viernes, 13 de enero de 2017

YO, EL GATO




Llevo más de dos años viviendo con estos tipos. El viejo, don Raúl, es cariñoso; el hijo, Alfonso, un pelotudo que, además, me odia. Temo que en cualquier momento encuentre una excusa para envenenarme. Debo andar con cuidado.
Don Raúl es un jubilado que pasa las horas leyendo el diario y protestando contra el mundo. Si no lee, come. Si no come, duerme.
Pero lo disculpo. A veces se acuerda de mí y me tira algunas sobras. El viejo cocina y bastante bien.
        Don Raúl vive con el insoportable de su hijo, Alfonso. A ese sí lo tengo entre ojos. Además de ser pelotudo, es un verdadero hijo de puta. Goza haciendo maldades con los vecinos. Les rompe las bolsas de residuos y estaciona el auto frente a los garajes cercanos. Da y recibe seguido. Suele llegar con algunos moretones y se cree que yo no lo veo. Ojalá lo revienten algún día. 
El ruido de la llave en la cerradura me pone en alerta. Acaba de llegar.
          –¿Qué preparaste para comer?  –pregunta con desprecio.
     El viejo, que además de viejo es un poco sordo, no le responde. Está concentrado leyendo el suplemento deportivo.
    -¡Pregunté qué preparaste de comer, viejo inútil! –insiste Alfonso, amenazante.
Don Raúl se sobresalta. Apoya el diario sobre la mesa y lo mira con odio.
Esto se va a poner interesante, los dos no se llevan muy bien que digamos. Puede ocurrir cualquier cosa. Al hijo no se le conoce mujer alguna; al padre, bueno, quedó viudo en circunstancias sospechosas. Son dos tipos jodidos que viven bajo el mismo techo.
–No escuché lo que dijiste, pero por las dudas: ¡Que te recontra, malnacido! –responde el viejo desafiante.
Sorpresivamente el hijo le aplica al padre un golpe en el estómago y lo acusa de matar a la madre.
El viejo cae estrepitosamente entre la mesa y el sillón. Por las dudas me escabullo entre los muebles, no sea que la ligue. Soy un gato precavido.
-¡Estás loco, no sabés lo que decís! –protesta don Raúl con rencor.
El viejo se incorpora y parte rumbo a la cocina. Al rato regresa con la comida que deposita en la mesa sin decir nada. Alfonso ha prendido el televisor y comenta lo que ve murmurando una sarta de estupideces.
        Suelo mirar esta escena desde el sillón, cuando puedo usarlo. Es una escena repetida. El hijo no me banca y, en muchas oportunidades, amaga con una patada. Como venganza, le meo los zapatos.
Padre e hijo son iguales, hacen los mismos movimientos. Es patético verlos actuar. Yo creo que estos tipos están medio locos. Se odian pero allí están, uno junto al otro. Unos enfermitos del carajo.
-¡Comida de mierda! ¡No me gusta! –exclama con violencia, Alfonso.
Por las dudas pego un salto y me refugio debajo del aparador.
El viejo no responde. Retira los platos en silencio mientras que el muy desagradecido prende un cigarrillo, como si nada. En cualquier momento puede ocurrir una desgracia y no tengo ganas de presenciarlo. Ha llegado la hora de largarme.
Con sigilo salgo al patio, trepo el muro, y me pierdo en la noche.
        

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