lunes, 12 de marzo de 2018


CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO DE TERROR
(Y NO MORIR EN EL INTENTO)  


         

Miró el reloj de pared y marcaba las tres de la mañana. Hace horas que trata de escribir un cuento de terror y no logra darle un clima inquietante a su relato. Ha fumado un par de cigarrillos, se ha tomado una dosis generosa de whisky…, pero nada. Afuera llueve y algunos truenos lejanos hacen de la noche algo tenebroso. Apagó la luz para llamar a las «musas» del misterio y se sentó en un rincón del estudio.

«Algo tiene que suceder», se decía.

Retiró un par de libros de Lovecraft y de su ídolo, Edgar Allan Poe. También uno de Horacio Quiroga, por las dudas. Encendió una linterna de libros y comenzó a releer algunos cuentos. Empezó por el gato negro, siguió por el almohadón de plumas y terminó con algunos párrafos de los mitos de Cthulhu. Una leve briza helada golpeó suavemente sobre su rostro. Al levantar la vista pareció advertir «una presencia» frente a la biblioteca. Los relámpagos iluminaban de a ratos el lugar pero no vio nada. Asustarse, no se asustó. Es más, disfrutaba de los ambientes oscuros y fantasmagóricos. Allí tenía muchos libros de terror que había acumulado durante años. Una colección que a más de uno le habría puesto los pelos de punta. Por alguna razón que no pudo explicar se sumergió en los cuentos de Poe.  Supuso que el maestro del terror lo iba a inspirar, si releía el gato negro. Se detuvo en los siguientes párrafos:

Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.

Cuando dijo gato, una sombra cruzó veloz delante de él. Se sobresaltó. Siguió leyendo:

Plutón —se llamaba así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.

Algo rozó su pierna derecha y le pareció escuchar un ronroneo. El trueno lejano lo acurrucó más contra la pared. Parecía disfrutar ese instante.
«Estaban ocurriendo cosas»

Siguió leyendo:

Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.

De pronto lo vio sentado frente a él. Era el mismísimo Poe. Estaba pálido y sonreía desafiante. Sus ojos, de una negritud escalofriante, lo miraban expectantes. Por primera vez en su vida sintió que el terror lo invadía. Dejó de respirar por un instante y el sudor gritó sobre su piel. Poe había apoyado la cabeza sobre la mano izquierda, y con los dedos de la mano derecha repetía un tamborileo insoportable que hizo crujir la mesa. Quiso levantarse y huir, pero no pudo. Una fuerza descomunal lo clavó al suelo. Una voz en su cabeza le dijo:

Siga leyendo y aprenderá.

No tuvo alternativa.

Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mí ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.

—¡Hijo de puta! Se escuchó en el recinto.

Poe hizo un gesto ambiguo y lo siguió mirando sin inmutarse. Con un leve movimiento extrajo de sus ropas un cortaplumas.

Cuando el policía entró en el estudio, quedó petrificado. De uno de los tirantes del techo colgaba un cuerpo ahorcado. Al bajarlo comprobó aterrorizado que le habían extraído un ojo. Sobre la mesa había una cortapluma manchada con sangre y un escrito con letra antigua, que decía lo siguiente:

No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre...¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla?¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos qué es la Ley?
Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.
Poe

El policía no entendió nada. Afuera seguía nublado. El ruido de las puertas de la morguera al cerrarse, lo sobresaltaron. El vehículo se perdió entre la bruma. Los de investigación se llevaron una notebook aún encendida. Era lo único vivo que había quedado allí.
Cuando el policía regresó a su casa, fue directo a la biblioteca y retiró un libro que las llamas del hogar a leña devoraron con rapidez. En un susurro apenas audible, dijo:

—Por las dudas…


© 2018 Fernando Cianciola
Este cuento no podrá ser reproducido, total ni parcialmente, sin el permiso previo por escrito del autor. Todos los derechos reservados.



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