en otra cosa que en la mullida cama que lo espera. Ha sido una jornada extensa y complicada. Se despide con un gesto e inicia la marcha rumbo al dormitorio. En la puerta de su cuarto se encuentra con Helen. Esto lo sorprende, no la esperaba allí.
–¿Necesita algo en especial, capitán?
–No señora, se lo agradezco.
–En su cuarto están sus pertenencias y mañana podrá disponer de la ropa.
–Buenas noches, señora.
–Buenas noches, capitán.
Francisco cierra la puerta y se desviste con placer. La temperatura ambiental es cálida. Un hogar con abundante leña lo proporciona. Cuando corre las frazadas, advierte un sobre apenas visible debajo de la almohada.
Con ansiedad lo abre y se encuentra con un mensaje de Susan:

“Querido capitán, su llegada ha sido providencial. Mi vida aquí es una tortura. Mi esposo es un hombre repulsivo que me retiene como un trofeo.
Estoy al borde de la locura y no sé qué hacer.  Mi familia arregló este matrimonio y lo que parecía un paraíso se transformó en un infierno. Presiento que nuestros destinos están decididos de antemano. No puedo permanecer un día más o moriré de angustia. ¡Lléveme con usted, por favor! Suya, Susan”.

El mensaje lo trastorna. El pedido de Susan es una locura, pero a la vez una fantasía hecha realidad. Francisco ama a esa mujer, como no ha amado a nadie en esta vida y haría cualquier cosa por ella.
Estruja el papel y lo arroja al fuego, no debe quedar prueba alguna de la revelación. Taylor y Foster lo matarían con gusto.
Buenaventura cierra sus ojos y en su mente se dibuja el rostro de la bella pelirroja. El sueño lo invade y al rato duerme profundamente. Afuera la noche está fría y el viento no deja de soplar. La Sureña reposa en un mar de presagios.

Los gritos del arreo de ovejas despiertan a Francisco. Tiene muchas cosas por decidir y una de ellas puede costarle la vida: Susan.
Luego de asearse y completar su vestimenta, unos golpes en la puerta lo sobresaltan. Al abrir se encuentra a un Foster muy amigable.
–Capitán, tengo todo listo para que viajemos a Puerto Deseado. Los acompañaré en persona. Vendrán con nosotros, Catriel y dos peones. El viaje es peligroso. Los escoceses pueden sorprendernos y habrá lucha. Necesitamos hombres armados y dispuestos a disuadirlos.
–Muy bien Foster, pero necesito la presencia de mi piloto. Conoce la nave como ninguno.
–Perfecto, capitán. Los caballos nos están esperando. Estamos a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. Saldremos dentro de una hora. Por la noche haremos campamento y mañana estaremos allí. La gente del astillero es amiga y usted encontrará la respuesta a sus problemas.
–Se lo agradezco, Foster.
–De nada capitán, es importante que usted reanude su viaje y cumpla la misión que le encomendaron.
Esto último sonó a una vaga advertencia que Francisco no dejó pasar. Foster es un soldado y parece que Taylor le ha dado órdenes precisas. Tendrá que tener cuidado.
La columna de jinetes, con el capataz a la cabeza, inicia la marcha. El día es apacible y con poco viento. Catriel lo sigue, luego, Buenaventura, Gregorio y finalmente cierran la marcha, dos jóvenes ingleses armados con carabinas Remington apoyadas en la montura y listas para disparar. El capitán lleva su revólver y dos cuchillos, por las dudas.
El grupo cabalga en silencio. La inmensidad de la meseta patagónica no abruma a Francisco, parece el océano, pero de tierra y pasto ralo.
El trayecto se hace largo y los pensamientos acuden a su amada y al mensaje inquietante oculto bajo la almohada.
El destino lo enfrenta a numerosos interrogantes. Por un lado está su trabajo, la supervivencia de la tripulación, y por el otro su amor por la inglesa.
Cerca del mediodía hacen un alto en una depresión protegida por rocas y arbustos.
El capataz sugiere que los caballos se ubiquen en el centro para no ser vistos y ordena a los peones posicionarse al borde de la depresión con sus carabinas y atentos a cualquier presencia desagradable.
El hombre se maneja con la soltura propia de un soldado experimentado. No deja nada librado al azar. Prohíbe el fuego para no delatar la posición. Están en tierra de nadie y aquí sólo rige la ley del más fuerte.
Se reparten algunos trozos de carne cocida, frutas y una ronda de whisky para calentar los cuerpos, aunque el día a esa hora tiene una temperatura agradable.
–Foster… ¿Cual es su historia, si puede saberse? –encara Buenaventura con decisión.
El inglés entorna los párpados y lo observa de la cabeza a los pies. Parece estudiar la respuesta.
–No hay mucho por contar, capitán. Desde joven serví en el ejército inglés. He peleado muchas batallas y casi pierdo la vida en una de ellas, en Balaclava. Durante la Guerra de Crimea formé parte de la caballería arrasada por los rusos. Tenía sólo veinte años y aquello fue una verdadera carnicería.  Al pasar de los años decidí probar suerte en este país, donde hay tantos ingleses.
–Un verdadero héroe, Foster. Mis respetos.
–No lo sé. No lo sé...
Por primera vez  parece humano, sensible. Debe tener alrededor de cincuenta años, pero con mucha energía y decisión. Un hombre rudo y de carácter.
Al cabo de una hora, el grupo reanuda la marcha. El terreno se presenta pedregoso y hay que andar con cuidado. Los caballos se pueden mancar, lo que sería todo un problema. La siesta se torna compleja: el viento comienza a soplar con fuerza y el polvo dificulta la visibilidad.
Al frente marcha Catriel que con su parsimonia característica guía al grupo. Sería fácil perder el rumbo en la tormenta de tierra. Todos los jinetes se envuelven con pañuelos para proteger los ojos y respirar sin dificultades.
Dos largas horas de suplicio agotan a los hombres, que vuelven a detenerse, cuando el viento debilita sus fuerzas.
Catriel, que se ha adelantado al grupo, pega un grito en su extraño idioma y Foster, nervioso, ordena pie en tierra y buscar protección, que es escasa. Sobre una colina cercana, cuatro jinetes inmóviles observan sus movimientos.
–¡Los escoceses están aquí! –avisa Foster.
El inglés ordena acostar los caballos y preparar los rifles. Francisco y Gregorio imitan los movimientos de sus compañeros y se parapetan en los caballos con las armas listas.
Los jinetes de la colina, se largan al galope, separándose de a dos para flanquearlos.
–¡Que nadie dispare, hasta que yo lo ordene!
El soldado que hay en Foster sabe lo que hace y en esta ocasión la maniobra de los atacantes es arriesgada: son un blanco perfecto, a pesar de que descienden a todo galope. El inglés formó un círculo, advirtiendo lo que iban a hacer los escoceses. Sin embargo, a pesar de lo osado de la maniobra, en ningún momento estuvieron a tiro para ser derribados. Creo que lo que ellos querían hacer es meter miedo y demostrar superioridad. Nada más.
Cabalgaron en círculos durante un rato y las risas burlonas no alteraron la serenidad de Foster. El inglés no iba a desperdiciar un tiro porque sí. Les demostró que controlaba la situación.
Acto seguido y disparando al aire, desaparecieron  como por arte de magia.
–¡Cobardes! … unos metros más y eran presa fácil –masculla entre dientes el capataz.
Pasado el peligro, el viaje continúa. Foster avisa que en cuanto encuentre un lugar, haremos campamento.
El atardecer y las sombras invaden el lugar. Las primeras estrellas, muy tenues, se advierten en el horizonte.
Catriel y Foster se adelantan en busca de un lugar protegido. Lo hacen en las alturas cercanas, con el fin de rechazar exitosamente cualquier ataque por sorpresa.
Al amparo de una roca sobresaliente, armaron el campamento. Foster sugiere no prender fuego para que los escoceses no los ubiquen. Hace un frío de todos los diablos pero la orden del capataz es correcta.
Circulan algunos alimentos y mucho whisky. Hay que calentarse por dentro para aguantar la intemperie patagónica. El cielo es un  manto de brillantes estrellas que iluminan las formas caprichosas de la naturaleza en ese lugar recóndito del planeta. Para Francisco es una nueva experiencia. Sus conocimientos marineros lo hacen apreciar los cielos en toda su magnitud. Delante de sus ojos la constelación de Orión, la brillante Sirio y la espectacular Cruz del Sur.
Buenaventura se acurruca como puede, cubre su cabeza con  la manta y al cerrar los ojos se concentra en su imagen preferida: el rostro de la mujer que puede llevarlo a perder la vida.
Sólo queda una persona despierta y atenta: el misterioso Catriel, con una carabina Remington amartillada y lista para repeler cualquier ataque.
Su figura se mimetiza en la roca. Parece esculpido en ella. Los demás duermen profundamente. Mañana será otro día.

–Capitán…
Foster sacude el hombro de Francisco anunciando el día y la continuación de la marcha. Los hombres se ponen en movimiento con rapidez. Hay que llegar pronto a Puerto Deseado. La goleta Dominique espera y es vital conseguir ayuda. Por fortuna, el capitán lleva consigo suficiente dinero para superar la contrariedad.
Luego de unas horas de marcha se avista el pueblo y, como telón de fondo, el río.
Deseado es un lugar con mucha historia, piratas y navegantes ingleses estuvieron por allí. Tiene su mística a pesar de la desolación. Es un puerto pesquero y se nota. Mucha piedra en sus construcciones y gente curiosa que los mira al pasar.
Los jinetes, con Foster a la cabeza, se dirigen al astillero de Benjamín Cabrera, el hombre que repara barcos y es  amigo personal de Taylor.
El encuentro es cordial y la afinidad de origen hace que Cabrera, Funes y Buenaventura se entiendan rápidamente. Acuerdan organizar para el día siguiente un viaje a Cabo Blanco con material y gente para reparar la nave.
Buenaventura decide recorrer el lugar. Todo por allí es inmenso y salvaje. Se acerca a la playa cubierta de guijarros de origen volcánico y la recorre curioso. En el cielo una formación de cormoranes se dirige hacia las rocas altas donde miles de lobos marinos se zambullen una y otra vez en las aguas del río. Frente a la ciudad, en la orilla del estuario,  se eleva una roca en forma de “Y”, que lo impacta.
Finalmente decide regresar. El viento casi insoportable lo lleva en busca de un lugar para protegerse. Camina unas cuadras y frente a él aparece una taberna: se llama «Cavendish». Al entrar el clima es acogedor. Un hogar con leños encendidos y el parloteo de los parroquianos lo reconforta. Se sienta en una mesa junto a la ventana. No hay mujeres, sólo hombres que fuman y toman a destajo. Mientras espera ser atendido se dedica a mirar el lugar. Es una típica taberna de puerto, su construcción de madera y piedra le da aspecto de sólida. En las paredes observa algunos trofeos de pesca, redes y un ancla que parece muy antigua.
A Buenaventura le gusta, allí todos parecen hijos del mar, gente que lidia, día a día, con sus peligros.
El encargado, un hombre de camisa a cuadros y chaleco, se acerca. El capitán le pide una cerveza negra. El otro asiente en silencio. No hay palabras, sólo un gesto. Por allí deben pasar muchos forasteros y nadie hace preguntas.
Luego de varios tragos, trata de ordenar sus ideas. Han sucedido tantas cosas que debe establecer prioridades. Lo primero es comunicarse con Buenos Aires para transmitir las novedades; luego reparar la goleta y decidir si es conveniente continuar el viaje o retornar; y finalmente aquello que trastorna su vida: Susan Harrison. Ella pide huir de allí, pero su marido hará todo lo necesario para impedirlo, incluso matarla, y a él también. Sospecha y tiene razón. Todo parece llevarlo a un callejón sin salida. Sin embargo, Buenaventura es un duro y no acepta derrotas. La angustia de perderla para siempre es un puñal en su corazón.
Por la puerta de la taberna ingresan Gregorio y Foster. Buenaventura los invita a sentarse y llama al encargado. Una nueva ronda de cerveza invita al diálogo.
–Capitán, mañana al amanecer salimos rumbo a Cabo Blanco. Nos han conseguido un mástil, una vela y los elementos para armar el aparejo.
Muy bien, Gregorio, espero que logremos poner a punto la Dominique.
–¿Ustedes creen que estarán en condiciones de continuar hacia el sur? –interviene Foster con preocupación.
–Todo dependerá de las órdenes de Buenos Aires y por supuesto del estado de la nave y nuestro marinero.
–Hay algo que me preocupa, Foster… ¿Qué puede suceder con los escoceses? –el que interroga es un Francisco muy interesado.
Foster queda en silencio, parece analizar la respuesta. Con parsimonia enciende un cigarro y luego de unas bocanadas tira su parlamento.
–Mire, capitán… lo de los escoceses se remonta a mucho tiempo atrás, cuando aparecieron por acá junto con los ingleses. La posesión de la tierra y la cría de las ovejas fue motivo de enfrentamientos. Ian Ferguson, el hermano mayor, hizo un pacto con Taylor, pero este no lo cumplió. Mi patrón es un ser despiadado, que sólo atiende sus deseos y lo que se interponga en su camino lo destruye. Tomó tierras y ganado de los escoceses, lo que produjo un choque armado con muertos y heridos. Las autoridades compradas por ambas partes nada hicieron. Así están las cosas.

–Por lo visto, hemos llegado en mal momento…
–Creo que sí, deben marcharse lo más pronto posible. En cualquier circunstancia se producirá una tragedia mayor. Ambos se odian a muerte y no hay lugar para los dos.
Buenaventura queda pensativo. Lo que acaba de escuchar amerita una decisión. Debe llevarse a Susan… ¿Pero cómo?


Capítulo 9


A la mañana siguiente la caravana parte rumbo a Cabo Blanco por una huella costera muy conocida por los lugareños.
El día anterior, Buenos Aires respondió que la decisión  del rumbo a tomar es del capitán, pero sugiere regresar si existe la mínima duda respecto a la seguridad del barco.
La marcha se hace lenta. El carro que lleva los elementos para la reparación es muy pesado. Tardarán un día y medio para llegar, otro para las reparaciones. Ese es el plan y a Buenaventura le urge encontrar una solución antes que se precipiten los acontecimientos. Gregorio comparte sus intenciones y supone que los hombres lo apoyarán.
Mientras marchan al trote, Francisco estudia a Foster. El inglés no es de fiar, aún cuando reconoce que su patrón no es un santo, irá contra él, si se lleva a Susan.
Llegan a la cala, a mitad de mañana, con mucho viento y un cielo gris. Desde unos kilómetros atrás, Buenaventura ha divisado los mástiles de la goleta.
Cerca del mediodía arriban al lugar desde donde podrán descender hasta la playa. Buenaventura y Gregorio lo hacen primero. El descenso es rápido y a los botes, por suerte, los encuentran seguros y amarrados.
Foster y Catriel observan desde el acantilado. Los peones bajan el mástil y la botavara  con sogas para evitar cualquier accidente. El traslado se inicia al momento y sin grandes dificultades ya que el oleaje en la cala es mínimo.
–Capitán…
–¿Sí, Gregorio?
–Tengo mis dudas respecto a seguir rumbo a Ushuaia. El tiempo puede jugarnos una mala pasada y el mástil que vamos a reponer no me da confianza alguna.
La palabra experta del piloto deja inquieto al capitán. Lo mejor sería regresar a Buenos Aires con la goleta a flote, los hombres sanos y salvos y la carga segura.
La sugerencia de Gregorio alienta los planes de Francisco respecto a Susan. Lo único que deben hacer es  no comunicarle a Foster la idea: debe ser un secreto.
Los peones del astillero inspeccionan los daños y con mano experta comienzan a reparar. Los daños de cubierta se solucionan con facilidad y la grieta del casco les lleva todo el día hasta el anochecer.
Francisco y Gregorio logran adecentar los camarotes y pronto el piso queda seco.
El grupo organiza el campamento. Foster, Catriel y los peones se ubican en la cueva donde encontraron refugio los hombres de la goleta, al llegar desde el mar. Buenaventura y Funes pernoctarán en el  barco.
Todo parece encaminarse en la vida de Francisco. Confía en su suerte a pesar de los contratiempos del viaje. Sólo resta colocar el mástil y las garcias para poder navegar.

El concierto matinal los despierta. Gregorio prepara café y Buenaventura en la cubierta escudriña el horizonte con su catalejo. No hay novedades y sólo divisa el lento avance de unos de los botes con los carpinteros. El trabajo es arduo y por fin, cerca del mediodía, el palo se eleva firme en cubierta. Sólo falta instalar la botavara y la vela cangreja.
Los hombres se reúnen con Foster y deciden los pasos a seguir. Los peones regresarán a Puerto Deseado, Gregorio quedará en la Dominique y Buenaventura y los ingleses de vuelta a la estancia.
Francisco y Gregorio se despiden efusivamente. El piloto, queda bien pertrechado a la espera de la tripulación. Buenaventura promete que en pocos días estarán navegando.
Nuevamente la estepa, la soledad y el viento. El grupo apura la marcha y, al galope, ponen dirección a La Sureña. Nuestro hombre extraña el mar con desesperación. Quiere navegar, necesita navegar.
El regreso se produce sin que acontezca inconveniente alguno. Marchan muy atentos y no hay señales de los escoceses.
Ha llegado la hora de la verdad. En el horizonte La Sureña se perfila en toda su magnitud. Un gran establecimiento que puede codiciar cualquier mortal.
Taylor los recibe con una carabina en la mano. Comenta que los escoceses andan por los alrededores. Foster desciende con rapidez y toma el control de la defensa de la estancia. Los acontecimientos se aceleran y Buenaventura debe decidir.
Camina hacia las barracas donde están sus hombres. Todos se encuentran bien, incluso el portugués que camina con un bastón, pero está muy animoso. Al llegar lo rodean a la espera de buenas noticias.
–Capitán ¿La goleta está lista para navegar? –el que pregunta es Baltasar.
–Por suerte sí. Gregorio quedó allí para cuidar que todo esté en orden.  Debemos preparar nuestra partida lo antes posible.
Luego de comprobar que su tripulación está en condiciones se dirige a su cuarto para cambiar de ropa. Camina en silencio por el pasillo absorto en sus pensamientos, cuando una figura femenina se recorta en el fondo. Es Susan. Se detiene sorprendido y sin mediar palabra alguna, la pasión contenida durante años estalla y ambos se abrazan desesperados. Sus bocas agresivas sellan un amor irrefrenable. No hay palabras, sólo caricias y miradas que lo dicen todo. El pasillo está en penumbras y nadie es testigo de semejante encuentro.
Los enamorados se refugian en el cuarto de Buenaventura. Nada puede detenerlos, sus cuerpos arden y el deseo los envuelve.
Francisco la toma por los hombres y detiene el torbellino. Sus rostros quedan frente a frente y con una voz profundamente emotiva le dice:
–Susan, amor mío, nuestros destinos están sellados, lo sé. Sólo la muerte nos podrá separar. En este momento de enorme felicidad, debemos pensar cómo huir de aquí.
Ella se aprieta contra su pecho y solloza. El capitán intuye un miedo terrible en la mujer. Eso le advierte sobre los peligros de enfrentar a Taylor.
Afuera, en el pasillo, y pegada a la puerta, el ama de llaves sigue la conversación de los amantes. La mujer tiene desde ese momento la vida de Francisco y Susan en sus manos.
Ese instante, crucial para la vida de los enamorados, se interrumpe por una brutal balacera proveniente desde el exterior.
–¡Los escoceses, vienen los escoceses! –el grito alerta a todos.
En la noche cerrada una gran cantidad de jinetes con antorchas rodean la estancia. Son los hermanos Ferguson: Ian y Alec. Traen consigo cientos de hombres y entre ellos indígenas tehuelches.
A pesar de los guardias, el ataque fue por sorpresa y el fuego arde en los principales establos. Los corrales de las ovejas han sido abiertos y el ganado huye despavorido.
Los peones de Taylor, rodilla en tierra, repelen el ataque con bravura. Algunos jinetes atacantes yacen en tierra y sus caballos cruzan las defensas de la Sureña.
–¡Francisco, no vayas, pueden matarte y no lo soportaría!
Ella se aferra desesperadamente a sus brazos para impedirle la partida.
–No tengas miedo, nada me pasará, sé defenderme. Quedate dentro de la casa y aguarda mi regreso.
Buenaventura se despide con un beso tierno y sale a la carrera por la entrada principal de la casa. Mientras corre, introduce proyectiles en su carabina y busca un parapeto para disparar. Foster y Taylor junto a cinco peones repelen desesperados un ataque frontal de tehuelches. Uno de los indígenas sobrevive a los disparos y con su lanza atraviesa al peón que protege el flanco derecho de Taylor. El alarido del infortunado enardece a Buenaventura que apunta al pecho del atacante y aprieta el gatillo. El jinete cae sin vida. Foster gira la cabeza y saluda con un gesto la acción decidida del capitán.
La lucha es encarnizada en los alrededores del establecimiento. La Sureña arde  sin control. El viento que ha comenzado a soplar acelera la destrucción.
Francisco se dirige agazapado hacia las barracas. Allí están sus hombres y no sabe qué ha sucedido con ellos. Las llamas, que iluminan parcialmente la escena, orientan al capitán. Cuando gira hacia la izquierda se cruza en su camino un jinete escocés con sus ojos desorbitados y gritando como un loco. Le tira el animal encima. Buenaventura lo esquiva y tomando la carabina por el caño le aplica un golpe brutal en la cintura. El agresor cae envuelto en una nube de polvo. Antes de que reaccione, extrae de sus ropas un cuchillo y se lo clava a la altura del corazón. Los azules ojos del escocés quedan fijos en la nada. Con rapidez retira el cuchillo, limpia la sangre en la camisa del muerto, recarga la carabina y corre nuevamente en busca de sus hombres.
–¡Capitán, aquí!
El hombre que grita es Gaspar que le hace señas desde la puerta de las barracas. Los separan unos cincuenta metros y para llegar debe sortear una línea de maderos en llamas. A mitad de camino siente un fuerte golpe en su brazo izquierdo y tarda unos segundos en darse cuenta que una bala ha hecho impacto. Como puede, sigue a la carrera y logra alcanzar la puerta. Cae exhausto en un rincón y con el brazo izquierdo bañado en sangre. Sus hombres, solícitos, lo rodean para ayudarlo. Están todos.
–¡No es nada, muchachos, apenas un raspón! –responde con valentía.
Todos regresan a sus puestos y continúan disparando. La lucha es brutal y no parece perder intensidad. Los agresores alternan embestidas feroces y no cesan en su asedio. Buenaventura nunca imaginó el drama que está viviendo. Este enfrentamiento es sin piedad alguna de parte de los contendientes. Los muertos se multiplican sobre el terreno.
Las primeras luces del amanecer se asocian con una tregua en el combate. Los escoceses se han retirado, pero el incendio en toda su magnitud no decrece.
Los defensores comienzan por auxiliar a los heridos, retirar los cadáveres y neutralizar el incendio. Las pérdidas, a primera vista, son enormes. Foster y Taylor evalúan lo sucedido y están dispuestos a tomar venganza. El capataz ordena formar una partida para enfrentar en campo abierto a los escoceses. Taylor, por otro lado, da órdenes para un grupo de peones persiga el ganado que ha huido.
Buenaventura, inmóvil en la escalinata de la casa principal, observa la dramática escena con estupor. Ha habido una matanza por ambos bandos que parece no ha de cesar. Mucho odio y venganza se respira en ese lugar. El brazo le duele pero es soportable, sólo ha sido un raspón y el vendaje resiste. La tripulación de la goleta ha sobrevivido y parece dispuesta a todo.
La estancia está momentáneamente sin sus jefes. Taylor y Foster encabezan una partida numerosa dispuesta a vengar el atropello y se alejan al galope. En la mente de Buenaventura, se afirma una idea arriesgada: es el momento ideal para huir con Susan y sus hombres. La persecución de los escoceses puede durar horas o días, según se desarrollen los acontecimientos. Si parten ahora, podrán poner distancia, llegar a la goleta y hacerse a la mar.  Quizás, al principio, nadie note la desaparición de los marineros y la patrona y eso será una gran ventaja.
La idea es casi suicida, ya que cuando le avisen a Taylor, el inglés no dudará en matarlos. Es un momento único y Francisco debe tomar una decisión.
Decide ingresar a la propiedad y buscar a Susan. En su camino se cruza Helen que le indica que se encuentra en la enfermería, ayudando con los heridos. Cuando llega al lugar, el panorama es desolador: hay muchos hombres en los camastros, ensangrentados y moribundos.
-¡Susan! –grita Francisco.
La mujer se da vuelta sorprendida y sin dudarlo se dirige a él.
–¿Qué te ha sucedido en el brazo, Francisco? –pregunta angustiada.
–No es importante, no te preocupes. Debo hablar urgente contigo, ahora.
Susan deja sobre una mesa las vendas que lleva en sus manos y sale presurosa detrás del capitán.
–Amor mío, debemos tomar una decisión arriesgada. Creo que es el momento perfecto para escapar. Tu marido y Foster se hallan lejos persiguiendo a los escoceses. La estancia es toda confusión y si partimos en este momento, pondremos una distancia considerable cuando nos persigan. Mis hombres no pondrán reparo, porque, creo, son capaces de seguirme hasta el infierno.
Susan se apoya contra la pared y trata de recuperar el aliento. En su mirada se advierte el miedo. La jugada que plantea Buenaventura es una verdadera oportunidad, pero significa abandonarlo todo y a todos. La gente que habita la estancia no es como su marido, no tiene la culpa y depende en cierta forma de ella. Ha vivido muchos años allí y si bien ha llorado por su aislamiento y frustración, esperando una ocasión milagrosa para recuperar su libertad, una especie de parálisis la domina.
Buenaventura aprieta sus manos y mirando directo a los ojos de la dama, exclama:
–Es ahora o nunca, Susan. Buscaré a mis hombres para ponerlos al tanto de la situación y que preparen lo necesario para el viaje.
Susan queda sola en la penumbra del corredor. Está asustada y confusa.
–Váyase, señora. El capitán tiene razón. La vida presenta pocas oportunidades y usted se la merece.
La dama, perpleja por las palabras, trata de identificar quién, desde la oscuridad, habla con decisión.
–¡Helen, por Dios, qué dices!
–La verdad; señora. Su marido es un miserable, en cambio ese capitán parece una buena persona y la ama con locura.
El ama de llaves acaba de enfrentarla con la cruda verdad y no puede refutarla.
–Venga, señora, la ayudaré a preparar lo necesario.
Susan la sigue sumisa y no comprende la actitud de la mujer. Nunca hubiera imaginado la lealtad y el apoyo que ahora le brinda. Helen Parker lo arriesga todo por ella.

–¡Mio capitano! ¿Qué cosa sucede?
Las palabras del gringo reciben a Buenaventura. Este ordena a sus tripulantes que se reúnan junto a él.
–Lo que voy a decirles es grave. Todos ustedes saben que amo a la señora Susan Harrison y ella a mi también. Quiero llevármela y la mejor oportunidad es ahora. Pero les advierto que de seguirme se están jugando la vida. El marido no tendrá piedad con ninguno de nosotros.
Los marineros se miran entre ellos y el silencio domina el lugar.
–¿Están dispuestos?
El silencio es grave y las miradas que cruzan entre ellos preocupante.
Al cabo de unos segundos y al unísono, todos exclaman:
–¡Hasta la muerte, capitán!
Los hombres se abrazan efusivamente y el capitán ordena los pasos a seguir para el escape.


Capítulo 10


Los hombres de Buenaventura buscan los caballos, cargan las alforjas con víveres y esperan las órdenes de partida.
Los escoceses y sus perseguidores han tomado rumbo al oeste lo que facilita la huída de Francisco y su gente hacia el noreste, donde se sitúa Cabo Blanco.
Cerca del mediodía y sin que nadie lo advierta, salen al galope. Van ligeros de pertrechos para alejarse lo más rápido posible de la estancia. A la cabeza de la partida cabalgan Francisco y Susan. Todos van en silencio y la columna pronto desaparece en el horizonte de la meseta patagónica.
Luego de una hora de marcha forzada, deciden un descanso. Francisco usa los conocimientos aprendidos con Foster: buscar una hondonada para guarecerse así  no son vistos.
Los marineros toman posiciones en círculo con sus carabinas listas, mientras que Susan reparte algo de comida. El día está cálido y el viento apenas una briza. Francisco vigila los alrededores con su catalejo, para evitar cualquier sorpresa.
Los amantes se reúnen en el centro del círculo y los brazos contenedores de Buenaventura aquietan los temores de la dama.
–Tranquila, querida… estamos a un paso de la libertad. Nada ni nadie podrá detenernos.
–Lo sé, Francisco. Sin embargo Paul y Foster harán cualquier cosa por atraparnos. A esta altura, algún peón habrá dado el aviso. Yo estoy contigo hasta el final, pero temo por las represalias contra  tus hombres. Mi esposo es muy vengativo y los matará sin piedad.
Buenaventura acaricia el rostro amado y con una calma mal disimulada, le dice:
–Susan… no te angusties, vamos a llegar a la goleta por la mañana. Tenemos ventaja en el terreno y las armas, para defendernos. Esto será una anécdota cuando nos sentemos a recordar.
Un beso profundo y sentido sella la conversación.
Buenaventura se concentra en los próximos pasos. Tienen un largo camino todavía, un acampe nocturno y, al amanecer, el último tramo rumbo al acantilado; una vez allí embarcar con tiempo favorable y rumbear hacia Buenos Aires.
Transcurrida la hora del descanso, parten exigiendo al máximo sus cabalgaduras. Es necesario ganar kilómetros sobre sus perseguidores. El inglés es un verdadero perro de presa.
La noche comienza a envolverlos cuando arriban a una formación rocosa que los protegerá hasta el amanecer.
El portugués se ofrece para la primera guardia. El hombre, agradecido por la ayuda de sus compañeros, quiere colaborar a pesar de su convalecencia.
El grupo se protege con mantas porque la noche está fría y no pueden encender fuego. La oscuridad es completa y sólo el rumor del viento los acompaña.
Susan apoya su cabeza en el pecho de Francisco. Él acaricia ese extraordinario pelo rojo que lo atrajo desde el principio y besa con ternura su frente. La mujer no duerme, sus ojos están quietos y muy abiertos.
–Francisco…, aún no me has preguntado por qué me casé con Paul y vine a parar a este lugar tan alejado de la civilización.
–No, esperaba que me lo contaras.
–La verdad es horrenda. Mi padre debía una considerable cantidad de dinero a Taylor y sólo había una forma de pagar la deuda.
–Me imagino –acota Francisco con delicadeza.
–No te lo imaginas. Fue el momento más triste de mi vida. Sin embargo, no me opuse ya que mis padres, las personas que más amo en el mundo, estaban al borde del desastre. No había otra salida. Cuando te conocí, iba rumbo al matadero, pero lo disimulaba. Me habían educado para disimular.
Pasaron días, meses y años de una profunda soledad interior. Sólo cumplí con los deberes de esposa y afortunadamente no tuvimos hijos. Llegué a odiarlo con toda mi alma, pero nunca me animé a huir. Es un hombre peligroso y debía proteger a mis padres.
Francisco escucha sin interrumpir. Cada palabra pronunciada por ella incrementa el amor. Sólo piensa en protegerla contra todo y todos.
–¿Qué fue de tus padres? –preguntó Buenaventura, profundamente interesado por la historia.
–Mis padres…, primero fue mi padre. Una penosa enfermedad se lo llevó y luego mi madre, de pena, por la partida de su compañero. Lo más terrible fue que Paul no me dejó regresar a Buenos Aires. Eso aumentó mi odio. El miserable vendió todos los bienes para incrementar su fortuna. Yo, para él, sólo soy un trofeo, nada le interesa más que su dinero y el poder.
–Comprendo tu calvario y me siento impotente porque no estuve allí para protegerte. Prometo que haré lo imposible por hacerte feliz. Pronto estaremos lejos y una nueva vida nos espera.
–Ojalá así sea, Francisco, ojalá…

Las primeras luces los encuentran en plena actividad. Deben emprender la marcha. Los perseguidores deben de estar cerca.
Con pericia recién adquirida, ensillan los caballos, cargan los enseres y esperan las órdenes del capitán.
Buenaventura caracolea con su tordillo a medida que imparte órdenes. El hombre es un verdadero líder.
Inician la marcha al trote en dirección al este. Francisco y Susan cabalgan decididos a enfrentar su destino.
En la primera colina a la izquierda, algo difiere en el paisaje. Un jinete inmóvil los está observando. Buenaventura pega un grito y todos se detienen. El extraño observador desciende al paso y Francisco, sorprendido, lo identifica: es Foster.
–¡Imposible! ¿Cómo llegó antes que nosotros? –murmura con asombro Buenaventura.
–¡Capitán, capitán! –es un placer volverlo a ver en estas circunstancias… tan especiales.
Francisco advierte el tono amenazante y posa su mano en la culata del revólver.
–Tranquilo, capitán… están totalmente rodeados. No intente nada porque me veré obligado a matarlo. Fue muy simple, si quiere saberlo. Mi patrón estaba en lo cierto con respecto a usted y la señora. No había necesidad de perseguir a los escoceses. Lo hicimos para tenderle una trampa y usted cayó en ella, lo siento.
Muy asustada, Susan se acerca a Francisco y con una voz apenas audible, le dice:
–Estamos perdidos…
Francisco no contesta, hace girar su caballo para apreciar la situación. En efecto, en los cuatro puntos cardinales hay hombres armados y apuntándolos. Cualquier acto de valor sería suicida. No queda otra alternativa que rendirse y esperar los acontecimientos.
El regreso a La Sureña está envuelto de tensión y tristeza. Los hombres de Buenaventura, cabizbajos, saben que sus vidas no valen  un centavo.
La caravana culmina su viaje de regreso frente a la escalinata de la casa principal. Allí, un solo hombre los observa sonriente: Paul Taylor. Él sabe que ha triunfado.
Desciende los escalones con paso lento, como saboreando su victoria. Se acerca al caballo de Susan y con un gesto galante la invita a descender.
–Querida…, me sorprende tu ingenuidad.
Acto seguido, le da vuelta la cara de una bofetada. La violencia del golpe da por tierra con la infortunada mujer.
Buenaventura intenta reaccionar, pero el cañón de un revólver se apoya en su espalda.
–Miserable traidor, no intentes nada porque tu cabeza será un trofeo en la tranquera de la estancia.
La voz de Foster suena lapidaria.
Buenaventura y sus hombres son llevados a las barracas donde quedan prisioneros. Más de diez hombres armados forman un cerrojo imposible de franquear.
La noche transcurre sin mayores novedades. Buenaventura no pegó un ojo y como fiera enjaulada ha recorrido esas barracas tratando de imaginar un escape. No se perdona haber caído en una trampa y haber quedado a merced de un déspota como Taylor.
«¿Qué habrá sido de Susan?», es la pregunta que martilla en la mente del capitán. El malvado la humilló delante de su gente y no cree que tenga clemencia.
El amanecer lo encuentra mirando por la ventana a miles de ovejas saliendo de los corrales y los peones arreándolas.
El capitán está preocupado no sólo por Susan y los marineros allí encerrados, sino también por Gregorio, aislado en la goleta y sin tener noticias. El hombre debe de estar haciéndose mil preguntas sin tener respuesta alguna.
Durante el día la gente de La Sureña se moviliza restaurando lo destruido por el incendio. Hay guardias por todos lados y la idea de escapar parece imposible.
Cerca del mediodía la puerta de las barracas se abre y Foster con dos peones armados, ingresa. Todos se ponen de pie preparados para lo que sea.
–El patrón quiere verlo, capitán. Venga conmigo.
Buenaventura obedece en silencio. Los ingleses se retiran sin darles la espalda.
–¿Qué será de nosotros? –pregunta el portugués en voz alta.
–Confío en el capitán, hará lo mejor para todos nosotros – reflexiona Baltasar.
–Estimadísimo capitán, usted es un traidor. Raptó a mi esposa y debe pagar por ello.
Taylor, junto al ventanal de su escritorio, lo mira con desprecio mientras saborea un cigarro.
–Usted debe reconocer que Susan no lo ama. La tiene encerrada y ella sufre.
–¿Y a usted qué le importa, idiota? La traidora es de mi propiedad y yo hago lo que quiero con ella.
Buenaventura, ciego de odio, se abalanza sobre él, pero un culatazo lo arroja al piso.
–¡De rodillas, capitán! –Taylor amartilla su revólver y se lo apoya sobre la frente.
–Podría matarlo como a un perro, pero he pensado algo mejor para usted.
La sonrisa malévola de Paul Taylor vaticina algo peligroso y Francisco lo sabe. El hombre no tiene límites.
–Mañana al amanecer se batirá a duelo con Foster: será con sables.
–Quiero una muerte lenta… ¿No es cierto, Foster?
–Lo haré con gusto, patrón.
Taylor sonríe satisfecho.
–¡Llévenselo!
Se abre la puerta de las barracas y Francisco es arrojado violentamente.  Sus hombre quieren reaccionar pero las carabinas disuaden el intento.
El portugués lo ayuda a incorporarse  y Gaspar le alcanza un vaso de agua.
–¿Cuál es nuestro destino, capitán?
Buenaventura no contesta, sabe que sólo un milagro puede salvarlos y Dios parece no habitar por esos lares.
Durante la noche Francisco apenas puede conciliar el sueño. En su mente se suceden muchas imágenes, desde la lejana Almería hasta Buenos Aires. Siempre luchó contra las adversidades y logró triunfar. ¿Sería este duelo el final de su suerte?
Cuando joven, en sus viajes por el mediterráneo, conoció un extraordinario marinero turco, veterano de guerra, con el cual aprendió a pelear con sable  y algunos trucos para engañar al contrincante. Cerró sus ojos y se concentró en esos recuerdos, muy importantes en las horas por venir. Se durmió pensando en su amada.
Las primeras luces de la mañana entran tímidas por una pequeña ventana.
Capitano
–¿Qué sucede, Pepino? –responde alterado Buenaventura.
Niente, voglio solo dare questo crocifisso. Hai bisogno di esso.
–¡Alguna vez hablarás en castellano, hombre!
Un abrazo sella la amistad con el capitán. Los demás se acercan para expresar apoyo y admiración.
Los golpes en la puerta indican que ha llegado la hora del duelo. Esta vez se presentan cuatro ingleses que con gestos agresivos, le indican el camino.
Frente a la escalinata que da acceso a la casa principal, se ha formado un círculo alrededor del cual cientos de peones aguardan el duelo. Será un combate desigual entre un soldado experto y un principiante que va rumbo al matadero por la malévola decisión del implacable Taylor.


Capítulo 11


Foster se ha quitado su casaca y examina con mirada experta los sables que sostiene un ayudante. En la escalinata, el señor de la casa ubicó a Susan para que presencie la segura muerte de su amante en manos del soldado inglés.
–Capitán, puede usted elegir el arma –la mirada socarrona de Foster lo dice todo.
Buenaventura no contesta y elige una de las espadas. Su mirada se dirige a la escalinata y se encuentra con los ojos de su amada.   Extrañamente se encuentra serena, aguardando su destino con entereza.
Francisco arremanga la camisa, desprende algunos botones y se coloca en posición. Sabe que corre en desventaja, pero va a vender cara su muerte.
–¡Que comience el combate! –la voz de Taylor se hace escuchar en el silencio que rodea la escena.
Los contendientes comienzan a girar estudiándose. El inglés adopta la postura clásica del experto. Adelanta con agilidad su pierna derecha e insinúa la espada. Buenaventura retrocede, pero tiene los ojos clavados en los de Foster. Adivinar los movimientos del enemigo son claves en un duelo. Ambos son diestros.
Siguen girando y Foster, sorpresivamente, intenta aplicar un hachazo que con destreza detiene Francisco.
El inglés pelea con tácticas muy conservadoras, propias de un soldado que sigue las reglas de la esgrima. Lo del capitán es pura improvisación y sorpresa, sus golpes no son clásicos, más bien los de un hombre desesperado.
Tanto Foster como Buenaventura tienen el antebrazo no armado en ángulo recto y con la muñeca muerta. Los sables están ligeramente inclinados hacia la izquierda haciendo que crucen la cara.
En un movimiento sorpresivo, el inglés se adelanta y con un movimiento de arriba hacia abajo produce un corte en el pecho de Francisco. El dolor es intenso y el capitán retrocede protegiéndose. El corte no es profundo pero una mancha roja tiñe la camisa del español. Foster sonríe como adivinando el final de su adversario.
La desesperación de Susan es tremenda. Se mantiene en pié gracias al apoyo brindado por Helen que permanece a su lado desde el regreso.
Francisco ruega  que la confianza desmesurada del inglés lo pierda. Un error es una posibilidad.
El griterío de los peones es brutal. El capataz es su héroe y debe lavar con sangre el honor del patrón. Todos esperan la muerte de Buenaventura.
El combate sigue con avances y retrocesos. Foster acusa cansancio. Francisco, más joven, tiene resto y eso puede jugarle a favor.
Taylor, impaciente, baja la escalinata y se sitúa cerca de la pelea para festejar el seguro triunfo de Foster.
Los golpes de sable se suceden, uno detrás de otro, con una violencia inusitada. En uno de los cruces el sable de Buenaventura toca la mejilla izquierda de su contendiente y una línea de sangre florece.
Foster, enardecido, se tira al frente con el sable levemente bajo y Buenaventura advierte que esa es una oportunidad única y con un golpe certero hiere en la frente al capataz. Este, sorprendido, se detiene mientras la sangre desciende entre los ojos, cruza la mejilla derecha y se agolpa en el mentón. Todo el mundo en silencio espera una reacción. Sólo se escucha el viento que recorre el lugar de sur a norte.
Francisco, muy agitado, se mantiene en guardia y observa los ojos del inglés. Nota que la vida se le está escapando y su brazo armado deja caer el sable.  Es el momento para un golpe definitivo que Francisco no aplica.
Lentamente, el hombre se derrumba: primero de rodillas, y luego su cuerpo se desploma sobre el campo de la lucha. Está muerto.
En un segundo, Buenaventura se da cuenta que es el momento de una maniobra audaz. Pega un salto y queda al lado de Taylor. Extrae el revólver que tiene el patrón en su cintura y se lo apoya en la nuca.
–Un movimiento en falso y usted muere.
Algunos peones intentan acercarse pero el ruido que produce el amartillado del revólver hace que Taylor, aterrorizado, grite:
–¡No se muevan, idiotas, el maldito puede matarme!
–¡Capitán!
Buenaventura gira su cabeza y todos sus hombres, armados con carabinas, lo rodean.
Los marineros han logrado escapar de las barracas durante el duelo y hacerse con las armas.
Buenaventura es un hombre decidido a todo. Ha salvado su vida milagrosamente y debe aprovecharlo.
–¡Baltasar, Amador, traigan a Susan!
–¡Gaspar, Manuel, Pepino, preparen los caballos!
Los hombres se mueven con rapidez frente al estupor de la peonada, que nada puede hacer. Su patrón está prisionero y cualquier acción puede costarle la vida.
Buenaventura reúne a sus hombres y les pide que se hagan de víveres y municiones. La huída será difícil a pesar del rehén.
–¡Usted no se saldrá con la suya, he de perseguirlo hasta el fin del mundo!
El odio se refleja en los ojos de Taylor.
–¡Paul Taylor, usted se aprovechó de la situación de los padres de Susan, para conseguir un trofeo! Jamás la amó.
–¡Claro! ¿Y usted sí? –le responde con altanería.
–Sí, la amo profundamente y la liberaré de este calvario. Podrá decidir sobre su vida en libertad.
–¿Y tú qué dices a todo esto, traidora?
–Que Francisco tiene razón. Yo también lo amo y quiero irme con él.  Recuperar la libertad y la dignidad que perdí contigo.
–¡Pamplinas, querida, eres mi esposa y sólo muerta podrás abandonarme! –la sentencia obliga a Buenaventura a hundir el cañón del revólver en las costillas del inglés y con una advertencia decirle:
–Eso lo veremos, Taylor, puede que no llegue con vida a la costa…
Helen, la ama de llaves, decide acompañar a Susan y los jinetes parten raudamente entre los gritos y las maldiciones de la peonada.
Junto al cadáver de Foster se ha inclinado Catriel. Murmura palabras ininteligibles y con sus manos dibuja extraños signos alrededor del muerto.
Cuando la partida se pierde en una nube polvo, el indio, parece fulminarlos con la mirada.
Se levanta, toma sus armas y monta sobre un potro que relincha al reconocer a su amo.
El tehuelche se pone al frente de unos cincuenta hombres que inician la persecución. Sobre la polvorienta tierra patagónica queda el cadáver del soldado inglés que sobrevivió a Balaclava, pero perdió con la espada de Buenaventura.
Paul Taylor cabalga rodeado por los marineros de la Dominique. No hay posibilidad de un escape. Al frente, Buenaventura y Susan exigen sus cabalgaduras. Deben poner distancia con sus perseguidores. Sin embargo, una pequeña nube de polvo le indica que los ingleses, tenaces en la persecución, están cerca.
El terreno cada vez más áspero y el viento, implacable en estos momentos, los obliga al trote. El capitán sabe que habrá lucha y sólo cuenta con el prisionero para negociar.
La fatiga se advierte en los jinetes pero no pueden detenerse. Hacerlo implicaría que sus perseguidores lo rodeen y comience una lucha cuerpo a cuerpo.
Pronto llegará la noche y no quedará otra opción que acampar. El conocimiento del terreno por parte de Francisco es una ventaja. Debe buscar una posición elevada y preparar un círculo defensivo. La oportunidad se presenta frente a sus ojos: al final de la llanura una elevación rocosa parece el sitio perfecto para una fortificación.
Buenaventura detiene la marcha y tirando las riendas hacia la izquierda, hace girar el caballo y se dirige a sus hombres:
–¡Síganme! ¡Allí al frente haremos un refugio!
Al paso, hombres y animales inician la ascensión con el cuidado de no mancar los caballos: perderlos sería una muerte segura.
–¡Rápido, hay que organizar la defensa! ¡Haremos un semicírculo, protegiéndonos con la montaña! –exclama con autoridad el capitán.
Los hombres toman posiciones a distancias parejas entre ellos, para no dejar huecos defensivos. Susan, como Helen, también han sido provistas de armas. Taylor, maniatado, permanece en el fondo de la cueva.
Al atardecer llegan los hombres de La Sureña, con Catriel a la cabeza. Se ubican a una distancia prudencial. Saben que pueden ser blancos perfectos si se acercan.
Buenaventura se apoya en una roca y con el catalejo examina el grupo enemigo. Sonríe, por un momento recuerda a Foster. Si atacaran de frente cometerían el mismo error que los jinetes ingleses en la batalla de Balaclava. Sin embargo, el capitán sabe que si los someten a un sitio, no tienen escapatoria. Los rendirían por hambre y sed.
Perdido en sus pensamientos, no advierte la presencia de Susan que lo acaricia en la nuca.
–¡Amor!
El capitán se da vuelta y el abrazo contiene a esas dos almas que están jugando sus vidas por un sentimiento verdadero.
Francisco la admira.  Ella soporta estoicamente la adversidad y en ningún momento se ha quebrado
–¿Qué harías tú, si fueras Catriel, Francisco?
La pregunta no lo sorprende, hace rato que él mismo se la hace.
–Atacaría por la noche y en silencio. No hay luna y la oscuridad va ser total.
Ambos se miran y saben lo que hay que hacer. Helen, Susan y Amador se encargan de recolectar todo lo que encuentran a su paso para hacer fuego. Algunos, estratégicamente ubicados, pueden darle luz suficiente para abatir a los atacantes antes de que lleguen a la posición.
El frío y la oscuridad se asocian para crear una escena peligrosa. Pepino y Manuel bajan cautelosamente para colocar pequeños montículos de material y encender los fuegos.
Cuatro puntos luminosos colocados en semicírculo brindan suficiente luz para identificar a cualquiera que se acerque y abatirlos.
Nadie duerme. Todos en sus posiciones están pendientes del enemigo.
Buenaventura posa su mano derecha sobre la tierra y no percibe el temblor de los caballos, al ponerse en movimiento.
Las fogatas advertirán del peligro, cuando los tengan muy cerca. Sin embargo, ellos no podrán verlos porque el alcance de la luz es escaso. Ambos tienen casi las mismas oportunidades.
Susan recorre las posiciones distribuyendo mantas y una escasa ración de whisky, para mantener calientes a los defensores.
El silencio es total. Buenaventura prende una cerilla para ver la hora: las dos de la madrugada. Apoya la carabina y espera.
–Veremos qué hace el tehuelche –murmura entre dientes.
El indio es un misterio y lo obsesiona.
El disparo suena como un cañonazo. Baltasar abatió un intruso, cuyo cuerpo queda entre la luz y la oscuridad. A continuación atruenan las carabinas de ambos lados. Las balas rebotan en las piedras y desprenden esquirlas peligrosas. Buenaventura siente un ardor profundo en la mejilla derecha. Acaba de incrustarse un pedazo de piedra. El impacto ha sido tremendo y lo impulsa hacia atrás. Todo dura algunos minutos y luego el silencio. El aterrorizante silencio de la espera. Ni los atacantes han avanzado, ni los defensores, retrocedido. Todo permanece igual.
Cerca de las cinco de la madrugada los fuegos se han extinguido y el sol es una línea roja en el horizonte.
Buenaventura advierte que la tierra empieza a temblar. Apoya su mano y descubre que es verdad. No lo entiende ya que sus atacantes se acercaron a pie.
Toma el catalejo y escudriña el horizonte. Allá a los lejos una formación de jinetes. Más de cien bajan al galope por la llanura.
–¡Dios, estamos perdidos! –exclama desesperado.
Sigue observando para comprobar si es un sueño o la cruda realidad. Observa detenidamente y luego, con todas sus fuerzas, grita:
–¡Los escoceses, vienen los escoceses!
Catriel y los peones quedan encerrados entre dos fuegos. La situación se torna impredecible.
Los jinetes, en una carga cerrada, disparan sus carabinas con habilidad y sus primeros disparos hacen estragos entre los ingleses.
Catriel ordena correr hacia nuestra posición, para defenderse de los escoceses.
Francisco ordena no disparar para que puedan protegerse entre las rocas y enfrentar juntos a los invasores.
Una extraña jugada del destino los une para enfrentar a los hermanos que con furia arremeten las posiciones. Hay muchos caídos de ambos bandos. La lucha es encarnizada. Algunos caballos caen y en la caída destrozan a sus jinetes. Hay peleas cuerpo a cuerpo y los escoceses, en ventaja numérica, se acercan peligrosamente al núcleo de la defensa.
Buenaventura se da cuenta de que los ingleses han sido prácticamente masacrados y tiene sólo a sus hombres para defenderse.
–¡Capitán! –la voz de Taylor se hace escuchar.
–¡Deme un arma que quiero pelear contra esos malditos!
Francisco cruza una mirada con Susan que, junto a él, pelea fieramente contra los intrusos y corre cueva adentro.
Ambos se odian, pero la necesidad obliga al riesgo.
Sin palabras, Francisco, desata a Paul y le entrega una carabina y una caja de municiones.
Ya tiene a los escoceses casi encima. Buenaventura tira su carabina y con el revólver defiende la posición como una fiera. Se combate casi cuerpo a cuerpo. Los marineros apelan a sus arpones, puñales y hasta piedras.
Taylor, muy eficaz con la carabina, destroza la avanzada escocesa. Tiene una puntería de los mil demonios. Sin embargo éstos, gritando como fieras, insisten sobre las posiciones de los marineros. Uno de los escoceses se filtra entre las rocas y con un cuchillo se abalanza sobre Susan y al momento de herirla, Taylor se cruza para evitar la muerte segura de su esposa y el cuchillo se entierra en el pecho del inglés.
Buenaventura mata al escocés y arengando a sus hombres inicia un contraataque que termina con la fuga del enemigo.
Todo ha terminado, sólo quedan caballos vagando por la llanura y algunos jinetes escoceses en fuga.
Francisco comprueba que sus marineros han sobrevivido. Se acerca a Susan que permanece en silencio, junto al cadáver de Taylor. Finalmente el inglés tuvo un acto de heroísmo y salvo la vida de la mujer a la cual le causó mucho daño.
Catriel, que ha sobrevivido, se acerca y Susan habla con él. El tehuelche asiente y junto a tres peones sobrevivientes de la batalla se harán cargo del cuerpo de Paul Taylor.

Capítulo 12

Susan y Francisco están frente a frente con sus ropas manchadas de sangre y la expresión de aquellos que han llegado al límite de las emociones. El abrazo y las caricias que se prodigan son como un bálsamo luego del calvario vivido.
–Querida, debemos organizar la partida. Gregorio nos espera en la costa con la goleta lista para zarpar.
–Francisco…
–¿Qué sucede?
El capitán advierte en el rostro de su amada una expresión que no le gusta.
–No puedo seguirte… por ahora. Lo menos que debo hacer es regresar a La Sureña y ocuparme de la situación. Paul ha muerto y aquello debe ser un desastre. No puedo abandonarlos.
Francisco, desolado, se acerca  toma las manos de su amada pelirroja y le ruega  que lo siga.
–No insistas, ellos no son mis enemigos. Paul era un tirano y el miedo los mantenía bajo su poder. Además, debo dar cuenta a las autoridades sobre lo sucedido y cuidar lo único que me queda: La Sureña.
–¿Es una despedida?
El sufrimiento de Francisco le parte el alma, pero es necesario que sea así.
–Te lo dije una vez: lo que deba ser, será.
–Pero… ¿Realmente me amas?
–¡Claro, capitán! ¡Te amo! Ahora, vete, regresa a la goleta que tus hombres te necesitan.
La noche extrañamente quieta y con un cielo estrellado que todo lo ilumina, ve partir la nave rumbo a mar abierto: una maravillosa goleta con sus trapos al viento.
Desde el acantilado, Susan agita su mano y gotas de cristal recorren lentamente sus mejillas.
La tarde se hace noche y la goleta navega con las velas hinchadas por un viento sur que la empuja mar adentro, como alejándolos de tanto dolor y sacrificio.
En cubierta han quedado Francisco y Gregorio. Solo se escucha el sonido de las olas chocando con la proa. El piloto respeta el dolor de su capitán. Ha debido abandonar al amor de su vida y no sabe si volverá a verla.
Francisco encendió la pipa y una larga bocanada azulina se pierde en las alturas.
Por fortuna, la Dominique responde a las exigencias de la travesía;  deben llegar lo antes posible a Buenos Aires para poder explicar tremenda aventura.
Luego de una escala en Mar del Plata, mensaje telegráfico incluido explicando en parte sus dificultades, el capitán Buenaventura y sus hombres encaran el tramo final.
La navegación es tranquila. Parece que el Atlántico respeta su dolor y no quiere hostigarlo.
Con las primeras luces de la mañana avistan la ciudad y sus corazones henchidos de alegría los invitan a cantar las canzonetas de Pepino. Parecen haber olvidado las terribles experiencias vividas.
La goleta ingresa al Riachuelo con toda su tripulación en cubierta. El regreso a casa los ha relajado y lucen muy animosos. La ciudad, en el horizonte, luce maravillosa.
En el muelle espera un carruaje y a su lado don Juan Urdagaray, que agita sus manos en señal de bienvenida.
Tiran los cabos y la goleta amarra con precisión. Buenaventura desciende y ambos hombres, frente a frente, terminan en un abrazo emotivo.
–¡Capitán, no puedo creer todo lo que les ha sucedido!
–Yo tampoco, don Juan. Esto ha sido un calvario pero, afortunadamente, la goleta, su carga y nuestra tripulación están de vuelta.  Lamento no haber llegado a Ushuaia. En ese sentido, he fracasado.
–Capitán, eso se puede arreglar. El haber salvado a la tripulación de la muerte es un mérito que no voy a olvidar.
Don Juan estrecha las manos de cada uno de los tripulantes y les agradece el sacrificio realizado.
–Vamos, capitán. En mi oficina podrá contarme los detalles de este viaje.
Los dos hombres ascienden al carruaje y parten en medio del bullicio de la hora.
El paisaje de la ciudad, su gente y el estar en casa disminuyen la tristeza de Francisco.
Una vez en la oficina, los hombres se apoltronan y don Juan, curioso, espera el relato pormenorizado.
Mientras saborean un refresco que les ha traído la secretaria de Urdagaray, Buenaventura  trata de ordenar sus ideas para explicarle la aventura vivida.
–Mire, don Juan, nunca viví una experiencia tan horrible como esa tormenta de la cual le hablé. Fueron horas de zozobra. El barco averiado y el acercamiento peligroso por los arrecifes ocultos, nos impidió continuar hasta Puerto Deseado. Una cala en Cabo Blanco nos salvó la vida.
–Me dijo que Manuel quedó gravemente herido…
–Es verdad, lo del portugués nos obligó a buscar ayuda de inmediato.  Por suerte, la gente de Paul Taylor apareció en escena y fue nuestra salvación.
–Claro, Paul Taylor, el esposo de Susan Harrison. Qué coincidencia extraordinaria.
Las palabras de don Juan golpean la conciencia de Francisco y por su mente suceden imágenes de los trágicos acontecimientos. Siente que en parte es culpable, que quizás se pudieron evitar si sus sentimientos por Susan no hubieran interferido.
Luego de varias horas de informar sobre lo acontecido, Francisco espera la palabra de Urdagaray. Está ansioso y no es para menos.
–Capitán…, soy un hombre que ha sabido enfrentar grandes dificultades en la vida y creo que lo suyo fue un acto de valor. Conocía de antemano que Taylor era un déspota y la historia de la familia Harrison. Algo muy triste que este hombre sin escrúpulos aprovechó. Está disculpado. Los abogados de mi empresa investigarán lo ocurrido y usted, mi  estimado capitán, tendrá todo mi apoyo. No lo dude.
–Gracias, don Juan. Me quita un peso de encima.
–Francisco, descanse y luego hablaremos sobre su futuro.
El saludo, formal y cálido, sella una relación que ha demostrado ser más fuerte que las adversidades.

Corre octubre y los aires veraniegos infunden un nuevo ánimo en nuestro capitán. La ciudad con los colores de la primavera parece otra. Se larga a caminar pero a cada paso recuerda a sus amores y pronto la tristeza lo invade.
Primero perdió a Dominique y ahora a Susan: su vida es un interrogante sin respuesta.
Necesita un trago, un trago muy fuerte. Un bar sobre la avenida lo invita a entrar.
–Ron, por favor, una botella…
Al anochecer y algo borracho se presenta en su casa. ¿Su casa? Casi no la recuerda, parece que han pasado muchos años y sólo ha sido un mes y medio. Por las dudas, golpea.
La puerta se abre y una sorprendida madame Eugene saluda emocionada.
–¡Capitán, no sabe la alegría que siento de volver a verlo por aquí, creí que no regresaría!
–¡La alegría es mía señora, por su responsabilidad al cuidar mi hogar y esperar el regreso de este hombre!
–Pase, por favor, pase…
Al entrar, el recuerdo de Dominique se hace presente. Cada cosa que hay allí la trae a su mente.
Madame Eugene ha hecho un trabajo minucioso y todo se muestra impecable. Buenaventura parece un extraño, un verdadero intruso que trata de reconocer un mundo casi olvidado.
La mujer, solícita, le prepara un baño y parte hacia la cocina con intenciones de alimentar a ese hombre que se ve flaco y en mal estado.
A la medianoche, luego de un café exquisito, sale al patio para respirar el aire de la noche.
Madame Eugene se ha retirado luego de servirle la cena y la casa permanece en un silencio sepulcral.
Francisco se sienta en una antigua reposera, saca de su bolsillo la pipa, coloca tabaco y con un rápido movimiento enciende una cerilla.
Aspira profundo el humo del tabaco y una sensación de placer lo invade. Cierra los ojos y pronuncia su nombre. El recuerdo de Susan lastima su alma. Sus cabellos rojos parecen acariciarle el rostro.

Los días del verano transcurren sin grandes novedades. Buenaventura retorna a sus viajes costeros: Uruguay y el sur de Brasil. La goleta ha sido reparada a nuevo y parece que vuela sobre las olas.
La posición económica de Francisco mejora notablemente y Juan le propone asociarlo a la empresa lo que Buenaventura acepta gustoso.
En marzo, con la llegada del otoño, don Juan lo cita en sus oficinas, temprano por la mañana. Francisco, puntual, espera las novedades.
–Querido capitán. Deseo hacerle una propuesta.
–Lo escucho, don Juan.
–Creo que ha llegado la hora de que me retire. Esta empresa necesita la dirección de un hombre joven como usted. Le propongo que se haga cargo.
Francisco lo mira sorprendido. No esperaba una propuesta semejante.
–Sí, no se asombre. Necesito descansar. Han sido muchos años de batallar contra vientos y mareas. Quiero retirarme. Quiero volver a España y vivir un tiempo allí. Lo necesito.
El capitán Buenaventura se acerca al ventanal y mira la ciudad de Buenos Aires. Comprende que ha recorrido un largo camino desde su querida España.
–Acepto, don Juan. No lo defraudaré.
–Eso espero, capitán. Todo queda, a partir de ahora, en sus manos.
–Le voy a pedir un último favor, don Juan.
–¿Qué será, amigo mío?
–Que a partir de este momento, deberé despedirme de la goleta. Tendré que ocupar sus oficinas y el mar estará algo lejos de mí, pero necesito hacer mi último viaje. Volver a Montevideo.
–Como usted guste. Concedido. Su último viaje con la goleta Dominique.
–Gracias, don Juan.

El veintiuno de Marzo de 1887, el capitán Buenaventura se presenta en el muelle, donde lo espera su querida goleta. La mira con los ojos de aquel niño que recorría fascinado el puerto de la lejana Almería, situada en el extremo sur de la península ibérica.
–Buenos días, capitán.
Gregorio lo saluda, más serio que de costumbre. Ahora, el capitán es el patrón.
–¡Vamos, Gregorio, dejate de ceremonias! Sigo siendo el de siempre.
Ambos ríen con ganas. Los otros, sus compañeros de la aventura más dramática de su vida, se acercan a saludarlo. Esos hombres son algo más que sus empleados, son sus hermanos.
Todo está en orden y la nave, lista para zarpar. Francisco sabe que es su último viaje. Luego deberá sumergirse en la administración de una flota comercial de envergadura. Un verdadero desafío que no lo intimida.
Recorre el barco de proa a popa. Las velas trinquete, la mayor y la mesana, todas en su lugar y en perfectas condiciones.
La mañana se presenta radiante. El cielo, sin nubes y con una briza que empuja. Un día perfecto. Sin embargo él sabe que a bordo existe un fantasma que lo atormenta y es el recuerdo de Susan Harrison. En ese barco comenzó una historia sin final a la vista. La recuerda tomada de un cabo y mirando asombrada a los delfines de río.
La goleta cruza entre barcos de gran porte que son la maravilla de finales de siglo. Una gacela entre paquidermos del mar. Banderas de muchas naciones y pañuelos que saludan su paso.
El estuario se abre como una boca inmensa y la Dominique, a toda vela, corta las olas con gracia.
Al timón, el capitán Buenaventura siente el palpitar de su nave y todo cobra sentido. Nació para navegar y lo vive a pleno. Quiere disfrutar de su último viaje al comando de la goleta.
Todo en su vida fue un vértigo increíble con vaivenes semejantes a los caprichos del mar, su gran adversario. Le gusta enfrentarlo y superar la prueba. Es amigo y enemigo según las circunstancias.
A media tarde la ciudad de Montevideo se dibuja en el horizonte. Los tripulantes recogen la vela cangreja y la mesana. Navegan con lo foques para disminuir la velocidad.
Una sensación de angustia le cierra la garganta. El recuerdo de Susan es muy doloroso, casi insoportable. Está sufriendo y no lo puede remediar.
Manuel y Amador tiran los cabos y amarran la goleta. Gaspar, Florencio y Baltasar comienzan a descargar los bultos. Lentamente se acercan los carros para transportarlos. Gregorio se hace cargo de los trámites y Pepino atiende al capitán.
Al atardecer buscan un hotel. Montevideo es una ciudad amable. Esa misma noche alquila un carruaje y se larga a recorrer la ciudad. Las farolas encendidas crean un ambiente de magia dibujando bellos paisajes nocturnos que distraen las tristezas del capitán. Visitó muchos bares donde las copas de ron le hicieron compañía. Regresó totalmente borracho a punto tal de que Gregorio tuvo que arreglárselas para poder acostarlo.

A la mañana siguiente iniciaron el regreso a Buenos Aires con otra carga. Un viaje de rutina, con el río algo inquieto pero sin provocar contratiempos. La Dominique surca las aguas demostrando que es una goleta incomparable.
La compañía de Gregorio reconforta al capitán. El hombre es confidente y sabe respetar los silencios. Una botella de ron entre los dos es una buena manera de ahogar las penas.
Los contornos de Montevideo se van desdibujando a medida que avanzan. El último viaje es una realidad.
–Capitán…, creo que ha llegado la hora de retirarme. Los grandes barcos han ganado la batalla y naves como la nuestra ya no se justifican. Además, usted nos deja.
La confesión de Gregorio lo sorprende.
–¿Qué me está queriendo decir, amigo?
–Que vuelvo a mi hogar. Han sido muchos años y creo que los sucesos en la Patagonia marcan un antes y un después en mi vida. Quiero estar con mi esposa y ver crecer a los nietos. Casi no contamos el cuento.
Francisco sonríe, pero sabe que lo que dice su piloto es cierto. Casi pierden la vida y eso no es cualquier cosa.
Han vaciado la botella y están algo embriagados. La mañana se presenta espléndida y Gregorio ha dicho lo suyo.
–Está bien, que así sea… los tiempos modernos nos han vencido, no más velas… ¡Ahora chimeneas!
Ambos ríen a carcajadas, borrachos como una cuba.
Como puede y tratando de disimular, el capitán reúne a los tripulantes y les comunica la novedad. Los hombres enmudecen ante la noticia.
–Bueno, no es para tanto. Los reubicaré en los nuevos y modernos barcos de la flota y conservarán sus puestos de trabajo. Todos respiran aliviados.
Pepino, advirtiendo el estado de sus jefes, prepara un café bien cargado para despejarlos.
El río algo agitado preocupa a los tripulantes de la goleta. Vientos del sudeste golpean a babor y la nave escora peligrosamente.
Gregorio al timón corta las olas con maestría. Los hombres en sus puestos están alertas. El aire se ha puesto frío y el cielo se ha nublado con rapidez.
«Tormenta a la vista» piensa Francisco.
–Tendremos jaleo, Gregorio.
–Así es, mi capitán, será una despedida con bombos y platillos.
Francisco ordena reducir la superficie de las velas. Los muchachos enrollan parte del foque en el stay de proa. Reducen la superficie de la vela mayor, plegando parte de la vela en la botavara y aguantan como pueden el chubasco.
El río golpea furioso el casco de la nave. De pronto el día se ha oscurecido y el panorama no es alentador. El fantasma del naufragio sobrevuela la goleta.
Francisco está dispuesto a dar batalla. Su último viaje no será un desastre.
Ordena ponerse al pairo y la nave queda quieta en medio de olas embravecidas.
–¡Inmoviliza el timón, Gregorio!
–¡Manuel, Amador, tiren un ancla flotante!
Los hombres obedecen al instante y la nave se estabiliza.
–¡No me arruinarás mi último viaje, río del demonio! – grita, desafiante, Buenaventura.
–¡Capitán, embarcación a la vista y parecen problemas!
Buenaventura apronta su catalejo y la busca entre las olas embravecidas. Luego de unos minutos divisa un velero y a dos hombres desesperados tratando de mantenerlo a flote.
–¡Debemos ayudarlos! –ordena el capitán.
–Va a ser muy difícil, don Francisco, podemos embestirlos.
–Es verdad, Gregorio, pero si no los ayudamos, están perdidos.
La goleta cambia de rumbo y va directo al velero. La lluvia castiga la cubierta de la goleta sin piedad y casi es imposible dominarla. Mientras los hombres de la Dominique batallan para controlar la nave, el velero se parte en dos y desaparece en las aguas del río.
–¡Pobres diablos: se van a ahogar! –grita Gaspar.
–¡No! Si podemos auxiliarlos –responde Francisco.
Unas manos agitándose entre las olas dan cuenta de que los navegantes han sobrevivido al naufragio.
–¡Tiren cabos!
La voz del capitán provoca la reacción inmediata de los marineros de la goleta y varios cabos caen cerca de los dos hombres en el agua. Estos, desesperados logran agarrarlas para ser transportados hacia la Dominique. Cuando son izados los dos marinos caen exhaustos por el esfuerzo.
–¡Florencio! ¡Amador! –llévenlos bajo cubierta para atenderlos.
–¡A la orden, capitán!
La pelea ha durado varias horas, pero la goleta sobrevive. Una mancha blanca, en las oscuras aguas del Rio de la Plata, cabalga triunfante sobre las olas. Es la Dominique que ha sobrevivido a su última aventura.
La tormenta ha cesado. El cielo se abre y un tibio sol ilumina el rostro de los valientes hombres de la goleta. La alegría contagiosa alborota al grupo. Tiran sus gorros al aire y se abrazan. Han ganado. Otra vez el capitán tuerce un destino incierto. Ha peleado duro y ha triunfado.
El atardecer los encuentra a la vista de Buenos Aires. Sus cúpulas rojizas por el sol semejan un cuadro impresionista. Otra vez, como la primera, lo recibe la imponente imagen de la iglesia y el convento de Santa Catalina de Siena. Francisco se santigua y agradece su suerte.
La nave amarra sin dificultades y todos se preparan para el desembarco.
En el muelle, y para sorpresa de Francisco, está don Juan. El hombre lo recibe con preocupación. Su rostro lo demuestra.
–¿Sucede algo, don Juan?
–La tormenta me tenía preocupado, capitán. El río se veía muy amenazante, pero compruebo que la goleta es invencible; y usted, un maestro. Lo felicito.
-Gracias, don Juan. Todos se han portado como unos verdaderos valientes. Durante la travesía hemos recogido a dos náufragos que se encuentran en buen estado, gracias a Dios.
-Gracias a usted, Buenaventura. Esos hombres no lo van a olvidar jamás.
-Era mi deber. El deber sagrado de todo marinero.
–Capitán, tengo una sorpresa para usted…
–No me preocupe, hombre ¿De qué se trata?
–Alguien lo espera en aquel carruaje.
Su corazón da un vuelco, pero controla como puede su ansiedad.
Francisco se acerca y al mirar dentro del vehículo, unos ojos azules increíbles lo están observando. El capitán queda hipnotizado y sin poder decir palabra alguna.
–¿Sorprendido, mi amor?
–¡Susan! ¡Por Dios!
–Te lo dije: lo que deba ser, será.

El amor contenido durante tanto tiempo explota y ese hombre y esa mujer se funden en un abrazo que sella la aventura más riesgosa de sus vidas. Gregorio, el piloto de la Dominique, comprende con satisfacción que su amigo, el capitán español, Francisco Buenaventura,  ha triunfado en su última y más decisiva batalla.

FIN


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